Cuenca en los aguafuertes de Castro Gil y las acuarelas del inglés Muirhead Bone

ESPACIO EMITIDO EL MARTES 31 DE ENERO DE 2017 EN EL PROGRAMA “HOY POR HOY CUENCA”, DE LA CADENA SER, PRESENTADO POR LUISJA GARCÍA

http://cadenaser.com/emisora/2017/01/31/ser_cuenca/1485859548_849192.html

 “Cuenca en París”. Con este titular, Rodolfo Lopis, que por entonces era profesor de la Escuela de Magisterio de Cuenca y concejal socialista del Ayuntamiento de la ciudad, escribía una crónica literaria de la Exposición que presentaba en la ciudad parisina, en la última quincena de enero y primera de febrero de 1926, el grabador y aguafuertista gallego Manuel Castro Gil, que presentaba obras de Castilla, Galicia, París, Reims, Versalles, Bruselas, Gante y Brujas.

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Este Martes, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos va a recordar a este pintor gallego que llevó a París su visión fantasmagórica de Cuenca, a través de sus cuadros, en ese primer cuarto del Siglo XX y al acuarelista escocés Muirhead Bone, que por esos años, y acompañado de su esposa Gertrude, visitó España, y de manera concreta Cuenca, para dejar parte de su trabajo pictórico de su cuaderno viajero en el libro “Old Spain” (Viaje a España), editado en Londres en dos volúmenes, en 1936, pasando a un primer gran olvido en nuestro país por el comienzo de la guerra civil.

MANUEL CASTRO GIL, PINTOR LUCENSE

Comenzamos hablando de los aguafuertes del Castro Gil. ¿Quién era este personaje que se debió ver deslumbrado por el paisaje de Cuenca?

-Manuel  Castro Gil había nacido en Lugo en 1890 y murió en Madrid a los 73 años, el 4 de abril de 1963. Trabajó en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y además de profesor de la Escuela de Bellas Artes y catedrático de la Escuela de Artes Gráficas, poseía la Medalla de Oro al Trabajo. Según el “Almanaque Gallego”, y en referencia a su Exposición en París, señalaba que “el año pictórico se inicia para Galicia con el triunfo ruidoso de su aguafuertista Manuel Castro Gil. La crítica francesa le elogió ampliamente y sin reservas, consagrándolo como el más grande de Europa en su difícil género”. Su nombre se extiende pronto, dado que sus grabados son habituales en revistas como «Blanco y Negro» y «La Esfera». En 1922 ganó la segunda medalla de grabado en la Exposición Nacional de Bellas Artes, por una temática que definirá su quehacer durante mucho tiempo: monasterios y viejos rincones olvidados. Repitió en 1924 con la segunda medalla en nacional de Bellas Artes por una pieza magistral, «Ciudad castellana», referida precisamente a Cuenca, y a la tercera ganó el primer premio en concurso nacional de grabado, en 1925, por «Tierras de Santa Teresa».

La casa del Obispo.
La casa del Obispo.

-¿Se conoce más o menos la fecha de cuándo visitó Cuenca este grabador lucense?

-Casi con toda seguridad fue en 1922, pues en esos años era colaborador de la revista “La Esfera”, en la que publicó numerosos dibujos con su técnica del aguafuerte. Uno de ellos lo título “Cuenca, 1922”. Así, en el número 421 de la referida revista, aparece publicado el dibujo “La casa del Obispo”, para ilustrar una doble página dedicada a Cuenca, en la serie “Capitales Española”, con un texto de José Sanz y Díaz, en la que figuran tres fotografías de Campos, una del interior de la Catedral con sus airosas columnas, otra del Arca de plata de San Julián y una tercera de los portapaces de Becerril. Pero en realidad impresiona el grabado de “La casa del obispo”, por esa voluminosidad saliente de la roca, entre las Casas Colgadas y la Catedral, que ocupa dos columnas de arriba abajo. Por aquel entonces se le empezó a conocer como “el grabador de las reliquias de España”.

-¿Podemos considerar que cuando Castro Gil pinta en Cuenca durante unos días ya es un consumado dibujante y grabador?

-En esas fechas el estilo, la personalidad, el magisterio técnico absoluto del gallego están consolidados. La Junta para Ampliación de Estudios, que era lo que hoy en día es el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, le beca para viajar a París, donde realiza una exposición que alcanza gran éxito hasta el punto de dedicarle una crónica Enrique Gómez Carrillo, el comentarista más exquisito y admirado de estos años. Luego, desde Francia, Castro Gil se traslada a Bélgica, país con ciudades cuyo ambiente y clima le recuerdan a su Galicia natal, aunque sus aguafuertes más impresionantes, sus pinturas negras, las hizo en las dos Castillas, tierras de austeridad y silencio. El espíritu de ambas regiones estaba muy presente en su obra y curiosamente en esos años nuestro Marco Pérez ya reflejó en una de sus obras que “el alma de Castilla es el silencio”.

-Has comentado que Castro Gil alcanzó su primer gran éxito en París, tras su estancia en Cuenca, donde llevaría parte de la obra que aquí hizo.

Y en verdad que fue todo un acontecimiento y Cuenca tuvo la suerte de que en la capital parisina estuviese en esas fechas Rodolfo Llopis, que haría las veces de corresponsal espontáneo para la prensa conquense. El profesor de la Escuela de Magisterio, que pocos años después sería director general de Primera Enseñanza durante la República, e impulsor de la Escuela de Magisterio de Cuenca, que fue derribada hace unos años, tras la construcción del nuevo edificio en el Campus Universitario, quedó admirado por la pintura de Castro Gil, y sobre todo por esos cuadros conquenses que tenían mayor relevancia en la Exposición de una ciudad tan ligada con el Arte. “En París, sí, en París. Hace unos días encontré en el Bulevard Saint Michel, frente al Luxemburgo, a un artista español, al aguafuertista Castro-Gil, que me invitó a la inauguración de su exposición. “Si quiere usted ver cosas de Cuenca -me dijo- venga a mi exposición”, escribia Rodolfo Llopis en “El Día de Cuenca” del 9 de febrero de 1926.

Rodolfo Llopis. / La Informacion
Rodolfo Llopis. / La Informacion

-¿Qué impresión sacó Llopis de aquella exposición, y sobre todo de los cuadros referidos a Cuenca, ciudad suponemos poco conocida en la capital del arte?

-“En efecto -señalaba Rodolfo Llopis- en el elegante edificio que tiene la “Asociation Paris Amerique Latins” y en el Bulevar de la Madeleine, en el salón de fiestas, encontramos a infinidad de artistas, literatos, periodistas y lo más selecto de la colonia hispano-americana que contemplaban admirativamente las obras que exponía Castro-Gil, con aguafuertes de España, principalmente de Castilla”.  “Tratándose de evocar a Castilla no podía faltar Cuenca. Y, naturalmente, no falta. En aquella brillante exposición había cinco cosas de Cuenca: “La Hoz del Júcar”, “La casa del obispo”, magnífico trozo de la Hoz del Huécar que coge ese morro que hay junto al puente y que sirve de cimiento al palacio episcopal. Hay además otra cosa del Júcar, la Puerta de San Juan, aunque vista de tal modo, que no hay árboles, pero sí un trozo de río. Presenta unos dibujos más, igualmente interesantes de Cuenca. Llopis hizo las veces de crítico con estas afirmaciones:

 “Cuenca tiene mucho carácter. Se presta grandemente para hacer aguafuertes. Más que para pintarla, Cuenca es muy difícil de pintar. Son pocos los que aciertan a impregnar sus cuadros de esa melancolía que a todas horas tiene ese bárbaro primitivo paisaje conquense. Ese “iterismo” en cambio le va muy bien al aguafuerte. Los que presenta Castro-Gil en su exposición son buena prueba de lo que digo”.

Afirmaba Llopis: “El artista ha sabido ver algunos trozos de la ciudad, algunos momentos de su vida. Algunos, no todos, naturalmente, pues Cuenca, su paisaje, su ambiente, a pesar de sus apariencias de quietud que reviste, para mi manera de ver es de lo más dinámico que pueda darse. El paisaje de Cuenca se parece mucho a los ríos que la circundan, que siendo siempre los mismos ríos, no llevan nunca a las mismas aguas. El paisaje de Cuenca también es siempre el mismo, y, sin embargo, siempre es diferente”.

En fin, alegrémonos de ver que Cuenca se difunde por el mundo. Alegrémonos de saber que artistas como Castro-Gil lanzan en pleno París siluetas de Cuenca, y completemos nuestra satisfacción pensando que son muchos los que han adquirido reproducciones de los aguafuertes que hacen referencia a la ciudad”.

Rodolfo Llopis, que firmaba su crónica con “Paris y enero de 1926”, describía el espíritu castellano que impregnaba la exposición de un artista que conoce perfectamente todos los secretos de su arte y concluía: “Todo ello demuestra, aparte el valor artístico del dibujo, que desde luego se encuentra en todas las obras de Castro Gil, la cantidad de emoción que encierran esas viejas casas que se asoman a las hoces, esos ríos, esos cerros, esas plazoletas, esos rincones que parecen hechos para evocar o para soñar”.

del Hocino.
Los Hocinos de las ánimas. Castro Gil.

-¿Se conoce la temática conquense que dejó en sus obras este aguafortista gallego, uno de los mejores del panorama español del grabado?.

-Destaca entre esa temática conquense o castellana el cuadro titulado “Ciudad Castellana”, con el que obtuvo la segunda medalla de la Exposición Nacional en 1924. (Castro Gil lo tituló también con el nombre de “El arco de San Juan visto desde el Júcar”, publicado en La Esfera y Mundo Hispánico. “La iglesia de San Pedro vista desde el Júcar”, publicada en Mundo Hispánico; “Víacrucis”, Cuenca, de la Exposición de Lugo de 1942; “El pueblo dormido”, el citado “El jardín del obispo”, también titulado “Las casas del obispo”, publicado en La Esfera, junto a “Rocas calizas”. “Las casas del Huécar desde San Pablo”, ilustración del libro “Las hogueras de Castilla”, de Antonio Hoyos y Vinent; “Desembocadura del Huécar”, “La ermita” o “El cerro de las ánimas” (también llamado Los Hocinos de las ánimas”, todos ellos publicados en La Esfera y algunos presentados en la Exposición de la Sala Dardo en 1950.

-Entendemos que la crítica literaria conquense habrá hecho alguna aportación en la amplia hemeroteca sobre pintores o artistas que han visitado la ciudad a lo largo de los siglos, plasmando su huella en el paisaje conquense.

-En este caso escribía Florencio Martínez Ruiz en El Cultural de 1990 que Castro Gil ofreció en sus aguafuertes una visión fantasmagórica de Cuenca. Yseñalaba que “en nuestra ciudad amortizó Castro Gil sus mejores esencias, al hallar aquí el “elán” metafísico que no deja de alentar en el fondo de su visión espiritual. Y, en resumidas cuentas, las bases firmes de la línea expresiva en la que se homologan las mejores interpretaciones del paisaje, cuerpo y alma de Cuenca”. Ahondaba Florencio  en el piedracelismo por modo poético y del sobrerrealismo por modo artístico de esa dimensión sobreañadida a la belleza de Cuenca, según la cual todos los pintores y dibujantes, hechizados por su encanto, terminaron por definirla y fijarla con nombres como los de Parcerisa y Solana, Andrè Maire y Sert, Aristizábal y Somoza, y la lista que nace con Antonio de las Viñas y finaliza en Lorenzo Goñi, patentan esa fórmula donde Cuenca no sólo “posa” y “reposa” con su perfil de diosa o amazona, de náyade y bella durmiente, sino que crece desligada de las amarras de la naturaleza y del rigor de las leyes de Newton: la Cuenca del viento”. García Calderón otro reconocido crìtico de principios de siglo quedó impresionado por el cuadro “El hocino de las ánimas”.

EL ESCOCÉS MUIRHED BONE Y SU ESPOSA GERTRUDE

Estamos en Ser Cuenca…  Casi siguiendo los pasos del lucense Castro Gil llegó a Cuenca por esos años de finales de los veinte del siglo pasado, con su cuaderno de apuntes al natural, el escocés Muirhed Bone, tras su periplo como dibujante de la Guerra Mundial, acompañado de su esposa Gertrude, que haría las veces de escritora para el libro “Old Spain” (Viaje por España). De Cuenca dejó algunos importantes dibujos que, antes de publicarlos en el famoso libro, sirvieron para una exposición en Londres junto a otros apuntes de España.

-Comentaba Florencio Martínez Ruiz, bajo el heterónimo de Eduardo Alcalá, que “siempre se ha dicho que mientras un viajero inglés –y si es de los llamados “curioso impertinente”, mejor que mejor— no deja su huella en una nación o en un país, ninguno de los dos existen. Inglés o mejor dicho escocés, era Muirhead Bone, e inglesa su mujer Gertrude; notable pintor él, magnífica escritora ella, cuando en cuatro largas escapadas a España recorrieron nuestro suelo hispano durante los años 1925 a 1928 y un día recalaron en Cuenca, y aquí pudieron disfrutar del paisaje, de la paz y de la quietud e incluso de la vida social, inlcuida la Semana Santa. Varios años después dieron cuenta artística y literaria de su viaje, en un libro que ofrecía el rostro de España visto y reproducido a la acuarela, en sanguinas y pasteles, puntas secas y dibujos a lápiz, a tinta, a aguada. Se titulaba “Old Spain” Viaje a España y apareció como gran proyecto editorial.

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-Vamos a conocer primero quién era este pintor o dibujante inglés que recaló en Cuenca con su esposa….

Así, a vuela pluma, Sir Muirhead Bone, también conocido como Hueso (nacido en Glasgow el 23 marzo de 1876 y fallecido el 21 octubre de 1953 en Oxford, con 77 años) era un escocés de pura cepa, grabador, punta seca y acuarelista, y tuvo rango de ser uno de los primeros aguafortistas del Siglo XX. Fue conocido por su pintura de temas industriales y arquitectónicos y de su trabajo como artista de guerra tanto en la Primera y Segunda Guerra Mundial.  Promovió el trabajo de muchos artistas jóvenes y sirvió como administrador de la Gallery, la Galería Nacional y el Museo Imperial de la Guerra. Como hemos dicho antes, entre una y otra guerra mundial recaló en España y la de Cuenca fue una de sus mejores etapas, al decir por parte de su esposa Gertrude. Había cambiado los dibujos de soldados y tanques por los paradisíacos parajes de Cuenca.

-¿De qué manera pudo expresar este matrimonio inglés esa vida conquense a través de los apuntes de Muirhed y los textos de Gertrude?

-Eso es lo que se preguntaba Florencio y lo comentábamos en una charla de café de verano en la Plaza Mayor cuando preparaba un trabajo para El Cultural, en 1993. La pista sobre este pintor documentalista inglés se la había dado el escritor Luis Montañés Fontenla, que había hablado del desconocido libro en la revista “Antiquaria” y arrojó aún más luz sobre este importante libro en “Cuadernos de Bibliografía”. En la selección de dibujos que hizo Bone incluyó unas 45 láminas en el apartado dedicado a Castilla-Leon, en el que incluyó a Cuenca con más de media docena de dibujos. Escribía Eduardo Alcalá que, “en su paleta, Cuenca conserva un punto de grandiosidad porque se imponen su paisaje y su contorno roquero, en la impresión de sus apuntes urbanos y paisajísticos, siempre felices. Y más si la visión de estas acuarelas –como es previsible para un lector ajeno, poco habituado—se simultanea con la lectura del texto que las acompaña, escrito por Gertrude Bone, la esposa del pintor y que, en no más de mil palabras, escribe una impresión muy luminosa –no importa que dentro de un cierto convencionalismo, adherido sin duda por las rutinarias fuentes consultadas— en la que no faltan algunas imprecisiones, pero gracias a la cual el viajero arranca un poco del alma de Cuenca con la mirada y en la memoria”.

Vista de Cuenca 1930

-¿Cómo resulta esa descripción de prosa y apuntes al natural de la Cuenca que recorre este aventurero matrimonio de ingleses, que llamarían la atención de los quizá sorprendidos ciudadanos de Cuenca?

-Quizá la mayor sorpresa de entonces sería por ver a una escritora, cosa que si era rara. Por Cuenca ya habían pasado pintores como Aureliano de Beruete, Santiago Rusiñol, el propio Sorolla, el cubano Wifredo Lam, o nuestro Virgilio Vera, y tantos otros. Señalaba Florencio que “el texto nos permite observar la atención de Muirhead Bone y de su mujer, impresionados ante un recinto naturalmente amurallado por la naturaleza. Es cierto que Gertrude repasa una y otra vez algunos lugares comunes. Impepinablemente cuenta la leyenda de Martín Alhaja, al mirar por la puerta de San Juan; y no se le olvida apuntar el vuelo del Licenciado Torralba, entre algunas curiosidades y lindezas”. Por ejemplo a la escritora inglesa le sorprendió un tanto una comparecencia exótica; que el obispo y el alcalde presidan la procesión del Santo Entierro. Un “Typical spanhis” puro para esta pareja inglesa a la escocesa. Hay que señalar que el Libro “Old Spain”, con dos volúmenes, tuvo una tirada de 265 ejemplares numerados a plumilla y firmados por sus autores.

Cuenca, a los ojos de aquella mujer, cómo aparece, aparte de esos comentarios sobre leyendas y datos que se le dieron a conocer entonces para ahondar en el texto del libro.

-Afirmaba el crítico literario Florencio, en su amplio artículo de 1993, que firmaba con el heterónimo de Eduardo Alcalá, para presentar en Cuenca a este matrimonio de ingleses, y su aportación en su “Viaje por España”, aparecido en 1936: “Si hemos de juzgar por el texto de su esposa, la Cuenca de los años veinte se le apareció deslumbrada a los ojos. Figura entre las mejores sorpresas españolas. Las acuarelas de Bone y el testimono de su mujer, nos desvelan una ciudad pintiparada para el excursionista o el “boy-scout”, al margen del regeneracionismo con Krause en la cabeza. Nuestra ciudad y sus alrededores, sobria de colores, severa de tonos, sortea en todo momento la moda y el cliché, por entonces tan rampante, de una España “negra” y fetiche del atraso o del olvido.

Puesta de sol

La Cuenca de Muirhead y Gertrude Bone, entre Edimburgo y el Monte Athos, secreta y abierta a la vez, no desmiente que es, pese a todo, a su historia agarena y a su historia medieval, un recóndito o un pensil de atractivos babilónicos. Con un “plus” legendario y misterioso, muy propio de las ciudades castellanas de aquel entonces, como asimismo un halo romántico, pese a todo, que le presta el dorado otoño de los hocinos y de los solitarios recodos de las hoces.

Para la señora Bone los dedos se le hacían huéspedes y nuestras pagodas de piedra se le alargaban en monstruos desesperados siempre al borde del precipicio, siempre a punto de despeñamiento”. Cerraba su artículo Eduardo Alcalá señalando que Muirhead y Gertrude no fantasearon más allá de lo justo, y si lo hicieron en un punto discreto hay que aceptar que Cuenca embelesa lo suyo y desata los mil demonios de la imaginación”.

Vista de la Serrania.
Mediodía en la Serrania.

-¿Tenemos título de obras del pintor escocés sobre los apuntes que hizo sobre Cuenca?

-Hemos podido ver algunos de esos dibujos, como los titulados “Puesta de sol”, Cuenca, tiza y acuarela. Vista de Cuenda desde el Castillo. Mediodía en la Serranía de Cuenca. Cabe destacar que las láminas del libro se habían presentado en Londres precisamente en una exposición durante la temporada 1930-1931 y que para la posterior elaboración del libro en offset, en sustitución de otras técnicas de reproducción del color, con planchas planas y diversos recursos litográficos. Queda por tanto, para dar fe de esta presencia de tan singular matrimonio en Cuenca, su trabajo en un gran libro que no pudo tener su mejor eco en España por salir a la luz en el comienzo de la guerra civil. Ochenta años después rendimos homenaje en estas radiofónicas páginas de mi desván para dejar constancia de aquellos grabados a veces tan olvidados de personajes como este matrimonio inglés, Bone, o del gallego Castro Gil. Dos importantes aguafortistas que dejaron en Cuenca su huella y la mostraron al mundo a través de esta ciudad alucinmante que describió Torrente Ballester.

 

 

 

 

 

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