Cesarino, el cardenal que fue obispo de Cuenca, y Herrero, el último obispo de Cuenca que fue cardenal

Cuenca, 1890

(ESPACIO EMITIDO EL MARTES 12 ENERO DE 2016 EN EL PROGRAMA “HOY POR HOY CUENCA”, DE LA CADENA SER, QUE DIRIGE Y PRESENTA PACO AUÑÓN. (En facebook, Cadena Ser Cuenca, 12-01-2016)

 Este 2016 que acabamos de estrenar viene cargado de conmemoraciones históricas que a lo largo de los meses se irán celebrando, destacando de manera especial el Veinte Aniversario de la Declaración de la Ciudad Fortificada de Cuenca como  Patrimonio de la Humanidad, de la que en su día también trataremos en este programa. Se cumplen igualmente 820 años del inicio de las obras de construcción de la Catedral en el solar de la antigua mezquita y dentro de ese contexto se ha escrito la historia de la Diócesis de Cuenca. Hoy, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos aporta dos pequeñas y curiosas historias que ha titulado genéricamente como “Cesarino, el cardenal que fue obispo de Cuenca desde Roma y Herrero, el último obispo de Cuenca que fue cardenal”.

No podemos olvidar que por el Obispado de Cuenca han pasado 72 prelados desde que en 1182 fuese nombrado Juan Yáñez, al que siguió San Julián, Patrón de Cuenca, hasta el actual José MaríaYanguas, por lo que la historia diocesana es tan amplia como importante, y en la mayoría de los casos forma parte de la propia historia de la ciudad, como bien queda reflejado en el libro “Noticias de todos los señores obispos que han regido la diócesis de Cuenca”, del canónigo Trifón Muñoz y Soliva, editado en 1860.

Hablamos en primer lugar, si te parece, de Cesarino, el cardenal que ejerció como obispo de Cuenca nada menos que desde Roma,  hace casi medio siglo, lo cual no deja de ser un tanto sorprendente

-Uno de los casos más pintorescos que vivió la Diócesis Conquense, quizá en una época propicia a estas situaciones, fue el del cardenal Alexandro Cesarino o Alejandro Cesarini, obispo número 35 en la Silla de San Julián, que sustituyó en 1538 al fallecido obispo Diego Ramírez de Fuenleal, natural de Villaescusa de Haro, que fue enterrado en el altar mayor de la Catedral. Decimos que fue un caso relevante, porque Cesarino fue nombrado obispo de Cuenca, siendo cardenal, y además obispo de Pamplona desde 1520. Era lo que se conocía entonces como un prelado en la distancia, denominado “obispo comendatario”, que venía a ser como el administrador de la diócesis. Un caso anterior había sido el del cardenal Rafael Galeote, 33 obispo de Cuenca, estante en Roma como Cesarino.

-Pero, quién era Alejandro Cesarino, que como bien dices, era cardenal en Roma y obispo de Pamplona.
-De sus datos biográficos podemos señalar, a través de diversas fuentes, que Alejandro Cesarino, de la familia de los Cesarinos, nació en Roma, donde las Letras y la Filosofía las ejerció con brillantez, y ello le valió ser nombrado protonotario apostólico por el Papa León X, quien tras conocer sus méritos y conocimientos le elevó a diácono cardenal en la quinta de sus creaciones, con los títulos de los Santos Sergio y Baco. El sacro Colegio de Roma tenía catalogado a Cesarino como uno de los más versados en los libros sagrados, en opinión del gran teólogo Pablo Manucio, señalando que era un gran amante de las letras y de la más culta erudición. Adriano VI, regente de Castilla y Papa número 218 de la Iglesia Católica, que había sido maestro del emperador Carlos V, encomendó al cardenal Cesarino  la administración perpetua de la diócesis de Pamplona, que rigió también desde Roma, teniendo como provisor a D. Reinaldo de Cancelares, obispo de Sant Angelo. Este es un dato relevante para el futuro de Cesarino en el Obispado conquense.

Alejandro Cesarino
Alejandro Cesarino

-¿Cómo surge la designación de Cesarino para la diócesis de Cuenca?

-Alejandro Cesarino, que tenía cierto peso en Roma, fue uno de los partidarios del emperador Carlos V durante las guerras italianas. Fue precisamente Carlos V, al que ahora se recuerda en una celebrada serie de televisión, quien propuso a Cesarino para administrar la Diócesis Conquense, tan cercana a la Corte. Cesarino había participado nada menos que en tres Cónclaves, en el de 1521, en el que fue elegido Papa Adriano VI, que le nombró diácono cardenal y obispo perpetuo de Pamplona; en el de 1523, en el que Clemente VII fue el Pontífice, y le designó para la mitra de Cuenca, en 1531, y el de 1534, con la proclamación de Paulo III. Cesarino había asistido como cardenal y prelado de Pamplona, diócesis que rigió durante 18 años, también en la distancia con idas y venidas, teniendo en cuenta que se viajaba en carruajes. Precisamente cuando Adriano VI fue elegido Papa, éste se encontraba en Vitoria como regente de Castilla, preparando a Navarra para la defensa de la invasión francesa. Cesarino y Adriano, el nuevo papa viajaron hasta Tarragona, donde embarcaron

-Hablamos de 1538 cuando se produce el traslado de diócesis de Cesarino desde la de Pamplona a la de Cuenca, aunque fue designado siete años antes según has comentado.

-Efectivamente en 1531, el Papa Clemente VII promovió al cardenal Cesarino para la mitra de Cuenca, pero éste no se posesionó hasta 1538. La de Cuenca era una diócesis relevante, con ocho arciprestazgos, incluidos los de Requena y Pareja, con “una circunferencia de 90 leguas”, con pueblos de Albacete como La Roda y Tarazona, entre otros; de Valencia, como Requena y Utiel y 35 villas de Guadalajara, empezando por Sacedón. Una diócesis apetitosa en aquellos tiempos, con el Priorato de Uclés en su esplendor. Entre 1535 y 1538, Cesarino o Cesarini volvió a España para cumplimentar al emperador  Carlos V y tratar de avenirle con Francisco I y, al mismo tiempo, para hacerse cargo del Obispado de Cuenca, que delegó a D. Reinaldo de Cancelares. Muñoz y Soliva relata que el purpurado llegó a Cuenca y al poco tiempo regresó a Roma. El lema de Alejandro Cesarini, como el número 35 en la Silla de San Julián, fue el de “Cesar ad omnia” (César en todo).

¿Y qué sabemos de la actividad de Cesarino en la diócesis de Cuenca?

-Al igual que ocurría en Pamplona, Cesarino tenía como gobernador del obispado de Cuenca al citado Don Reinaldo de Cancelares, y en realidad el obispo titular apenas pisó la diócesis en sus cuatro años de episcopado. Uno de los datos relevantes del “episcopado a distancia” del cardenal Alejandro Cesarino fue el de suplicar en su nombre, y en el del Cabildo de la Catedral, al Papa Alejandro Farnesio “Paulo III”, que se dignase ordenar una nueva información con autoridad apostólica, “de los muchos milagros que Dios obró y obraba por la intercesión de su glorioso siervo el segundo obispo de Cuenca”, señala en su “Episcopologio”, Trifón Muñoz y Soliva, pues habían pasado 22 años del primer descubrimiento del cuerpo de San Julián.

Cuadro de San Julian. (Biblioteca Nacional)
Cuadro de San Julian. (Biblioteca Nacional)

-Aquí sí que podemos decir que la cercanía del obispo con Roma surtió efectos rápidos para iniciar la santificación de San Julián.

-La petición de Cesarino surtió efectos, y el Papa Paulo III despachó un Breve con fecha 8 de julio de 1540, nombrando para llevar a cabo la oportuna información y el proceso al cardenal arzobispo de Toledo, Juan Tavera; a D. Reinaldo de Cancelares, obispo de Sant Angelo y gobernador del Obispado de Cuenca, y a Alonso Carrillo, obispo de Veste, canónigo y tesorero de la Catedral de Cuenca, a los tres en conjunto y a cada uno de manera individual. Fue Alonso Carrillo quien se encargó de presidir la Comisión y formó el proceso sobre los “Milagros de San Julián” junto a los notarios Cristóbal de Morillas y Antonio López, “resultando exactamente comprobada la información de Eustaquio Muñoz y otros muchos milagros”, escribe Muñoz y Soliva, como igualmente recoge el Padre Alcázar en la “Vida de San Julián”. Al menos Cesarino hizo algo muy importante por su lejana diócesis y su santo Patrón.

-Has comentado que fueron cuatro años de obispado de Cesarino en Cuenca. Sabemos algún dato más de su corta pero eficaz labor.
-No cabe duda de que aceleró el proceso sobre San Julián. En aquellos años entre 1531, en que fue designado obispo, y 1538, que fue cuando se posesionó, la ciudad tenía un problema gravísimo de abastecimiento de agua, pues como apunta el historiador Muñoz y Soliva, no tuvo más agua potable que las de lluvia, de ahí que hayan aparecido esos algibes tan espectaculares en el actual Museo de las Ciencias y en la Plaza de Mangana, zonas muy pobladas de la ciudad en aquella época. Entre 1531 y 1533 se consiguió traer a Cuenca el agua de la Cueva del Fraile, no sin algunos problemas de infecciones.

Seminario y Puente de San Pablo. (Biblioteca Nacional)
Seminario y Puente de San Pablo. (Biblioteca Nacional)

Durante el episcopado del romano Cesarino se aceleró la construcción del puente de piedra de San Pablo, iniciada en 1534 por parte del canónigo Juan del Pozo, quien también formó parte para realizar obras en el Claustro de la Catedral. Incluso el canónigo Pozo, que inició igualmente la construcción de la iglesia de San Pablo, llegó a decir que era capaz de levantar la Catedral en el Campo de San Francisco, con tal de que se la diesen apeada. ¿Te imaginas Paco la Catedral donde ahora está el hermoso edificio de la Diputación?

-¿Qué obispo sustituyó a este personaje tan singular como lo fue Alejandro Cesarino, a quien vemos con sus luengas barbas en uno de los grabados que se conservan?

-Alejandro Cesarino, que conoció nada menos que a cuatro Papas, falleció el 13 de febrero de 1542. Fue nombrado para relevarle Francisco de Onteniente, que falleció antes de venir a Cuenca, siendo sustituido entonces por Sebastián Ramírez de Arellano, obispo de León, sobrino del obispo Diego Ramírez, también nacido en Villaescusa de Haro. En la Tabla de los legados y nuncios apostólicos en España, de 1857, figura Cesarino en dos ocasiones. La primera en 1522, para hacerse cargo del obispado de Pamplona, y para dar noticia en Zaragoza a Adriano de que sería elegido Papa. Fue uno de los tres cardenales comendados para este fin, acompañando hasta Roma a Adriano VI en loor de multitudes, como hemos referido anteriormente.

EL OBISPO SEBASTIÁN HERRERO, DE ENERO A ENERO

“Quien pasa el mes de enero, pasa el año entero”, reza el refrán. Eso debió pasarle al obispo Sebastián Herrero Espinosa de los Monteros, número 63 en la silla de Cuenca, que sólo estuvo un año en la diócesis de San Julián, pues tomo posesión de la misma el 3 de enero de 1876 y se despidió el 3 de enero de 1877, pues el prelado de tan rimbombante segundo apellido (descendía por línea materna de los marqueses de Monte Olivar), fue designado por el Papa  Pío IX como obispo de Vitoria.  Tenemos ahora la historia inversa del último obispo de Cuenca que terminó siendo cardenal.

-Un personaje muy curioso, este Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros, nacido en Jerez de la Frontera, el 20 de enero de 1822, que murió en Valencia el 9 de diciembre de 1903, y fue conocido como el prelado poeta y dramaturgo, además de abogado, que tuvo una amplia y brillante trayectoria episcopal, pues si con 53 años fue nombrado obispo de Cuenca, diócesis en la que estuvo un año, de enero a enero, pasando en 1877 al episcopado de Vitoria; años después fue preconizado obispo de Oviedo, y en 1883 se hizo cargo de la diócesis de Córdoba, y ya  con 76 años fue designado arzobispo de Valencia en 1898 y cinco años más tarde, cardenal, asignándole el cardenalato de los santos Bonifacio y Alejo.

Sebastián Herrero.
Sebastián Herrero.

-Su papel de dramaturgo bien le hubiera valido para escribir una curiosa obra tras haber conocido nada menos que cinco diócesis, tan distantes y distintas

-Sin duda alguna, Paco. Regir cinco diócesis tan variopintas durante 28 años (Cuenca, Vitoria, Oviedo, Córdoba y Valencia) no es menos cierto que debió ser una gran experiencia para este purpurado que estudió Filosofía en Cádiz y obtuvo en Sevilla el doctorado en ambos Derechos. Pero además de sus conocimientos de jurisprudencia fue conocido, sobre todo en su primera etapa entre Jerez de la Frontera, Cádiz y Sevilla, como poeta y escritor, colaborando incluso en algunos periódicos. Herrero Espinosa de los Monteros ejercía de abogado en Morón de la Frontera e incluso de  juez de primera instancia, pero los estragos del cólera morbo le llevaron a la reflexión y en 1856, con 34 años, ingresó en la Congregación de San Felipe Neri, siendo ordenado sacerdote en 1860.

-Por los datos que citas fue ordenado sacerdote con 38 años y con 53 años, obispo de Cuenca. Todo un récord, sin duda, ¿verdad?

-Su carrera eclesiástica fue meteórica, pues un año después de su ordenación fue nombrado rector del Seminario de Cádiz, luego canónigo de la Colegiata de Jerez de la Frontera, su lugar de nacimiento, provisor y vicario general del Obispado de Cádiz y en 1868 canónigo arcipreste de la Catedral gaditana. Y de Cádiz, a Cuenca, con escasos medios de locomoción. Fue nombrado para la diócesis conquense el 13 de julio de 1875 y preconizado para ocupar la silla de San Julián, el 17 de septiembre por el Papa Pío IX, para sustituir a Miguel Payá y Rico, nombrado arzobispo de Santiago. Ya fue casual que Payá y Herrero terminasen siendo cardenales tras su primer paso por Cuenca, y desde entonces, y han pasado 140 años, no ha habido otro caso similar.

-¿Cómo recibió la diócesis de Cuenca el nombramiento de Sebastián Herrero, tras los dieciseis años de Payá y Rico?, que por cierto su nombre se recuerda en la Plaza Cardenal Payá….

-La noticia de que Cuenca tenía un nuevo obispo, tras la marcha de Miguel Payá y Rico, fue celebrada con alborozo el 19 de septiembre de 1875 con una procesión desde la Catedral a la iglesia de San Pedro, en una tarde hermosa, tras la lluvia del día anterior. Pasarían unos meses hasta la entrada en  Cuenca del prelado Sebastián Herrero. Así, el 3 de enero de 1876, tomaba posesión del Obispado por mediación de su representante y apoderado el licenciado Bartolomé Leocadio Poveda, chantre de la Catedral. El acto resultó solemne y se leyeron las correspondientes Bulas ante la autoridad eclesiástica y la municipal. Todo estaba preparado en la Catedral, que lucía sus mejores galas con la Torre del Giraldo elevada a las alturas, que iba a sorprender al nuevo prelado.

Así era Cuenca cuando entró el obispo Sebastián Herrero el 4 de enero de 1876, con su Torre catedralicia y el puente de piedra.
Así era Cuenca cuando entró el obispo Sebastián Herrero el 4 de enero de 1876, con su Torre catedralicia y el puente de piedra.

-En qué fecha exacta por tanto entraba Sebastián Herrero de los Monteros en la Diócesis de Cuenca y en su Catedral.

-Pues el 4 de enero de 1876, es decir, hace 14 años, sería el gran día de la entrada en Cuenca del nuevo obispo Sebastián Herrero de los Monteros, que llegaba a la provincia tras varios días de viaje en el tren de lento recorrido. A las ocho de la mañana salieron de la ciudad varios carruajes para esperar en Chillarón al prelado Herrero. La cercana localidad vivía un día de fiesta, pues se colocaron colgaduras de ramas, el pueblo se engalanó y fueron muchas las personas de localidades cercanas las que hasta allí se acercaron. Tanta animación nunca se había visto, ni tantas sotanas en Chillarón. Cuando las campanas anunciaron la llegada todo el pueblo se lanzó a la vía”, contaba Domingo Muelas en su Episcopologio, recogiendo datos del Boletín del Obispado.

-Un día frío del enero invernal, pero con mucho calor popular si nos atenemos al ambiente que nos estás evocando…

-Pese al frio reinante el ambiente estaba caldeado por el acontecimiento, pues hace 140 años pocas atracciones había en Cuenca salvo ir al teatro o al baile, que no era poco. Imagino la Catedral con su airosa y esbelta Torre y el puente de San Pablo de piedra como imagen visual para el recuerdo. Las campanas de Cuenca volteaban alegres ese 4 de enero como reflejan las crónicas: “La Plaza Mayor ofreció uno de esos espectáculos que se sienten, pero no se describen, cuando su ilustrísima bajó del carruaje dirigiéndose a la Iglesia Catedral Basílica” y posteriormente al Obispado, con todo el acompañamiento de representaciones que venían desde Chillarón”. Imaginamos igualmente la Plaza llena de coches de caballos, curiosos de grises ropajes de gorras y sombreretes, mujeres con el oscuro pañuelo a la cabeza, embozadas por el frío, y del amplio clero con sus negras vestimentas. Entonces no había cabalgata de reyes, pero la ciudadanía acudió a la Plaza Mayor para no perderse la entrada solemne en la Catedral del obispo Sebastián Herrero, que era como una cabalgata.

¿Qué más datos tenemos de aquella jornada del 4 de enero de 1876?

-Señalaba la prensa que en la puerta central del templo colgaban ricos damascos y tapices. La Corporación Municipal, con sus maceros de gala, y el gobernador civil, desfilaron desde el Ayuntamiento al Obispado para entrar todos juntos con  la comitiva en la Catedral, por la puerta más cercana a la calle de San Pedro. Los colores sobresalían entre el negro y el magenta, así como en las casullas de los celebrantes. En el interior catedralicio se escuchaba el Te Deum y las voces blancas del coro de niños de la Catedral, del cercano Colegio de San José, que luego sería Posada. El Ayuntamiento repartió pan a los pobres de manera abundante y por la tarde era el prelado el que hacía lo propio en el patio de las limosnas, por cierto recientemente abierto al público. Era como un pequeño regalo de reyes en aquellos años de tantas necesidades.

Subida a El Carmen, con casas donde hoy existe escalinata y barandilla.
Subida a El Carmen hacia 1895.

-Has dicho al comienzo que Herrero sólo duró un año, de enero a enero.

-Efectivamente, un año duró la permanencia del obispo Herrero en la diócesis conquense, tiempo en el que escribió cuatro cartas pastorales y en el que intentó hacer la visita pastoral a los 397 pueblos de la diócesis, sin coches, comenzando en La Melgosa y terminando por los pueblos de Poyos y la Isabela, que se “tragó” el pantano de Entrepeñas-Sacedón. No olvidó el prelado sus tiempos de filipense y una de sus preocupaciones fue la de restaurar la Casa del Oratorio de San Felipe Neri, fundada por el obispo Lancaster. Restableció la comunidad con  los padres Toribio Castellanos y Pedro de la Fuente, bajo la prepositura del P. Julián Martínez. Durante su mandato tuvo la feliz noticia de que el rector del Seminario, Juan María Valero Nacarino, fue preconizado obispo de Tuy. Años más tarde, otro 3 de enero, en 1912, la ciudad vivió bastante sorprendida la rebelión de los seminaristas de San Pablo y San Julián.

LA REBELIÓN DE LOS SEMINARISTAS DEL 3 DE ENERO DE 1912

-Qué ocurrió para que los estudiantes de los Seminarios se rebelasen, en una diócesis aparentemente pacífica…

-Es una página de sombras sin duda, la de la rebelión de los seminaristas del Convento de San Pablo y del Seminario de San Julián, ocurrida en la noche del 3 de enero de 1912, que dio lugar a la clausura de los Seminarios por unos años, por decisión del propio Vaticano. Ya no estaba en Roma Cesarino para haber mediado. Esta rebelión de los estudiantes de los seminarios tuvo su principal foco en el Seminario de San Pablo, hoy Parador de Turismo, que a principios del siglo XX era regido por los Hijos de Mosén Sol, Operarios Diocesanos, que eran vulgarmente conocidos por los “Josefinos”, según cuenta Domingo Muelas en su Episcopologio. “Parece que al clero diocesano y principalmente a los profesores, no les agradó que vinieran al Seminario estos sacerdotes extraños en alusión a los “josefinos”. Los seminaristas, igualmente, rechazaban su dirección protestando del rigor de la disciplina”.

IMG-20160113-WA0003
El Día de Cuenca, 8-01-2012.

-¿Y cuál fue la reacción de los seminaristas en la noche de autos, del 3 de enero de 1912?

-El descontento era cada vez mayor en los alumnos por la poca calidad de la enseñanza de los “josefinos” y la dureza de la disciplina que ejercían, que según escribía Domingo Muelas, “el descontento era cada vez mayor, llegando a implicarse los familiares de los alumnos, hasta tal punto que los seminaristas, muy soliviantados, la noche del 3 de enero arremetieron bruscamente contra los superiores del Seminario, quienes tuvieron que huir en desbandada, cada uno por donde pudo, y alguno por el túnel de la huerta, logró escaparse por la hoz del Huécar. El obispo Sangüesa, que había visto hundirse la Catedral diez años antes, enfermó con este suceso, y fue hospitalizado en Madrid. Desde allí envió una pastoral implorando el perdón, y aunque señalaba “que la justicia prevalecerá”, atribuía los incidentes a “los hervores de la sangre juvenil, que hacían fácil y humanitariamente explicable cualquier desconsideración”. El Vaticano clausuró los Seminarios y hasta la llegada de Cruz Laplana, diez años después, no se devolvió al Obispado la jurisdicción de los Seminarios, y al de San Pablo llegaron los Paúles, sustituyendo a los “josefinos”. Pero ésta es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.