Ramón y Cajal retrató a Cuenca en color hace más de un siglo

(ESPACIO EMITIDO EL MARTES 19 ENERO DE 2016 EN EL PROGRAMA “HOY POR HOY CUENCA”, DE LA CADENA SER, QUE DIRIGE Y PRESENTA PACO AUÑÓN. (En facebook, Cadena Ser Cuenca, 19-01-2016)

En este 2016 se van a cumplir 110 años de la concesión del Premio Nobel de Medicina al eminente doctor Santiago Ramón y Cajal, el primer español en conseguirlo, al que siguió Severo Ochoa en 1959. De momento sólo dos médicos españoles en el amplio historial del Nóbel de Medicina. Hoy, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila recupera la figura de Ramón y Cajal, no cómo médico o científico, sino como visitante o turista de relevancia, que llegó a Cuenca en tren, en 1912, acompañado de varios amigos y colegas médicos y del naturalista Odón de Buen, y recorrió parte de la Serranía a caballo, convertido en fotógrafo del paisaje conquense, consiguiendo fotografías en blancio y negro y en color, por un procedimiento ideado por él, lo que era una novedad entonces, además de que era un explorador de los lugares que recorría.

La ciudad de Cuenca, además, supo reconocer en vida la labor médica y científica de Santiago Ramón y Cajal, dedicándole una calle, en un acto multitudinario, en el que tuvo un gran protagonismo el doctor Galíndez, un medico conquense de gran prestigio en Madrid y muy reconocido en Cuenca por su labor altruista. Hoy, por tanto, hablamos de la estancia de Ramón y Cajal en Cuenca, seis años después de haber conseguido el Premio Nóbel de Medicina.

-En esos primeros años del siglo XX la ciudad de las Casas Colgadas, como ya se comenzaba a decir, empezaba a apostar por el turismo, gracias al trabajo de personas que querían sacar a la ciudad de su atonía y olvidar el negativo apelativo del ¿existe Cuenca?. Ya en septiembre de 1911 el famoso escritor Pedro de Répide hizo un alegato y defensa de Cuenca en unos Juegos Florales y reflejó en la prensa madrileña sus sensaciones, describiendo el lirismo de su paisaje. Meses después, Santiago Ramón  y Cajal visitó Cuenca y la Ciudad Encantada, del 13 al 16 de mayo de 1912, acompañado del catedrático Odón  de Buen y del Cos, paisano aragonés de Cajal, y de los también eminentes doctores, Joaquín Decref,  Brañas y Bibiano Escribano. En aquellos primeros años del siglo XX la Ciudad Encantada estaba siendo divulgada por Odón de Buen, pues fue el verdadero impulsor del encantado paisaje conquense en la prensa madrileña y en la Universidad, e incluso organizó excursiones científicas desde Madrid.

-¿En qué consistían esas excursiones científicas a Cuenca desde la Universidad?

-Odón de Buen organizó estas excursiones científicas a Cuenca con la colaboración de la Junta Local de Turismo y la Diputación, y con la gestión que desde nuestra ciudad llevaban a cabo los profesores del Instituto, y de manera especial el cronista Juan Giménez de Aguilar. Hay que imaginarse aquellas excursiones de estudiantes universitarios de Madrid, entre cuarenta y sesenta alumnos por tanda, que llegaban a Cuenca en el tren correo en viajes de cinco y seis horas y que se desplazaban a la Ciudad Encantada en expediciones de caballería, carruajes o carretas, bien por la ruta de Villalba de la Sierra a través del Cambrón o desde Valdecabras. Coincidía una de esas visitas universitarias con el viaje a Cuenca de Ramón y Cajal y sus acompañantes.

-Suponemos que la visita del flamante Premio Nobel de Medicina no pasaría desapercibida para la prensa conquense y para la propia ciudad.

-En verdad que la ciudad de Cuenca contaba con variada prensa según el color político, aunque toda ella daba noticia del acontecimiento aportando detalles. En “El Liberal” se publicaba un suelto de última hora en el que se daba cuenta de la llegada del sabio Ramón y Cajal a Cuenca, e incluso el director del periódico y un redactor habían cogido billete de ida y vuelta para acompañar a los ilustres viajeros en el tren hasta Cuenca desde Tarancón. En la estación esperaban diversas autoridades, médicos, director y claustro del Instituto y cómo no, los coleccionistas de acontecimientos que nunca faltan en una ciudad. Se decía en la prensa: “Celebramos infinito que personajes de tanta valía científica vengan a conocer el tesoro de belleza que encierra nuestra sinrazón calumniada tierra, y desearemos que la estancia entre nosotros les sea gratísima”. En otra publicación se dice que “el proyectado viaje a la Ciudad Encantada tuvo efecto el jueves, y según nuestras noticias no fue infructuoso, pues se obtuvieron magníficas fotografías (algunas de ellas en colores, por el procedimiento ideado por Cajal, que era el fotografía estereoscópica) y los expedicionarios quedaron admirados del lugar soberbiamente hermoso”.

Ramón y Cajal sentado junto al Tormo Alto. Foto de Zomeño de la Guia de Cuenca 1923.
Ramón y Cajal sentado junto al Tormo Alto. Foto de Zomeño de la Guia de Cuenca 1923.

-Como una imagen vale más que mil palabras, aquellas fotografías de tan importante personaje tuvieron luego su repercusión, incluso muchos años después en Cuenca, verdad?

–De las fotografías tomadas por Ramón y Cajal en Cuenca se conservan catalogadas en el Instituto Cajal dieciocho cristales estereoscópicos negativos al gelatinobromuro, tomadas con una cámara Verascope, así como una prueba en color de una vista de la Hoz del Huécar, según recoge el documentado libro “Fotografía Estereoscópica en Cuenca (1858-1936), de Laura Valeriano, Carlos González, Manuel Pinedo y Francisco de la Torre, que se editó en 2009. En este magnífico volumen se publican algunas de las fotografías estereoscópicas de Cuenca, sobre todo de la Hoz del Huécar y el Castillo, y la Ciudad Encantada, realizadas por Santiago Ramón y Cajal. Todo un documento que se recoge en este libro, junto a otras inéditas fotografías y postales realizadas en los comienzos del Siglo XX por José María Zomeño y Ricardo Zomeño, que retrataron a Cajal en la Ciudad Encantada; nuestro científico Angel del Campo Cerdán, Plácido Francés, Rafael Ramírez y otros fotógrafos nacionales e internacionales, que aportaron una labor impagable a Cuenca en aquellos primeros años del Siglo XX, como lo hicieron posteriormente Catalá Roca y Nicolas Muller en la década de los cincuenta, también denominada en blanco y negro.

Se levantaba el muro de Alfonso VIII y Andrés de Cabrera. (Descubriendo Cuenca/facebook)
Se levantaba el muro de Alfonso VIII y Andrés de Cabrera. (Descubriendo Cuenca / facebook)

Volvamos a la visita de Ramón y Cajal. ¿Qué ciudad se encontró y cómo fue recibido, sobre todo por sus colegas los médicos?.

-El Premio Nobel de Medicina llegó en la noche del martes 13 de mayo y durante los tres días que estuvo en Cuenca se hospedó en el hotel Iberia, que estaba en Carretería, junto a sus compañeros de viaje. Hasta la Ciudad Encantada viajó en un coche de caballos por el camino de Valdecabras, siguiendo parte del camino a caballo. Esa visita, en la que hizo las famosas fotografías junto al Tormo Alto, duró casi todo el día, y en la siguiente jornada los visitantes recorrieron las Hoces, Plaza Mayor y Catedral, acompañados por Odón de Buen y Giménez de Aguilar, además de directivos del Colegio de Médicos, que le ofrecieron un almuerzo. Por la noche, los doctores convertidos en turistas acudieron al teatro “Ideal Artístico” que se encontraba en la Glorieta de San Francisco, excepto Ramón y Cajal que se retiró a descansar. Aquella Cuenca de 1912 estaba inmersa en la construcción del muro de la calle Alfonso VIII, la antigua Correduría, pues se estaba ensanchando la calle tras el derribo de numerosas viviendas apiñadas; la catedral aparecía tapada por los andamios, aunque las obras estaban paradas, y se accedía al interior del templo por una escalinata y puerta en la calle Obispo Valero, que daba a la Capilla de los Apóstoles. En “El Día” Giménez de Aguilar relacionaba la visita de Cajal como el príncipe que despertaba a la bella durmiente.

-Sería muy interesante conocer ese relato o parte del mismo, por parte de aquel gran cronista local como lo fue Don Juan Giménez de Aguilar.

-El escritor y cronista dedicó uno de sus más bellos artículos,  subtitulado “La hermosa del bosque durmiente”, bajo el titulo “Cajal en Cuenca”, en el que irradiaba todo su esplendor literario: “La Ciudad Encantada, respondiendo al conjuro de la Ciencia, parece despertar como Titania de un mágico ensueño; los magníficos palacios creados por un poder natural, que eclipsa con sus maravillas las concepciones de su más exaltada fantasía, se han visto de repente poblados por principescos moradores y abigarradas cohortes, y la rumorosa juventud ha turbado el silencio augusto del viejo panteón que guarda en monumentales yacijas los restos de remotos ascendientes del Rey de la Creación.

El Mundo, 1912. (Centro Estudios Castilla-La Mancha)
El Mundo, 1912. (Centro Estudios Castilla-La Mancha)

Un nombre de celebridad mundial se pronunciará siempre con cariño y gratitud en esta ciudad, doncella encantada de los cuentos germanos que duerme años y siglos conservando perennes su juventud y belleza, como esos gérmenes arrastrados por las radiaciones del sol a los espacios interestelares, y cuyo vigor perdura a través de los largos periodos geológicos, y luego despierta al beso de un Principe predestinado para desencantarla”. Continúa don Juan: “Más bellas me parecen nuestras famosas Hoces, más espléndido el panorama de Cuenca visto desde la cumbre de El Socorro”, resumiendo así su lírico escrito: “Es que el gran Cajal ha venido a Cuenca acompañado de otros personajes famosos en el mundo de la Ciencia y todas esas cosas que enumeré han sentido la vivificante radiación de la inquietante mirada del Maestro”.

En resumen, José, una grata visita a Cuenca de un sabio investigador, que luego vería compensado su trabajo como fotógrafo al ver el paisaje captado en aquellas máquinas que hoy son de museo.

-La visita fue todo un acontecimiento para aquella Cuenca de la primera década del siglo XX, que empezaba a ser visitada no sólo por pintores y escritores, sino también por científicos como Odón  de Buen y de manera especial por una figura universal como Ramón y Cajal, que dejó huella de su visita con más de una veintena de fotografías realizadas por él mismo, como hemos comentado, amén de las que publicó Zomeño de él en la Ciudad Encantada, en la Guía de Cuenca de 1923, año en el que por cierto se dio el nombre de la Calle Ramón y Cajal a la actual, por iniciativa del Colegio de Médicos, que en la visita de Cajal cumplió como era de esperar, dada la reputación mundial del viajero que nos honró con su visita, y aplaudimos su determinación”, señalaba la prensa conquense.

Así se encontró Cajal la PLaza Mayor y la Catedral.
Así se encontró Cajal la PLaza Mayor y la Catedral.

De todos modos, no dejaba de ser duro visitar la Serranía o la Ciudad Encantada, a pie o a caballo, sin que hubiese un camino desde la carretera para acceder a tan pintoresco lugar.

-Desde Cuenca se llegaba por la carretera de Villalba, con carruajes, hasta un punto que se desviaba por el Cambrón, pero a caballo. Por ello, tras la visita de Cajal, se leía en la prensa conquense: “Por autorizado conducto ha llegado a nuestros oídos que próximamente hará un viaje a la Ciudad Encantada el Infante Don Alfonso, hijo de Su Alteza Real la Infanta doña Eulalia, acompañado de otro personaje de regia estirpe. Muchos aristócratas madrileños se hallan decididos a conocer por vista de ojos, la Sierra de Cuenca y Ciudad Encantada. Sólo les retrae la dificultad de acceso a esas maravillas naturales motivada por las carencias de vías de comunicación. Es muy de desear que el Excelentísimo marqués de Santillana, primer entusiasta de su hermosa posesión, mande construir o influya en los centros oficiales para que se construya un camino vecinal que enlace con la carretera de Cuenca a Tragacete. Hecho éste podría tardarse solo cuatro o cinco horas desde Madrid a la Ciudad Encantada. Sería un paseo en automóvil y todos le quedaríamos muy agradecidos”. En fin que asaron bastantes años hasta lograr ese camino o carretera de accedo a la Ciudad Encantada.

-Has comentado que en el año 1923 Cuenca le dedicó en vida una calle a Ramón y Cajal, pues el Premio Nobel falleció en 1934.

– No era muy habitual dar el nombre de una calle en vida a un personaje, pues se solía hacer tras su fallecimiento. Con Ramón y Cajal se hizo una excepción. Así, once años después de la visita de Don Santiago a Cuenca, la ciudad le dedicó una calle, por iniciativa del Colegio de Médicos, y con el apoyo del doctor Jesús Galíndez, hijo adoptivo de la Ciudad. Como bien sabes, el nombre del prestigioso y caritativo doctor Galíndez también orlaría una de las calles, muy conocida por cierto por su ambiente nocturno como la Calle. En la sesión municipal celebrada el 15 de julio de 1923 se acordó homenajear al Premio Nobel Ramón y Cajal, descubriendo una placa con su nombre en la antigua calle de San Francisco, que enlazaba la calle 15 de Julio con la de Fermín Caballero. Desde el 7 de septiembre de 1923 pasó a denominarse calle de Ramón y Cajal, pasando la travesía de San Francisco a calle del mismo nombre. El acto de homenaje a Cajal se incluyó en la programación de la feria y fiestas de San Julián de 1923, que contó con la elección de la primera Reina de las Fiestas y con la bendición de la Bandera de la Banda de Música.

Calle Ramón y Cajal en la década de los 60.
Calle Ramón y Cajal en la década de los 60.

-¿Cómo se desarrolló ese acto de dar el nombre de una calle a Ramón y Cajal en plenas fiestas?

-El citado 7 de septiembre comenzó el homenaje al Premio Nobel de Medicina de 1906, con la presencia de las autoridades y del presidente del Colegio Provincial de Médicos, Eduardo Castillo. El propio doctor Galíndez escribió un artículo en la publicación “España Médica”, del 11 de septiembre de 1923, del que se hizo eco “La Voz de Cuenca” y que comienza así: “Cuenca, la ciudad del cáliz y la estrella; la “muy noble, muy leal, impertérrita, fidelísima y heroica”; la que encierra tesoros artísticos de incalculable valor; la que posee bellezas naturales indescriptibles, acaba de rendir un homenaje de respeto, cariño y admiración al sabio maestro D. Santiago Ramón y Cajal, dedicándole una de las principales calles. Apuntaba el doctor Galíndez que “a las diez de la mañana, estaba todo Cuenca reunido frente a la bandera española que cubría la placa de mármol, que momentos después habría de dar nombre a una hermosa y amplia vía que une la calle de la Estación con la histórica plaza del Quince de Julio”. Nadie quiso faltar al homenaje dedicado a Ramón y Cajal, como era el de la nominación de una calle de Cuenca con su nombre. Hubo muchas palabras reconociendo al maestro de maestro, pero quisiera destacar lo que dijo el doctor Galíndez.

Pues sería muy interesante, si tenemos en cuenta que el doctor Galíndez, como bien has dicho, era Hijo Adoptivo de Cuenca.

-El doctor Galíndez, en su croniquilla para “España Médica” destacaba que el concejal Benitez Lumbreras “terminó su brillante discurso al mismo tiempo que tirando del cordón descubría la placa y daba vivas a España, a Cajal y a Cuenca. La Banda de Música interpretó la Marcha Real, haciendo vibrar de emoción nuestros corazones”, señalaba Jesús Galíndez, que terminaba así: “Don Santiago, mi venerable y querido maestro, podéis estar satisfecho de Cuenca y de los conquenses; éstos, que siempre dieron pruebas de poseer un corazón de oro y que derrochan la hospitalidad, la hidalguía, la generosidad y la nobleza en tal forma, que todos los que no hemos nacido en esa bellísima ciudad acariciada en fuerte y cariñoso abrazo por el caudaloso Júcar y el jugoso y silencioso Huécar, y los hemos tratado algún tiempo, nos hallamos prisioneros de ellos, no podían faltar a contribuir con su sencillo y tierno homenaje a endulzar los últimos años de su vida (y Dios quiera que sean muchos), de esa vida tan fructífera y de la cual es un ferviente admirador su antiguo discípulo, Dr. Jesús Galíndez”. Noventa y tres años contemplan esta calle de Ramón y Cajal que casi nada se parece a la de aquella mañana del 7 de septiembre de 1923, cuando se descorrió la cortinilla que daba nombre a una figura mundial de la investigación médica. Al menos Don Santiago supo en vida que Cuenca, la ciudad que le cautivó y que encantó con su paisaje, que retrató en blanco y negro, e incluso en color, le homenajeaba para siempre.

 

 

 

 

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