Aguilar: el maestro mateo

En el periódico digital “Voces de Cuenca”, José Miguel Carretero Escribano escribe en la sección de Opinión el artículo titulado “Aguilar: el maestro mateo”. Dada mi admiración y amistad con José Miguel Carretero y Juan Carlos Aguilar, recojo en este Blog el texto escrito por José Miguel, a quien ví llegar a la anteplaza minutos antes de comenzar el acto del Pregón de San Mateo del martes, pero que no pude saludar debido a las apreturas y la gente que había para escuchar las palabras del maestro de la Banda. Este es el artículo:

Por José Miguel Carretero

Este 18 de Septiembre de 2018 mi amigo Juan Carlos Aguilar Arias da el Pregón de San Mateo, nuestra gran fiesta del equinoccio otoñal, flor de la Cuenca que retoña y retorna, palpita, siente y sueña.

Así es que, en hora buena, salgo cuesta arriba hacia La Plaza para vivir el momento. Cruzando el Huécar retomo la subida tan familiar, exigente y gozosa. Casi sin querer voy memorando trances semejantes camino del trabajo en el Ayuntamiento. O camino del Calvario; primavera y pasión.

De los sonidos del silencio (evocados sean Simon y Garfunkel) paso al rumor y, presto, al estruendo del desfile de las Peñas. Consigo ir remontándolas por Alfonso VIII, a ratos mezclado entre su exultante juventud y tirando de pericia veterana para, con suerte, sortear fluidos báquicos y arteras duchas desde los bajos balcones: agua que no has de beber déjala caer, como anoche, treinta y dos litros dice la aemet.

Me vengo arriba y me quedo en los Arcos, repasando el discurrir de pancartas, tractores pacíficos, maromas y zurras, músicas enlatadas y charangas varias afinadas, puestas de acuerdo para tocar “La Saeta”, como en los tiempos muertos de Lidio en El Sargal. Pero este tiempo es muy vivo. Y colea. 

Gracias a Dios reviven y perviven los recuerdos, las vivencias. Me acarician a oleadas en los cinco sentidos. Y me veo con mi padre, sabio y bueno, enseñándome los ritos de mi tierra, todos, los divinamente humanos y los otros.

De su mano entro en la Catedral fría y solemne, porque lo esencial y primero en la tarde recental era el Pendón, la historia, el conquensismo de ley, nunca excluyente, siempre inclusivo. Y, luego de la liturgia, acompañamos el cortejo cívico a la vera de aquella rara enseña arcana y enfundada, flanqueado su joven portador por los maceros de aparatoso y colorista atuendo, lictores a la eterna usanza. Nos emocionamos escuchando dos veces el sagrado Himno Nacional de España, la última mientras la comitiva traspasa el umbral de la Casa del común.

Después comenzaba la vaca, sin Pregón, sin cohete, aunque sí con el toque anunciador de trompeta, caja y bombo, a modo de clarines y timbales, provocando medrosas correprisas y prematuros gritos.

Ha pasado de aquello medio cumplido siglo. Lo repaso en un vértigo, como la vida. Y confieso, confidente, no haber sido corredor vaquillero, como sí lo fuese mi padre de joven, quien podía contar hazañas veraces suyas al respecto, incluido algún apuro en que lo puso su amigo Paco “Teresillo”, maromero de pro. Todo lo más tengo en mi haber muy escasas carreras y, en especial, un imborrable y sostenido esprint hasta la barrera del antiguo estanco, ayudado por mis piernas largas, al máximo estiradas como un galgo.  

Pero en décadas no falté a la cita anual, dorada y cálida, sentimental y mística, del “Vati” en plenitud. Sólo el año en que leí la Tesis, recluido en casa y con Luz María de mecanógrafa, redactando textos y revisando citas, nos tuvimos que conformar con subir al amén el último día: fue la única vez, en toda nuestra vida, en que ambos usamos y disfrutamos, durante un cortísimo rato, el gran balcón corrido del Consistorio, en la soledad más acompañada, con el bullicioso paisanaje a los pies mientras languidecía de nostalgias la atardecida postrera. 

Hoy es lo contrario. El prólogo. El comienzo. La esperanza. Todo por suceder. Y sucede. Me quedo con mis amigos músicos de la Banda, ilusionados y expectantes ante el debut de su Director en el mester juglar de la pregonería. Julio y Sergio me cuentan que le han preparado una sorpresa: van a interpretar “Clarines de gloria”, pasodoble compuesto por el propio Maestro Aguilar y dedicado a Arturo Martínez Barambio, cuando Juan Carlos vaya a empezar a hablar.

Truena el presentador del acto, como el maestro en el verso de Machado. La Plaza no es todo un poema y sí un hervidero de jolgorio: suben los decibelios, cual proclamara, inmortal, Andrés Montes, el ángel negro de la pajarita y el baloncesto patrio. Esto es la Fiesta Nacional, Local y Universal. Reverbera una barbaridad bajo los Arcos y así me lo comenta Javier Cañete, fino clarinetista y músico de tercera generación. De inmediato me guía por su partitura mientras suena la Banda, resonante y triunfal, en loor de su rector, en olor de multitud, con calor y sabor.

Se asoma el Pregonero, bien presentado. Escucha con emoción a los suyos, dirigidos desde abajo, a pie de obra, por Segovia. Y empieza. Llega, ve y vence. Se lo tengo escrito y dicho: “es un águila Aguilar y vuela alto”. Fin de cita, propia. Síntesis para él, gloriosa. Y con él, por él, todos.

Ahora que esto escribo, tranquilamente sentado tecleando en el ordenador, leo y releo, recién publicado, nuevo y flamante, el texto íntegro del Pregón de Juan Carlos. Y me recreo, en silencio, con lo por él creado. Ahí queda eso, torero y pinturero. Por completo convencido estaba yo y así se lo auguraba: “un tío capaz de componer esas músicas y tan de Cuenca, lo vas a hacer muy bien seguro”.

Pues así ha sido e invito desde aquí a mis lectores a que lo paladeen. Porque ha dado con la tecla, exacta y pulsada. Ha hecho fácil lo difícil. Y capaz, por capataz, ha sido de pasar del papel pautado al folio inmaculado y terso, del pentagrama musical al cardiograma de la escritura, de su puño y letra, hasta lograr la musicalidad del verbo. Él y Cuenca, uña y carne.

Mucho sentimiento, muy buena mano y excelente calidad literaria en el texto. Así lo certifico pues así lo veo y creo, sin que me ciegue la amistad cierta para el juicio personal y libérrimo. Bien medido el Pregón, ni corto ni perezoso. En su punto. Y en su sitio.

Y añado lo que no está en los papeles y sí en mi percepción al escucharlo de su viva voz. Allí salió el Director que es, con entera formación y toda su experiencia. E hizo valer, hasta prevalecer, su singular condición de músico, compositor e intérprete. Es verdad que jugaba en casa, con el cariño y, a su vez, la presión añadida que ello supone y conlleva. Pero hay que dominar con la voz y la expresión, y más ante un auditorio tan masivo y festivo. Hay que acertar con el tiempo y el tempo; parar, templar y mandar. Guiar. Dirigir. Ésa ha sido la otra clave de su Sol, desde luego radiante. Lo conseguiste. Ole tú.     

Acabada su faena, con los máximos trofeos, Aguilar bajó, siempre con los pies en el suelo, al abrigo de los Arcos mientras sonaba su Banda con “Peña el Mandil”, el otro pasodoble suyo. Lo recibió una salva de aplausos de sus músicos y de los agregados al corro. Y al coro.

Y ahí, para remate en donosura, sacó la humildad real. Porque seleccionó dos piezas para el pequeño Concierto ritual del día. Y tan ritual. La primera: “Marchoso”, pasodoble del Maestro Nicolás Cabañas. Mientras sonaba ese trío suyo elegante y bastante similar al de “Manolete”, pero más antiguo (enunciemos presunción de inocencia en favor de Pedro Orozco y José Ramos, autores de este último), no pude sino mirar al Cielo: allí entreví a los Cabañas e intuí a mi tan querido Aurelio, el hombre que nos sigue sonriendo. Le dije, en un guiño: ya ves cómo Aguilar cumple. 

Y la segunda: “El Empresario”, pasodoble compuesto por Don José López Calvo, el viejo león, pasional y tremendo, temperamental y tierno, decano de los Maestros Directores Músicos de Cuenca. Y dedicado a Maximino, otro que siente y que padece.

Terminó. Y termino. Queda dado, bien quedado, el Pregón de Juan Carlos. Lo abrazo, a mi amigo Pregonero, junto a los Arcos porticados: él es el Maestro Mateo en su Pórtico de la Gloria, la suya y la bendita.

Al rato, sin correr y sin prisas, voy bajando a contracorriente de los que se incorporan, bota colgada y merienda en ristre. A la altura del Jardinillo del Salvador me sobresalta un graznido tonante, apoteósico. Y otro. Y otro más. Suenan como una clariná en toda regla, con más poderío que “las tres dormidas” míticas.

Escudriño entre la alta enramada hasta medio ver al autor, un pajarraco (o sea, citando el Drae, pero sin tono despectivo, un “pájaro grande desconocido o cuyo nombre no se sabe”) negro y robusto. Por lugar y momento, y por la clariná, concluyo de inmediato: se me está manifestando, a su genial manera, nuestro gran José Luis Lucas Aledón. Ojo, que no digo que fuese él, ni haré como Maduro con lo del pajarito chiquitico de Chávez, pues no estamos para eso.

Lo que sí afirmo, a trancas y barrancas, es que José Luis no nos podía faltar en San Mateo.  

Y, por mi parte, Dios mediante, hasta Semana Santa.

 

Un comentario en “Aguilar: el maestro mateo

  1. Gracias José Vicente, una vez más, por tu cariño y el honor de compartir espacio en tu extraordinario blog, fuente inagotable de sabiduría y hallazgos conquenses

    Un abrazo, y voy a ponerme al día con lo de Alfonso VIII, hoy que es el traslado del Pendón.

    José Miguel.

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