Mangana marca las horas de la ciudad

José Luis MUÑOZ (Blog El Portal de las Letras en Cuenca)  www.olcades.es

Debería haberse producido un repique general de campanas, acompañando al propio sonido del reloj, pero todo ha sucedido de un modo tan natural como de escaso impacto, salvo entre el vecindario de la parte alta, feliz de haber recuperado el ritmo y el latido del tiempo. El reloj de la torre de Mangana vuelve a funcionar y sus carillones desgranan puntualmente cada uno de los segundos que marcan las vivencias cotidianas de Cuenca. Porque, bien lo sabemos, ese el reloj que transmite al colectivo ciudadano el paso inalterable del tiempo desde esa vigía silenciosa, plantada en lo más alto del conglomerado urbano, en la torre abierta a todos los vientos que puedan sobrevenir desde cualquiera de los puntos del universo.

Mangana es una atalaya solitaria, orgullosa, elegante. Castigada, durante siglos, especialmente el último, por esa incombustible vocación municipal de alterar todo lo que pasa por sus manos, aunque no haga falta. Olvidando –o alterando- sus verdaderos orígenes, quisieron transformarla en mudéjar, mozárabe o directamente islámica y adjudicarle elementos defensivos que nunca tuvo ni necesitaba porque es, sencillamente, una torre civil, cristiana y urbana, la torre del reloj y no ninguna otra cosa.

MANGANA

Ese reloj que, en un descuido lamentable e incomprensible, el Ayuntamiento permitió que se estropeara -cosa normal: sucede habitualmente- sin acudir con presteza a su reparación.

Durante años el reloj de Mangana ha estado incumpliendo su vocación, la de marcar el tiempo de la ciudad. Les ha costado, pero finalmente ya está hecho y las manecillas, esas grandes manecillas, vuelven a desarrollar el circuito circular, acompañado del rítmico sonar de las campanas para pulsar el tiempo de la ciudad. Cierto que en ese devenir se ha perdido la melodía de la serranilla que acompañaba la llegada de cada hora. A lo mejor tampoco era necesario. Lo importante es que el reloj de Mangana vuelve a funcionar. La ciudad está ahora menos inquieta, con esa recuperación tan cargada de simbolismos.

 

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