Santiago Rusiñol y Enrique Vera reflejaron en sus pinturas la luz del verano conquense

“Santiago Rusiño y Enrique Vera reflejaron en sus pinturas la luz del verano conquense”. Con este titular, el programa “Páginas de mi Desván”, del martes 16 de junio trató sobre la visita y estancia en Cuenca de estos dos pintores en el verano de 1916 y1918, respectivamente. José Vicente Ávila habló con Paco Auñón sobre lo que supuso en y para Cuenca la presencia de estos dos grandes artistas de la pintura. El programa se puede escuchar en facebook, Cadena Ser Cuenca, Hoy por Hoy, del 16 de junio de 2015.

Hace cuatro años, por estas fechas,  la galería “Sotheby’s subastó en Londres obras de Mariano Fortuny, Santiago Rusiñol, Joaquín Sorolla e Ignacio Zuloaga. Una de las pinturas de Rusiñol incluidas en la subasta era “Casas Colgantes, Cuenca”, cuyo precio de salida se estimó entre 80.500 y 115.000 euros, siendo subastado el cuadro por 97.662 euros. Se trataba de una de las siete obras que Rusiñol pintó en el entorno de Cuenca en el verano de 1916. La subasta procedía de una colección privada y hacía casi un siglo que esta obra no aparecía en público, informaban las agencias.

Y es que la visión pictórica de Cuenca, en el primer tercio del siglo XX, tiene varios ejemplos en pintores que dejaron huella de su paso por la ciudad colgada como Aureliano de Beruete (dos cuadros de 1910 se pueden ver en el Museo del Prado), Castro Gil, el citado Santiago Rusiñol y otros menos conocidos, pero no menos importantes, como Enrique Vera Sales (nacido en Toledo en 1886), que durante su estancia en Cuenca, en1918, dejó un buen número de cuadros en los que la luz del paisaje que pintaba fue la nota dominante de su quehacer, en ese cambio que quiso experimentar, entre la escenografía costumbrista de Toledo y la novedad de la orografía conquense.

En Páginas de mi Desván, hoy nos traes José Vicente la obra pictórica de dos artistas que pintaron la luz del verano conquense en sus paisajes, como lo fueron Santiago Rusiñol en 1916 y Enrique Vera en 1918. Comenzamos con el primero de ellos:

-Efectivamente, el pintor catalán Santiago Rusiñol, nacido en Barcelona en1850 y fallecido en Aranjuez en1931, estuvo pintando en Cuenca en la segunda quincena del mes de junio de 1916, trasladándose en tren desde Aranjuez, junto a su esposa. Le acompañaban el ilustrador Luis Bagaria, uno de los mejores caricaturistas del primer tercio del siglo XX, que ilustraba sus dibujos en “El Sol”, “España” y “La Vanguardia”, entre otros, que era “dulce, bonachón, bohemio y republicano”,y se encontraba encantado en Cuenca, y el literato Luis García Bilbao, que financió la revista “España” que fundó Ortega y Gasset, y que meses despuñes también escribiría sobre Cuenca. Otros pintores jóvenes se acercaron durante esos días hasta la ciudad del Júcar para poder tomar nota del trabajo de Rusiñol, que además de pintar escribió en la ciudad de las Casas Colgadas la novela “La niña Gorda”, que vería la luz en 1917, además de otra obra “El catalá de la Mancha”, pues Rusiñol, como dramaturgo, escribió todas sus obras en catalán.

-Suponemos que la presencia de tan reconocido pintor no pasaría desapercibida en Cuenca.

La estancia de Santiago Rusiñol en Cuenca supuso todo un acontecimiento en aquellos días de junio de 1916. Si en 1910 había sido Aureliano de Beruete, quien plasmó el paisaje de Cuenca en sus lienzos, ahora se trataba de “el pintor de los jardines”, a quien Cuenca le iba a impresionar. Con el título de “Bien venidos”, el periódico “El Día de Cuenca” publicaba en primera página: “ Hace días que se encuentra entre nosotros en esta ciudad del ensueño y del ascetismo, el ilustre catalán Santiago Rusiñol y su distinguida esposa. D. Santiago, que ha recorrido los más pintorescos rincones de todas nuestras provincias y ha pintado más de dos lustros en Aranjuez, a dos pasos del hierático Mangana, llega hoy animoso, trabajador y remozado a este remanso de paz, donde pasará algunas semanas con sus pinceles y con sus cuartillas”.

Casas Colgantes, de Rusiñol. 1918.
Casas Colgantes, de Rusiñol. 1918.

-Excelente bienvenida la de la prensa conquense para tan ilustre huésped de la ciudad.

Bien, pues tras hacer una alabanza de la obra pictórica y literaria del artista, señala el director del periódico: “Las “cosas” de D. Santiago llevan un sello de “nueva” originalidad, en la forma, en la facilidad, en la espontaneidad, en la elegancia de su técnica… algo indefinible, un secreto encanto de la idea, una sensación sugestiva y misteriosa… algo que los espíritus selectos “entenderán” pasada una cuarentena de años”. Y añadía: “Pero de sus cuadros por hacer, el que todavía duerme en las sedosas crines de sus pinceles, es el que está haciendo de nuestra vieja ciudad desde el puente de San Antón, ese recodo de verdura, de poesía y de misterio”.

-No imaginarían aquellos cronistas que uno de sus siete cuadros, el titulado “Casas Colgantes” iba a alcanzar un precio tan alto en una subasta en Londres.

-Ni mucho menos, pero el cronista de Cuenca, Juan Giménez de Aguilar, todo un entendido en el Arte, celebraba de manera especial la llegada de Santiago Rusiñol con un amplio artículo titulado “La alegría que pasa”, que hemos extractado, y que iniciaba así: “Bajo las frondas de la ribera del Júcar y frente a la cuesta de San Juan, un jocundo grupo de artistas pinta, charla y ríe. Su alegría –sutil como el perfume del “paraíso” del cercano jardín– se esparce por el ambiente, salva el profundo tajo, escala los  corroídos murallones y penetra en la ciudad”. Juan Giménez de Aguilar ponía todo su acento literario: “Es el celebrado, “pintor de los jardines”, el prodigioso Santiago Rusignol, quien capitanea el grupo de pintores que trabaja alegremente copiando aquellos sombríos paredones. De su paleta surgen -como de la caja de un prestidigitador- esas arquitecturas vegetales de la ribera, que miramos indiferentes todos los días y son admiradas con beatitud por los artistas” (…)

-El pintor de los jardines, como se le conocía, estaba sentando su cátedra en aquella Cuenca tan virginal aún en su paisaje natural, el que interesaba a Rusiñol.

Había que imaginar aquella ciudad colgada, con todo su esplendor primaveral en el naciente verano. Giménez de Aguilar, rendido ante el arte del pintor catalán, seguía escribiendo: “Parece que una varita de hadas reduce y fija sobre el lienzo el paisaje sorprendido con luminosidad espléndida; cuando el sol dora los paramentos encalados, cuando la sombra adquiere delicados tonos violeta, cuando el follaje presenta lujuriosos matices y el río tiene la quietud de un lago…Y el cuadro evoca el alcázar de orientales galas, sustituido por el Seminario y la casa de los Mendozas, cuyo solar sirve de cimiento a un monasterio, que, como el “Alcázar de las perlas” y el palacio de Carlos V a Granada, coronaron a Medina Cuenca.

-Se notaba que el cronista conquense estaba entusiasmado con esa presencia de Rusiñol en Cuenca con su cohorte de jóvenes pintores.

Naturalmente. Juan Giménez de Aguilar se preocupaba de que por Cuenca fuesen pasando personajes de la cultural nacional para dar a conocer la ciudad. El cronista terminaba su artículo de bienvenida a Rusiñol:  “Joanet vive, y vivirá, encadenado por su cariño a estos riscos esperando el magno viaje, y recordando como legítimo orgullo regional que no solamente en Aranjuez, y / ¡en Pollensa ha pintado Santiago Rusiñol / cosas de flor, de luz y de seda de Sol!”, concluía Giménez de Aguilar”. Algunas de las obras de Rusiñol sobre Cuenca son “Sol poniente”, “El Xucar”, “Casas Colgantes” y “Casa de la Bruja”, todas ellas de 1916.

EL PINTOR TOLEDANO ENRIQUE VERA

-Decías que dos años después de la estancia de Rusiñol en Cuenca, llegó a nuestra ciudad  el pintor Enrique Vera. ¿Qué sabemos de este artista toledano?

-Fue en el verano de 1918 y contaba con 32 años. “Enrique Vera Sales y su compromiso estético” es el título de un trabajo de investigación sobre este pintor toledano, realizado por José Pedro Muñoz Herrero en la Revista “Añil”, en 2004, y también en un catálogo sobre “Dibujos de Toledo”. Señala José Pedro Muñoz que “la personalidad de Enrique Vera era hasta ahora escasamente conocida, no sólo por haberse visto encerrada en círculos de lustre local, en tiempos poco dados al aprecio del rigor técnico y la especialidad en la expresión artística, sino también por haber quedado su figura difuminada y casi oculta tras los valores visuales de Toledo, ante cuya imagen se educó como pintor  y trató con exclusividad durante décadas”. Pero este pintor “de personalidad rica y compleja”,  que hizo de Toledo su caballete, pudo descubrir Cuenca, tras haber recorrido algunas ciudades del Norte donde pintó y expuso.

-¿Influyó por tanto la luz de Cuenca en la pintura de Enrique Vera?

-Por lo que hemos podido leer sobre él y observando sus cuadros conquenses está claro.  Antes de ello, Madrid, San Sebastián y Bilbao fueron su centro de atención para sus cuadros, con críticas amables en algunos casos y aceradas, en otros, como le ocurrió en Bilbao, lo que le hizo plegar velas hacia Castilla, en aquellos trenes de largas horas de viajes, lo que permitía conocer mejor el paisaje para sus apuntes. Descubrir Cuenca fue para Enrique Vera algo así como redescubrir la luz y un paisaje más natural y límpido. Escribía precisamente José Pedro Muñoz sobre esa búsqueda de nuevos escenarios. “Cuenca apareció entonces en su iconografía. Allí se dirigieron los Vera en el verano de 1918, y en Cuenca volvió a trabajar en los efectos de la luz solar intensa sobre una naturaleza hosca de paisajes rocosos y arquitecturas bizarras, como si fuera Toledo.”

-Bueno, parece que Enrique Vera se sintió en Cuenca casi como en su Toledo natal.

-En Cuenca pasó unos días Enrique Vera con su familia, pintando sobre todo los paisajes de la Hoz del Huécar, que le cautivaron, y aquí conoció a Juan Jiménez de Aguilar, amigo de Ángel Vegue y Goldoni, catedrático de Bellas Artes, que estaba relacionado con el pintor toledano, que ya en 1946 recibió el primer premio del Ministerio del Ejército por su cuadro “Vista de Toledo”.  La fascinación de Vera por su tierra  quedó patente en toda su obra. Señala Muñoz Herrera que en la  tercera exposición madrileña de Enrique Vera, en 1920, el eclecticismo del pintor toledano fue apreciado nítidamente por Francisco Alcántara a quien le gustaron especialmente los cuadros de Cuenca, con su carácter de ensayo para Toledo, y todos los críticos saludaron su verismo y su buen estilo colorista.

Casas Colgadas, publicado en La Esfera en 1920.
Casas Colgadas, publicado en La Esfera en 1920.

-Algunos de los dibujos de Vera vieron la luz gráfica en revistas importantes, entre ellas “La Esfera”

-Efectivamente, “La Esfera” fue un semanario cultural muy acreditado, con grandes firmas, que se mantuvo desde 1914 hasta 1931. Precisamente Francisco Alcántara, que fundó en 1911 “su” Escuela de Arte, le abrió las puertas de la revista “La Esfera” en la que colaboraba, y dos espléndidos dibujos de Enrique Vera, de sus cuadros paisajísticos de Cuenca, fueron publicados a color en el semanario tan acreditado, en dos semanas consecutivas, el 17 y 24 de enero de 1920, respectivamente. El primero de ellos se titulaba “Cuenca sobre el río”, con una imagen de las Casas Colgadas, bajo el epígrafe “Paisajes españoles”, y el otro dibujo titulado “Casas de la ciudad encantada”, con una vista del barrio de San Martín. En la revista “Añil” de 2004 se incluye el óleo sobre lienzo titulado “Cuenca”, de 1918. Por tanto, un pintor que merece la pena recordar, sobre todo en esta Cuenca que le dio la luz. Se da la circunstancia de que Rusiñol y Vera fallecieron con 70 años. Sus paisajes conquenses perduran en el tiempo.

-Y qué podemos decir de aquellos veranos de Cuenca de hace cien años para poner una pincelada final, entre tanto arte.

Pues como decíamos en el programa anterior, las gentes buscaban refrescarse en aguas del Júcar, sin que faltase por desgracia algún ahogado, bien por mala digestión o por no saber nadar. Pero en aquellos veranos entre 1916 y 1918 abundaban los conciertos de las Bandas de Música Provincial y Municipal, en la Glorieta y la Plaza Mayor, aunque en alguna ocasión los músicos faltaron a sus compromisos, entre ellos a la procesión de San Antonio y a la novillada de los barberos y los peluqueros, lo que propició que casi desapareciese la Banda por orden municipal. En las novilladas de los barberos y en la de los camareros, actuaron juntos Patricio García “Posada II” y Manuel Vindel, éste como banderillero, que eran muy conocidos en Cuenca. Ambos repitieron el 16 de agosto en La Frontera para estoquear dos vacas, resultando muerto el llamado Vindel. Pero no fueron los pitones de los bureles, sino que tras contar ambos el dinero recaudado recogido con la capa al dar la vuelta al ruedo, discutieron y según la prensa, Patricio sacó la navaja y se la clavó en el pecho a Vindel. Fue como una estocada mortal. Detenido Posada II pasó a la cárcel de Priego.

 

 

 

 

 

 

 

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