Silvino Navalón, el cura pionero del arte religioso en la teja y el guijarro

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A Silvino Navalón Vergara se le conoce popularmente como “el cura pintor de las tejas y los guijarros”. Con ese arte ha querido reflejar siempre en sus obras el mensaje de pobreza de San Francisco, el santo de su devoción. Nacido en El Peral el 16 de abril de 1935, su labor sacerdotal la ha ejercido en las parroquias de Almonacid del Marquesado, su primer destino, y en las de Almodóvar del Pinar, Chumillas, Solera de Gabaldón y Monteagudo de las Salinas. Este sacerdote, que ya ha cumplido los 80 años, fue posteriormente párroco de Casasimarro, donde el arte brilla en sus alfombras y guitarras, y en cuya parroquia dejó buena semilla el siempre recordado “don Eugenio”. Silvino siguió su ejemplo de cercanía sin olvidarse de sus viejas tejas y guijarros, e incluso algunas vasijas de barro, como si fuesen óleos o acuarelas.

Silvino ha sido también capellán del Convento de Carmelitas de Villanueva de la Jara y en la actualidad se encuentra en la Residencia Sacerdotal de Cuenca. A Silvino Navalón le conocí en junio de 1974, cuando él tenía 39 años y podía alternar su magisterio entre cuatro pueblos y su afición como pintor, con motivo de la Exposición que presentó en la Casa de Cultura, con 23 mosaicos religiosos hechos con guijarros y catorce tejas con dibujos de Cristo y los Apóstoles.

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Silvino Navalón Vergara había sido ordenado sacerdote por el obispo Inocencio el 31 de mayo de 1959, junto a varios compañeros que habían hecho la carrera sacerdotal en el Seminario Conciliar de San Julián, entre ellos Anastasio Martínez, “el cura de los iconos”, que fue durante muchos años párroco de Las Majadas y es canónigo de la Catedral.

Pintores y escritores daba el Seminario, con alumnos tan aventajados como Carlos de la Rica (sacerdote escritor y poeta) o Florencio Martínez Ruiz, uno de los grandes escritores conquenses (ambos ya fallecidos), y cómo no, Amador Motos, que cambió la sotana por los pinceles, pero dejó su huella artística entre sus compañeros, como reconocía el propio Silvino en la entrevista publicada en “Diario de Cuenca” el 21 de junio de 1974, y que ahora rescatamos.

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Cartel Semana Santa 1962, de Silvino Navalón.

A los tres años de cantar misa, Silvino Navalón dejaba muestra de su arte en algunos certámenes, entre ellos el Concurso de Carteles de la Semana Santa de Cuenca de 1962, que convocaba el Ayuntamiento de la ciudad, en el que consiguió el primer premio, con el lema “Redención”. Debajo lleva su firma: Silvino. (El segundo premio lo obtuvo “Tony” Beamud, un aficionado al dibujo, que tenía una tienda de ultramarinos, que bien merece se le haga un reconocimiento a su obra y su conquensismo, que hizo patente en algunos carteles de San Julián.

Pero Silvino Navalón, siguiendo la senda de “su San Francisco”, buscó para sus mosaicos los materiales rústicos y sencillos del guijarro o la teja para plasmar en ellos su arte religioso entre pinturas al tempero y el barniz, siendo pionero en esta forma de expresar su arte. Y así, en junio de 1974, se presentaba en la Casa de Cultura de Cuenca con la muestra de su trabajo. Tenía entonces 39 años y con sus gafas negras parecía que estábamos delante de un “dandy” de la pintura: todo lo contrario, la sencillez hecha arte. Los mosaicos reflejaban las florecillas, los pajarillos, el hermano lobo, el hermano Sol o el hermano viento, que modelaron la vida del santo.

"Diario de Cuenca", 21-06-1074. Pag. 2
“Diario de Cuenca”, 21-06-1074. Pag. 2

Nos decía entonces, Silvino Navalón, sin alharacas ni mayores pretensiones, que “pretendo que la gente conozca el mensaje de pobreza de San Francisco, del cual estamos tan necesitados”. Sobre su forma de pintar nos decía que, aunque era su primera exposición individual, “he participado en exposiciones provinciales de pintura y he conseguido algunos premios y accésits, entre ellos el primero de carteles de Semana Santa del año 1962.

Amador Motos y Carlos de la Rica, compañeros en el Seminario, y el escultor de Motilla del Palancar, Navarro Gabaldón, le ayudaron y aconsejaron en sus inicios artísticos. El propio Carlos de la Rica le dedicaba tres páginas en el número 36 de la Revista “Cuenca” de 1990, con el título “Las tejas que vuelan (Silvino Navalón)”, aunque las mejores palabras de Carlos las pronunció en la presentación de la Exposición de 1974: “Silvino refleja en su arte la Iglesia donde están presentes los pobres”.

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A lo largo de su vida sacerdotal, que deseamos siga siendo fecunda, Silvino ha seguido esa senda de “su” San Francisco, en su labor pastoral y en sus inquietudes artísticas. Figura Silvino Navalón en la relación  de artistas y artesanos de Cuenca, manejando el pan de oro o sus pinturas al tempero o barniz. En otro artículo que Carlos de la Rica titulaba “En donde el guijo y la teja llegan al arte por obra y gracia de Silvino Navalón”, el poeta que le abrió el camino hacía alabanza de esta manera tan sencilla y tan novedosa de crear arte religioso. Un arte que le inspiraron los guijarros de la Plaza Mayor de Cuenca, cuando paseaba con su sotana de seminarista con fajín blanco, y de Almonacid del Marquesado, su primera parroquia, donde los colores de los vestidos de los “diablos” también debieron dejarle huella.

 

 

 

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