“Cuenca, blanca y verdiplata” (I *)

nevada

Cuando los oros del Otoño van demudando su color por la plata escarchada, el Invierno torna el paisaje en verdiplata. Cuenca, la bella durmiente, se arropa entre los frisos de sus hoces aterciopelados de hiedra y musgo. La larga estación invernal, que en esta tierra pura y dura brilla con luces de gris perla en amaneceres brumosos, y atardeceres rojigrisáceos, descubre la otra belleza de la ciudad, de roca descarnada que lagrimea lluvias entre árboles huesudos. Cuenca de noviembre, con el recuerdo perenne a quienes reposan en el descanso eterno en el Cristo del Perdón de la Dehesa de Santiago y en el camposanto ermita de San Isidro que se asoma a la Hoz del Júcar. La bruma dora los cipreses.

Desde Mangana se aprecia una corona de niebla blanquecina que orla el Cerro de la Majestad y la propia ciudad en sí que se va haciendo grande desde su ocho veces centenario Hospital de Santiago de espadaña y campanil.

Cuenca de diciembre, que canta villancicos de ángeles albriciadores de Federico y despide el año con las campanadas de Mangana. César González Ruano tenía el deseo de pasar en Cuenca la mágica noche de fin de año: “No hay noche más patética que esa noche en el calendario, ni en el rompeolas de la geografía española existe una ciudad más patética, a mi entender, que Cuenca”. La melancolía que da ese patetismo la eleva González-Ruano en la Nochevieja conquense: “Siempre he tenido el deseo de pasar en Cuenca esa noche desvelada y tremenda. En Cuenca imagino yo morir el año despeñado en el desfiladero de sus hoces y, entre graves espumas, llevado por el río hasta la inmensidad del mar antiguo”.

Nieve

Cuenca del Año Nuevo, cubierta con el blanco manto, que se posa con elegancia y majestuosidad sobre las Hoces, en un amanecer fantástico. ¿Han visto la nieve colgada? En Cuenca se produce el gran fenómeno de la nieve seduciendo los frisos roqueros, asomada a las mismas Casas Colgadas o blanqueando el oxidado hierro del puente de San Pablo, que perdió todo su calor en la fragua aquel 19 de abril de 1903 en que sustituyó al volado cíclope de piedra.

“Esta Cuenca de hoy –Cuenca invernal, Cuenca litúrgica, Cuenca blanca y morada- cobra las duras, las amorosas sonrisas que atenazan los termómetros, agarrotan el gallito de hierro de las veletas y dibujan largas letanías espirituales por las concretas lindes de sus hoces”. Es la Pasión de Camilo José Cela por Cuenca, a la que descubre como feliz viajero tras su singladura por la Alcarria: “Sueltan los ríos su lagrimal, arde –helada- en los montes la tierra roja, se espantan nuevas piedras en cada nuevo cimiento”.

Jesús Hilario Tundidor escribe su poema a la Alta Cuenca “un día de diciembre”: “Abriendo el sueño desde mis baúles / yo te soñara, Cuenca volandera, / festines de altozano y de quimera / si no fueses de piedra entre abedules…”. El soneto de Tundidor concluye: “Te estoy, Cuenca, soñando en el rocío / mágica, brújica, coríntica… y al hondo, / breve rubor de espuma, canta el frío”.

“Cuenca o la diversidad”. Carlos de la Rica nos lleva en su lirismo por los distintos matices de la belleza conquense: “Cuenca pertenece a la categoría cabal de la belleza; es como una mujer que, sin ser perfecta ni tampoco exótica, tiene un algo especial que encandila y admira y te atrae inexorablemente”. “Desde cualquier plano el espectáculo de la ciudad es inolvidable, lleguemos por un sitio o por otro. Enseguida vemos el cogollo alzado, la piña sobre la meseta donde sus fundadores (míticos) quisieron encontrar protección y seguridad”. (…): “Otra cosa es el color, azul ultramar, gris con veteados rosáceos, moraduras violetas, verdecientes vegetales en cambio hacia los oros otoñales, platas, rojos e increíbles gamas bien aprovechadas por los pintores”.

(*). “Cuenca blanca y verdiplata”. El Invierno. 1995. Guión de José Vicente Avila. Emitido en Tele-Cuenca en 1995.  (Con la serie de  las cuatro Estaciones nos sumamos al Décimo Aniversario de Cuenca, Patrimonio de la Humanidad.

 

 

Deja un comentario