Conciertos de música y toros en el verano conquense de 1910

Se celebraban tres conciertos a la semana en distintos lugares, con respuesta popular.Después de cuatro becerradas, cayeron en la cuenta de que la plaza de “La Perdigana”  era una ruina, y no se autorizó la corrida de feria

¿Cómo pasaban el verano en Cuenca nuestros tatarabuelos, sin tantos medios como ahora? Pues se divertían como podían con los medios que tenían, en una ciudad como Cuenca que al menos contaba con los paseos junto a los ríos Júcar y Huécar, para merendar en el campo, bañarse o simplemente pasear entre carros y carretas. Pero había otras diversiones como la música o los toros, y asi tenemos que en 1910, en los meses de verano se ofrecían tres conciertos musicalesa a la semana, con las Bandas Municipal y Provincial, y los socorridos festejos taurinos, que tenían como escenario la plaza de toros de la familia Lledó, conocida como “La Perdigana”.

Cuatro becerradas se celebraron en ese año de 1910, y cuando se dieron cuenta las autoridades, la plaza no estaba apta para las corridas de la feria de San Julián, que no fueron autorizadas. La plaza se hundía… Este reportaje fue publicado en “El Día de Cuenca”  el 18 de julio de 2010, bajo el título “Conciertos de música y toros, en el verano de Cuebnca de hace 100 años”, en la sección “Miscelánea Conquense”.

Dentro de cien años, todos calvos, se diría hace un siglo. ¿Pero cómo pasaban los conquenses de hace un siglo el verano, en una ciudad de poco más de diez mil habitantes, que terminaba su casco urbano en la estación de ferrocarril, donde aún no iban los ciudadanos a pasear porque no se habían instalado las marquesinas proyectadas y caía un sol de justicia. Cerca de la estación, entre alguna fábrica de maderas o almacén de leñas se encontraba la plaza de toros del señor Lledó, conocida como “La Perdigana”, en la misma Ventilla, en el solar que luego sería Teatro Cine-Xúcar y desde donde parte la calle de Cervantes, nominada con ese nombre en 1905.

 La plaza de toros era el lugar más frecuentado para el ocio, pues en el verano de 1910 se programaron novilladas los días de San Pedro y de Santiago, y dos becerradas en julio, una por  los dependientes del comercio y otra por los obreros de la serrería mecánica. La plaza acogía igualmente, cada quince días, funciones de circo de varias compañías, entre ellas la del señor Bernabé.

Quiosco de la música que  habia en los jardines de la Diputación.
Quiosco de la música que habia en los jardines de la Diputación.

TRES CONCIERTOS SEMANALES

Además de festejos taurinos para el pueblo, con un concejal ganadero como Ramón Herraiz, que se preocupaba del asunto, el Ayuntamiento y la Diputación se pusieron de acuerdo para que durante el verano se celebrasen tres conciertos cada semana, por las Bandas Municipal y Provincial, que dirigían los maestros Cabañas y Rubio. Los conciertos se celebraban en el quiosco de la Glorieta de los jardines de la Diputación; en la Plaza de la Trinidad, en el Gobierno Civil y cada quince días en la Plaza Mayor, y contaban con una gran asistencia de público. ´Música, maestro!

El domingo por la tarde asistió la Banda Municipal a los jardines de la Glorieta , donde ejecutó escogidas piezas de su repertorio, que fueron escuchadas con verdadero placer por el selecto y numeroso público que ocupaba el popular paseo.

En la plaza de la Trinidad también actuaban las bandas de música.
En la plaza de la Trinidad también actuaban las bandas de música.

Por la noche, fue la provincial a la plaza de la Trinidad y, escuchada y aplaudida por una numerosa concurrencia, ejecutó varias bonitísimas piezas, entre las que caben especial mención “Locura y venganza” y “La Corte de Faraón”, informaba “El Liberal” el 20 de julio de 1910.

LA TEMPORADA TAURINA

La temporada taurina del verano comenzó el 29 de junio, fiesta de San Pedro, con una novillada en la que se lidiaron tres novillos de Rufo Serrano por el novillero Luis Mauro, que fue aplaudido. La plaza se llenó en la sombra, con poca gente en el sol, y no faltó el salto de la garrocha de Ignacio Romero, que cayó de bruces ante el burel sin mayores sobresaltos que los ¡ays! y las carcajadas.

El día de Santiago, lunes 25 de julio de 1910, la plaza de Lledó ofreció otra novillada sin caballos con tres erales de Ortega que lidió como pudo Adolfo Guerra. Presidió el concejal Carralero y el diestro salió a hombros aunque sólo cortó una oreja. De la croniquilla del festejo, en “El Liberal”, resaltamos este curioso párrafo: “Segundo. También retinto oscuro, no tan grande como el anterior, aunque es de muchas carnes; bien puesto y sin testículos. ¡Vaya veterinarios!”.

Plaza de Lledó, La Perdigana, hundida en 1912.
Plaza de Lledó, La Perdigana, hundida en 1912.

BECERRADA DEL COMERCIO

En cuanto a las becerradas de los gremios, que también demandaron más adelante los de otros oficios, el 17 de julio de 1910 se celebró el festival de los dependientes de comercio, con este cartel anunciador:

Dos becerros de la ganadería de Ramón Herraiz.

Espadas: Servando Ibáñez y Calixto Benedicto.

Banderilleros: José García, Emilio Ávila, Tomás Peralta, Antonio López, Jesús González, Amalio Vieco, Joaquín Díaz y Miguel del Mazo.

Puntillero: Miguel del Mazo.

El festejo resultó entretenido por el buen juego de las reses y la actuación de Calixto, que además de despachar telas, mostró buenas maneras con la franela.

El Día, 18-07-2010
El Día de Cuenca, 18-07-2010

LOS OBREROS DE LA SERRERÍA

El domingo 31 de julio se celebró una becerrada obrera a beneficio de la Sociedad Obrera “La Fraternal”, cuyos fondos irán a parar para la construcción de una escuela para obreros. Se lidiaron tres añojos de la ganadería conquense de Rufo Serrano por las cuadrillas compuestas por los obreros de la serrería mecánica.

Espada: Tomás Cubells.

Sobresaliente: Miguel Ávalos.

Banderilleros: Miguel Ávalos, Constancio Cortés, Esteban García y Justo Hontecillas.

Puntillero: Esteban García.

Peones: Isaac Esteban y Narciso Muñoz.

Picadores: Gabino Millán y Damián Martínez.

“La suerte de Don Tancredo” fue realizada por Miguel Ávalos, que se quedó quieto en medio del ruedo cuando salió el añojo. La primera y tercera res llevaba una moña, regalo de la hija del presidente de La Fraternal y la plaza se llenó.

Y así transcurría el verano de 2010, entre músicas y toros y paseo por las Hoces, con baños en el río por la Alameda, la pradera de San Juan, El Sargal y otros parajes del Júcar. El Huécar era un cenagal y, con tanta becerrada, se dieron cuenta los munícipes de que la plaza estaba en ruinas a pocas semanas de la feria, que se celebraba en septiembre.

El informe municipal fue negativo y la autoridad competente no concedió el permiso para la corrida de feria y en ese año de 1910 no hubo toros en San Julián, pese a haberse celebrado cuatro becerradas en el verano. La plaza de “La Perdigana” tenía sus días contados.

 

 

 

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