Cuenca, cierta y soñada, capricho de la Naturaleza. (La Primavera)

 

ESPACIO EMITIDO EL MARTES 5 DE ABRIL DE 2016 EN EL PROGRAMA “HOY POR HOY CUENCA”, DE LA CADENA SER, QUE DIRIGE Y PRESENTA PACO AUÑÓN.

http://cadenaser.com/emisora/2016/04/04/ser_cuenca/1459793381_356471.html

En este 2016, del que ya hemos pasado el primer trimestre, Cuenca está celebrando el XX Aniversario de la Declaración por la UNESCO de Ciudad Patrimonio de la Humanidad, Resolución que tuvo lugar el 7 de diciembre de 1996 en la mexicana ciudad de Mérida. En aquella fecha, que ya es histórica para los conquenses, fueron declaradas, por parte española, la Ciudad Histórica Fortificada de Cuenca y la Lonja de Valencia, junto a otros 29 lugares en el mundo. En 1995, un año antes de la Declaración por la UNESCO, José Vicente Ávila hizo cuatro guiones para vídeo, referidos a las cuatro estaciones del año.

Esos vídeos de unos veinte minutos de duración cada uno se emitieron en Tele Cuenca con los títulos de  “Cuenca blanca y verdiplata”, el Invierno, programa que emitimos semanas pasadas, aquí en Páginas de mi Desván, y los tres restantes,  “Cuenca, cierta y soñada, capricho de la Naturaleza”, la Primavera, del que hablamos hoy. “Cuenca, Luz y Color (El Verano), que lo haremos en el tiempo estival y Cuenca dorada (y adorada), el Otoño, también en esa época.

 -¿Cómo se acogió en la ciudad aquella iniciativa de cantar a Cuenca a través de las cuatro estaciones del año?

En verdad que la serie tuvo una gran acogida, tanto en su estreno en Tele-Cuenca, como en su repetida redifusión, a petición de los telespectadores. Hay que tener en cuenta de que hablamos de hace veintiún años, con unos medios distintos a los que tenemos ahora. Con más entusiasmo que medios intentaba ofrecer las mejores imágenes de la ciudad y los textos de conocidos escritores y poetas. Al tratar de las cuatro estaciones del año hubo que hacerlo en los diferentes meses, pues por ejemplo para el capítulo del invierno no teníamos imágenes de nieve al no contar con archivo. Recuerdo que el capítulo del Otoño, “Cuenca dorada y adorada”, fue editado en cintas con el patrocinio de la Diputación y se agotó, teniendo muchas peticiones de la Casa de Cuenca en Barcelona. Cuando se cumplieron los diez años de la Declaración publiqué los textos en  “El Día de Cuenca” y ahora que estamos con los Veinte Años lo hacemos aquí en “Páginas de mi Desván”, con algún añadido literario para que no pierda su frescura. Hoy vamos con el capítulo “Cuenca, cierta y soñada, capricho de la Naturaleza”, y como ya hicimos con el del Invierno, compartimos el recorrido literario de la florida estación.

DSC08836 “Cuenca despierta a la Primavera de su sueño en la platinoche invernal. El gallo canta entre las Hoces en un amanecer interminable. Liban las abejas de flor en flor en los jardines de la ciudad, y su sonido en vuelo nos recuerdan la guitarra de Segundo Pastor. Los ababoles de hojas vellosas y encarnadas pugnan entre los lirios en esta Primavera de Cuenca, de rocíos matinales, que llega como una eclosión de contrastes y sentimientos.

 Volver a Cuenca, o visitarla por vez primera, debe ser todo un descubrimiento. La ciudad no deja de sorprender, ya sea verano, otoño, invierno o estrenada primavera de almendros en flor en los caminos y sendas de las Hoces, que si no son el Valle de Jerte, forman un roquedal de figuras pétreas inermes con sus árboles de tiernas hojas blanquecinas y rosadas que le dan un encanto especial. Amaneceres claros y crepúsculos rosáceos en los últimos tornasoles, pues el cambio horario primaveral nos lleva siempre a largos atardeceres de puestas de sol dorado y gris perla.

Atardecer conquense en primavera. Foto: Josevi
Atardecer conquense en primavera. Foto: Josevi

 “Chopos y álamos de Cuenca, que llevan al campo una inquietud humana y parecen anunciar las proximidades de la ciudad, como retenidos por la sugestión del agua clara en complicidad con la tibia mañana o con el largo atardecer”, cantaba Federico Muelas. “Los árboles de Cuenca son de otro modo: los chopos más altos, las nogueras más patriarcales, los álamos más gentiles, los pinos más señeros…”

 Los almendros en flor entonan su bienvenida a la Primavera conquense, entre trinos que salen de las hiedras en el Amanecer de Cuenca, con el rosicler del alba. Los tambores y clarines relucientes, luego velados y desafinados, anuncian la Primavera doliente de la Cuenca morada y verdeluto.

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Semana Santa abrileña en Cuenca. Foto: Josevi

La ciudad de cuestudas y estrechas calles sirve de pórtico para la Pasión de Cuenca, que todas las primaveras arrima el hombro para llevar en andas el peso de la cruz y el arte de sus mejores imagineros: Marco Pérez, Martínez Bueno, Coullaut-Valera, además de Capuz y Marín. Procesiones de atardeceres morados, verdes, amarillos y granates; noches de silencio de capuces blancos y olivos que se acompasan con la marcha procesional, entre el brillo de la luna de Nisán, más que llena de blanco destellante, y cruces blancas en el Cerro de la Majestad, sólo roto con los misereres que rasgan el alma y llevan ecos de campanadas del reloj de Mangana…

Tarde de paz y caridad, de granates, amarillos, morados, caña, escarlata, beig y negro entre el murmurio del Júcar, que recibe al Huécar en el Remedio, y Cuenca en medio, y los repiques de las campanas del santuario de la Virgen de la Luz, la Patrona que se queda sola en su camarín, cuando la Soledad cruza el Puente de San Antón. Madrugadas de turbas con  tambores y clarines, estruendor y silencio, con la Cruz a cuestas desde la misma puerta de El Salvador para cruzar puentes y pretiles en el amanecer santo de Luis Calvo, de dolor y soledad para la Madre hasta Cuencalvario, con San Juan señalando el camino entre las notas de Cabañas.

Mediodía de amarillo fulgor de la hora nona, con los Cristos en el Calvario midiendo la estrechura de la calle del Peso por la que el paso sí pasa, serpenteando en el descenso junto al árbol morado de Judá en la curva de Palafox.

El árbol del amor, el árbol de la Pasión de Cuenca. Foto: Josevi
El árbol del amor, el árbol de la Pasión de Cuenca. Foto: Josevi

  Y noche callada y sobrecogedora con los cirios del Yacente que no apaga el viento el llanto del último miserere. Domingo de gloria y blancura para que repiquen campanas y campaniles en la resurrección primaveral de Cuenca, que cada año revive su Pasión con la primera Luna llena de silencios y tambores, de velas encendidas en la fantasmagórica noche.

Luna de Cuenca primaveral y de todo el año. José Luis Coll cantaba a la Luna conquense casi con ojos de niño:  Eres tú, Luna de Cuenca, quien me agradas, con tu blanco silencio y tu luz blanca de espectro sonriente, y te posas en nuestras plazuelas de piedra y hierro; o cuando asomas tu brazo de doncella por un alto callejón; o cuando juegas al corro con los niños que juegan al corro; o cuando montas sobre el Júcar y el Huécar, saltarina y rutilante, iluminando el fondo del cauce y a los peces que te llevan sobre el lomo; o cuando bailas sobre los tejados oscuros, la ciudad de los gatos, desde el Castillo  –¡Cuenca hidalga!– hasta los barrios del tren –¡Cuenca llana!–, y yo te miro desde mi Cerro de San Cristóbal, sentado en una piedra de sueño, a una hora en que mi alma desea otras cosas y tu luz, Luna de Cuenca”.

  Basiliso Martínez Pérez, en sus “Postales Conquenses” de 1928, escribe sobre el Júcar: “Horadando las montañas y lamiendo y socavando las risqueras, formaste los conjuntos naturales más bellos, los paisajes más sublimes, los rincones más caprichosos, para deleitar horas y horas las almas de los turistas; de estos hombres gustadores de fuertes emociones estéticas”. Emociones que estos días subliman a quienes descubren el río verde por la senda de chopos ahilados y olmos que apuntan brotes verdes de la primavera anticipada.

Jucar y Huécar en el Remedio. Y Cuenca en medio. Foto Josevi
Jucar y Huécar en el Remedio. Y Cuenca en medio. Foto Josevi

 Verdea la ciudad rocosa. Los almendros se tornan rosados como los árboles que pintan el camino de las Angustias por los Descalzos, entre hiedras que se descuelgan de San Miguel a San Martín, entre dos hoces, como entre dos ríos, Júcar y Huécar, en la sinfonía de luz y color de la Primavera de Cuenca: “En las laderas del Júcar, caída indolentemente en la falda de la vieja Cuenca, surge la ermita de las Angustias, centro de peregrinación conquense, de manera especial en los días santos de la Primavera”, escribe Eduardo Zomeño, que añade:

“Un convento que modeló el paisaje a los olmos del camino y a los olmos negros del mínimo atrio, a la senda rústica que iba desde la casa del doctor Vallejo hasta la Moratilla, cincelándose una regularidad con la geometría tallada en cruces de piedra clara de las canteras de Arcos de la Cantera”.

Las Angustias. Foto Josevi
Las Angustias. Foto Josevi

La ermita se asoma sobre el bancal empinado frente a la plazuela de paz y quietud, sólo roto el silencio por el campanil y los trinos de los vencejos, en compañía compartida con las ardillas que juguetean entre los árboles. Brota el agua del cercano manantial como brota la fe de los conquenses que cruzan la roca horadada para visitar a su Virgen coronada, sentada a los pies de la Serranía conquense.

“Mientras, abajo, en el fondo, en las riberas del Júcar, los chopos serían los pinceles sin pie que, unas veces se mojarían de verde en las raíces del río, y otras de ardiente fuego otoñal en las corolas arbóreas, ahuecando el aire azul de amarillento plumaje y vegetal abarquillado; purificando al parecer, con unos penachos encendidos en los pebeteros de sus hojas, un cielo corto, encajado entre las altas montañas de roca viva, sólo animadas por el fulgor violáceo de su monacal retiro, como si este paisaje se hubiera quedado prendido aún más atrás, como inmovilizado en los cárdenos días de la reconquista conquense”, apuntaba Zomeño.

Los chopos de Cuenca elevan su mirada a la Serranía de pinares encendidos de la luz primaveral. Cuenca cantada en todas las épocas del año. Y sería José Ortega Munila, padre de Ortega y Gasset, quien hiciera una de las primeras descripciones de la ciudad en el siglo XIX:

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Mangana asoma por el Seminario en el atardecer… Foto Josevi

“Las casas se agarran unas a otras, por no despeñarse en aquel plano inclinado, y las hay con tantos pies de altura como siglos de antigüedad. Tiene la ciudad también su lado bello y poético, y es éste, aquel en que dos ríos celebran su himeneo y siguen ya unidos, y ya ensanchando su caudal, como acontece a los esposos humanos.

Embellécese de improviso el lecho de los ríos y para celebrar sus bodas, sin duda alguna, surgen de ambas orillas ejércitos de juncos, que inclinan al aire su cabeza, flexibles cortesanos, golpeándose unos contra otros; algunas matas de lirios azules, éstas más escasas, para probar aquel dicho, de que lo bueno abunda poco, sin que falten en segundo término blancos álamos, gigantes del reino vegetal, que hunden sus pies de mil raíces en las blanduras de la tierra húmeda, y agitan sus pomposas cabezas en el cielo”.

En su Cuenca Apasionada, Manuel Real Alarcón, escritor y ceramista, sublima su amor a la ciudad que tanto quiso: “En el fondo de la hoz, un chopo alto, muy alto, oscilante en su grandísima esbeltez, se agita inquieto en el pestañeo de sus hojas, ora verdes, para plata, significando al espectador: ¡Esto es Cuenca! ¡Aquí está Cuenca! Hombres del mundo entero, ¿es que no venís a despertar a esta bella durmiente del bosque de piedras?

Foto: Josevi
Foto: Josevi

Manuel Almendros, el periodista presentador de Villar de Cañas, se sintió gozoso de su tierra cuando la ocasión lo requirió ante millones de televidentes: “Cuenca. Una tierra, una ciudad y unas gentes, que han hecho afluir su belleza, su sensibilidad y su generosidad a lo largo de los siglos. Si siempre se ha cantado a Cuenca como una voluntad suspendida, como una ciudad alzada de puntillas sobre el cielo y que al reflejarse en el Júcar queda montada en el aire, alargando sus encantos y sus perfiles hasta el límpido cielo de la Serranía, habrá que decir hoy y ahora, en una época donde las cifras y las planificaciones macroeconómicas han desplazado al arte y la poesía, que Cuenca es un baluarte, una cristalización de la esencia más pura del hombre en su contexto general”.

Y añadía el periodista conquense Almendros en un sorteo de la Lotería Nacional desde Cuenca y en primavera: “Dos ciudades, Granada y Cuenca, tienen para mí el embrujo y el sabor de lo fabuloso, de lo telúrico, y en las dos se han dado y se dan cita los espíritus más selectos: pintores, escritores, filósofos, han recreado y siguen recreando en sus trabajos las callejas empinadas, estrechas, torcidas, con hálito de río cercano o rumor lejano de agua profunda, con espíritu de alquimia, de una naturaleza encantada o con trazos melancólicos de una ciudad colgada cerca de la Gloria”.

Hoz del Jucar 17 El alma de Castilla es el silencio. Lo dejó grabado en bronce Luis Marco Pérez en sus rostros conquenses curtidos por el trabajo cotidiano a pleno sol y a pleno frío. El pastor de las Huesas vigila la Hoz del Júcar desde su pedestal en roca, que en otro tiempo fue también el vigilante de la misma Carretería. Raúl del Pozo, en la “cólera de Cuenca” de tantas sinrazones, nos recuerda el esforzado trabajo de estos hombres serranos que orlan en bronce nuestros parques: “Los conquenses abrieron carriles, caminos, vías de agua, puentes, por ese infierno de riscas, por esa jungla de enebros y sabinas. Los gancheros bajan por el Júcar los pinos. Nuestros abuelos correteaban. Avanzaban por la vereda los ganados hacia Extremadura o la Andalucía, desafiando el nevazo y la escarcha”.

Pastores, gancheros, hacheros, resineros, leñadores, labradores, trashumantes… En la tersura de las frescas aguas del Júcar los gancheros navegaban sin más timón que unas piernas ágiles y una pértiga. Y en los montes, el hachero, como este hombres de la Sierra que brilla con reciedumbre en el Parque de San Julián, y hoy en el Museo de la Semana Santa para honor de Marco Pérez, su creador. Las operaciones forestales, entonces muy costosas y de larga duración, exigían gentes familiarizadas con los pinares y los ríos. Gentes de brega y recia personalidad.

Guillermo Cabrera Infante, Premio Cervantes como otros escritores prendados de Cuenca, se asomó una primavera a la Hoz del Huécar desde San Pablo para escuchar el canto del ruiseñor. ¡Qué tremenda sensación e ilusión sintió! En la casa-palacio de los Toreno, que fue de César González Ruano, y posteriormente de Gerardo Rueda, Pedro Jota Ramírez, agarrado al teléfono móvil que sonaba desde América, se mostraba feliz en el desayuno que pude compartir con el pintor que nos dejó el fulgor de sus vidrieras de vivos colores en el coro de la Catedral y Agatha Ruiz de la Prada, al contar emocionado que hacía más de veinte años que no le habían despertado los pájaros.

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Foto Josevi

Escondida y abierta a la luminosidad del cielo, la plaza de San Nicolás, separada por un silencio casi sepulcral, apenas roto por el rumor del agua de la fuente o los pasos de quien atraviesa el arco. José Luis Muñoz, en su recorrido por las calles de Cuenca, nos recuerda que esta hermosa Plazuela, donde parece que el tiempo se ha detenido, conserva sin embargo el ruido del tumulto de hace dos siglos, encabezado por el Tío Corujo. La moza del cántaro que concibió Leonardo Martínez Bueno, nos trae el agua pura y cristalina de nuestros montes. La blanca escultura serrana se mira al espejo del cromatismo de las fachadas y de manera especial al Caserón de los Cerdán de Landa, que guarda los tesoros de Zavala.

 Cuelgan las enredaderas por entre los patios y balcones de las estrechas calles en esta Primavera de verdes matizados y rosas rojas que adornan la balconada que atraviesa, de tejado a tejado, como un cuadro de Lorenzo Goñi. “Cuenca, escribía Federico Muelas, es una apretada piña de edificios resquebrajados apenas por las fisuras de sus callejas. La ciudad vieja, delimitada por el encintado de las murallas –pétreo cinturón natural reforzado por el hombre— se levanta poderosa, impresionante, como obedeciendo a su modelo vegetal, llevado a la realidad gigante con todo rigor. Sus edificios conquistan libertad a medida que ganan en la vertical; cada piso avanza, se adueña un poco más de espacio, y los aleros se acercan, se imbrican, dejando por cielo un festón irregular interrumpido cuando esta caprichosa estructuración de extrema”.

“Lo sorprendente de Cuenca, escribía Sánchez Alisenda en el “Viaje de dos sacerdotes por Europa”, es no saber dónde acaba la geología y comienza la obra del hombre; si son las casas las que se asientan sobre la roca o es la roca la que aúpa las casas”. Y añadía: “Llega un momento en que te sientes aprisionado por los farallones. Te liberta el cielo que columbras arriba, los huertos y jardines que se despeñan desde lo alto y las yedras frondosísimas que se pegan a las rocas, erosionadas en formas vivas, casi con color humano”.

780hmd2  Y en este dédalo de calles, que van a parar a la Plaza Mayor, como los ríos a la mar, Pilares y San Miguel se abrazan entre arcos ojivales y pasadizos, para dar paso también a las Angustias en su caudal de escalinatas y viacrucis. San Miguel se mira a Mangana en el perfil de la ciudad alta, desde le plataforma que se asoma a la Hoz del Júcar, en uno de los lugares más hermosos y pintorescos. Desde sus bóvedas restauradas por el arquitecto Chueca Goitia, han salido a la rosa de los vientos, los conciertos de la Música Religiosa y los Pregones de la Semana Santa. San Miguel constituye el acento de la vieja Cuenca, en uno de los más entrañables barrios, que ha abierto sus brazos a la música y a la juventud, gracias a conquenses de pro como Florencio Cañas y Gregorio de la Llana, ambos con miradores a las Hoces.

Lo dejó escrito Miguel de Unamuno en su “Cuenca Ibérica”: Cuelgan las viviendas de Cuenca sobre las hondonadas de los ríos, y es como si la ciudad fuese borbotón de los entresijos de la tierra ibérica; casas desentrañadas y entrañables que se asoman a la sima. Y todo, el caserío y el terreno, paisaje natural”. Cuenca, cierta y soñada, en piedra y río, que dejó escrito Federico Muelas en su Soneto de hilván dorado.

Foto Josevi
Foto Josevi

Palabras, vocablos, paisaje, arte, encantamiento y sorpresa. En 1978 tuve la suerte de conocer y entrevistar al pintor universal de Barrax, Benjamín Palencia, quien me decía apasionado: “Cuenca es una ciudad fantástica porque parece un fondo de los que ha pintado Leonardo Da Vinci en el fondo de sus grandes retratos. Cuenca es fantástica en el sentido de la arquitectura, pues parece que la Naturaleza ha hecho a Cuenca”. Otro testimonio directo, de tantos que hemos podido recoger en nuestro caminar periodístico, es el de Francisco Umbral, que admiraba a César González Ruano y conoció la ciudad junto a Raúl del Pozo: “Cuenca es una ciudad provinciana que es más del cielo que de la tierra”.

En la prestigiosa revista “Spain Gourmetour”, que se distribuye en Estados Unidos, Inglaterra e Irlanda se podía leer en un cuidado reportaje fotográfico de alto nivel: “Inevitablemente, la primera impresión de alguien al llegar a Cuenca es la incredulidad: ¿es esto real o es una ilusión?  Evocando a la torre de Babel, abrazada de todos lados por los ríos Júcar y Húecar y colocada arriba en lo alto contra las rugosas hoces, la ciudad mira alegórica. De verdad Cuenca es ante todo la ciudad de las Casas Colgadas. Esta maravilla aparentemente inexplicable de la popular arquitectura, auténticos rascacielos de hasta 12 pisos, totalmente armoniza con su ajuste natural más peculiar y no deja de fascinarnos. Esto claramente constituye el primer precepto en la designación de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1996”.

 Cuenca, capricho de la Naturaleza. Cierta y soñada en el soneto de Federico Muelas, alzada en limpia sinrazón altiva. Cita obligada para visitantes, turistas o curiosos. Cerca del mar, y de Madrid… al cielo, pero también lejos del mundanal ruido que definió nuestro universal Fray Luis de León. Florencio Martínez Ruiz lo evocaba en el Soneto Fraylusiano a Cuenca que cerraba el vídeo conquense de la Primavera:

Ajena al cartabón, sin arquitrabes,

sobre randas de luz y tul de nubes,

haciendo eses, deletreando uves,

Cuenca se desenrosca de sus llaves.

Amazona de oro, en su aeronave,

de ingrávida carlinga, sube y sube

en busca del Grial de los querubes,

alma de piedra y corazón de ave.

Testigos de su vuelo sin alcance,

Huécar la ciñe, Júcar la refleja,

por tan bella Diana seducidos…

Y le dicen adiós, en ese trance,

juncos y torres, álamos y rejas,

ciudad ya lejos del mundanal ruido.

 

 

 

 

 

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