El obispo Valero y sus alumnos Torrijos y Carrascosa, prelados de Badajoz y Orense

RAMÓN TORRIJOS ERA NATURAL DE CARDENETE Y PASCUAL CARRASCOSA DE QUINTANAR DEL REY

TEXTO PUBLICADO EN EL NÚMERO 10 DE LA REVISTA «CONTREBIA» QUE DIRIGE ÓSCAR MARTÍNEZ PÉREZ

José Vicente ÁVILA

Una de las calles más singulares o peculiares del Casco Antiguo, la parte Alta de Cuenca que en tiempos aún recientes se conocía popularmente como el “Vaticano”, es la de Obispo Valero, que arranca en la fachada lateral de la Catedral, con trazado escalonado, que sigue en la plazoleta del Obispado en la que está el monumento del rey conquistador Alfonso VIII, y la fuente de los Canónigos, y continúa a la izquierda en la callejuela en la que están situados el Museo Diocesano y el Museo de Cuenca y termina en la bajada a las Casas Colgadas, en la plaza de Ronda y portillo de San Pablo. No hay en la ciudad una calle con un trazado similar que empiece tan ancho para emplazarse y terminar en calle estrecha y quebrada.

El Obispo Valero que da nombre a esa calle fue el prelado Juan María Valero Nacarino, que rigió las diócesis de Tuy y Cuenca, tras haber sido rector del Seminario Conciliar de San Julián, y profesor de dos de sus alumnos que llegaron a ser obispos también: Ramón Torrijos Gómez, natural de Cardenete, y Pascual Carrascosa Gabaldón, nacido en Quintanar del Rey. Precisamente, ambos oficiaron la ceremonia fúnebre del traslado de los restos del obispo Valero, hasta el Panteón donde se encuentran en la Girola de la Catedral, el 24 de octubre de 1898, aunque había fallecido ocho años antes.

Portada de «Contrebia» número 10.

¿Quién fue el obispo Valero, que es uno de los pocos prelados con calle en Cuenca? Rigió la diócesis de Cuenca durante ocho años y debió dejar buena siembra para que el Ayuntamiento le dedicase una calle en ese entramado callejero que va desde la Catedral hasta las Casas Colgadas. Cuenca ha tenido hasta ahora, incluido el prelado Yanguas, 72 obispos y en la Cuenca Antigua tenemos esta calle del Obispo Valero y el callejón de Guerra Campos que da a la Ronda de Julián Romero.

También figuran en el callejero urbano la calle de Palafox, obispo de nombre Antonio, y la plazoleta del cardenal Payá, que también ocupó la silla episcopal (Miguel Payá y Rico). En la parte baja tienen calle el obispo Inocencio Rodríguez; Cruz Laplana, con barrio y campo de fútbol en las populares “Quinientas”, y el prelado nacido en Villaescusa de Haro, Diego Ramírez de Fuenleal, que fue el 34 obispo de Cuenca. Y cómo no, San Julián, el segundo obispo de la Diócesis.

UN CACEREÑO EN CUENCA

Juan María Valero Nacarino, nació en Malpartida (Cáceres), en 1735, y antes de ser prelado de Cuenca fue Canónigo Lectoral y rector del Seminario de San Julián y obispo de Tuy, falleciendo a los 55 años de edad, que es un dato relevante de la alta mortandad que entonces existía. Según sus biógrafos, Juan María Valero, a partir de los 15 años, estudió Latín en Trujillo y Filosofía en Plasencia, pasando al Seminario central de Toledo, donde alcanzó el Doctorado en Geología y la licenciatura en Derecho Canónico, siendo ordenado sacerdote con 24 años.

A partir de ahí fue profesor del Seminario de Plasencia y en el año 1862 opositó a la plaza de Canónigo Lectoral de la Catedral de Cuenca, siendo obispo de la diócesis Miguel Payá y Rico, que luego sería cardenal. Cuentan que desde el primer momento llamó la atención en Cuenca la figura sencilla y humilde del joven sacerdote extremeño y su gran conocimiento. Las esperanzas puestas en el nuevo Lectoral no quedaron defraudadas, pues pronto empezó a dar pruebas de su ciencia y virtud, por lo que el prelado Payá y Rico le nombró tres años después Rector del Seminario Conciliar de San Julián, del que ya era profesor, y donde siguió trabajando a satisfacción del mismo y de los sacerdotes de la diócesis, según cuenta Adelaido Cárcel Ramos, en un minucioso trabajo sobre obispos extremeños en la Silla de San Julián y de prelados conquenses en la diócesis de Extremadura.

El obispo Valero. Episcopologio Conquense / Domingo Muelas.

Juan María Valero estuvo once años al frente del Seminario de Cuenca. Tenía fama de gran predicador en los púlpitos, como un coetáneo suyo que sería magistral de la Catedral de Córdoba, el conquense Manuel González Francés, que tiene calle en Cuenca (conocida también como la de las Tablas) y en la ciudad cordobesa como magistral. En el Seminario de Cuenca se preocupó de que los seminaristas mejorasen su nivel dotando de los mejores libros a la Biblioteca y con nuevas adquisiciones para el Gabinete de Historia Natural y selectas máquinas para el Laboratorio de Física y Química.

SUS ALUMNOS TORRIJOS Y CARRASCOSA

 Entre sus alumnos estarían Torrijos y Carrascosa, que luego serían obispos, cosa poco frecuente en la historia del Seminario. En su tiempo se acondicionó para Seminario Menor la entonces llamada Real Casa de los Caballeros de la Orden de Santiago en Uclés. Como rector se encontraba cuando –según relata Adelaido Cárcel– llegó la revolución de septiembre de 1868, que afectó a la vida de la iglesia española y en especial a la de los seminarios, que atravesaron una crisis muy seria hasta la restauración de la monarquía en 1876, año en el que Valero Nacarino fue nombrado obispo de Tuy.

No cabe duda de que en la decisión de nombrarle obispo de Tuy-Vigo podía haber influido el informe del cardenal Payá y Rico, que dos años antes había sido nombrado arzobispo de Santiago, y así lo tenía cerca en la vecina diócesis. Miguel Payá estuvo 16 años rigiendo el obispado de Cuenca, pasando por cierto el trago amargo del Saqueo de la ciudad de julio de 1874 por las Tropas de Doña Blanca, y en ese período de tiempo pudo conocer muy bien al recién nombrado prelado de Tuy.

DE TUY A SU QUERIDA CUENCA

El propio Payá y Rico, que sería nombrado cardenal en 1877, consagró a Valero Nacarino como obispo en el Monasterio de la Encarnación de Madrid, junto a los obispos de Cuenca, Sebastián Herrero Espinosa –que sólo estuvo un año y fue el último prelado de Cuenca que llegó a cardenal– y el de Zamora. Ocupando la silla de Tuy el obispo Valero nombró al quintanareño Pascual Carrascosa secretario de Cámara y poco después le designó como canónigo de Tuy.  La estancia de Valero Nacarino en la diócesis gallega fue de seis años, desde 1776 hasta 1882, año en el que fue designado para la diócesis de una ciudad que bien conocía: Cuenca.

No suele ser frecuente ocupar una diócesis ya conocida, pero había antecedentes. Podemos comentar el caso del obispo Miguel Muñoz Guijarro, nacido en Poyatos, que en 1541 fue nombrado por Carlos V obispo de Tuy, y en 1547 designado para la Diócesis conquense. Mucho antes había sido obispo de Cuenca Diego Ramírez de Fuenleal, natural de Villaescusa de Haro, quien tras ser capellán de Juana la Loca pasó a ser obispo de Málaga, y en 1518 y hasta 1537, prelado de la Silla de San Julián.

El caso es que en 1882 la ciudad de Cuenca recibió con los brazos abiertos a “su obispo” Valero el 8 de julio, que regresaba a la ciudad a la que había venido veinte años antes. Como prelado de la Diócesis conquense contó de nuevo con Pascual Carrascosa Gabaldón, a quien promovió a la dignidad de Arcipreste de la Catedral. Potenció los seminarios, bendijo las Escuelas Aguirre y sobre todo tuvo una eficaz labor para luchar contra la peste del cólera que se declaró en Cuenca el 13 de junio de 1887, con un trágico balance para una provincia tan poco poblada: 384 vecinos murieron, de ellos 166 varones y 218 mujeres.

Una de las mayores alegrías del episcopado de Juan María Valero fue el de consagrar en la catedral de Cuenca en 1888 al preconizado obispo de Tenerife, su alumno Ramón Torrijos Gómez, que curiosamente ostentaba el cargo que había tenido él con anterioridad: Lectoral de la Catedral y Rector del Seminario, quien en 1894 pasó a regir la diócesis de Badajoz.

Después de ocho años en la silla de San Julián, el obispo Valero falleció el 17 de noviembre de 1890, a consecuencia de una gastritis crónica. Murió en brazos de su arcipreste y amigo Pascual Carrascosa. El entierro se hizo en la Catedral y los restos del obispo Valero fueron depositados en un sepulcro de la capilla de Covarrubias, junto al Altar del Ecce-Homo, que se conocía como “el pudridero”, al que trasladaban a los prelados fallecidos hasta que se designase su definitiva sepultura.

LA TRASLACIÓN DE SUS RESTOS

Hasta la llegada de su sucesor, el obispo Pelayo González Conde, el arcipreste Pascual Carrascosa estuvo al frente de la diócesis de Cuenca, durante ocho meses, siendo elegido Vicario Capitular por el Cabildo. Ocho años después, el 24 de octubre de 1898 se celebraba en Cuenca un acto muy especial que contó con la presencia de los dos obispos conquenses, Torrijos y Carrascosa, que por entonces regían las diócesis de Badajoz y Orense, respectivamente. Se trataba de la traslación de los restos del obispo Juan María Valero Nacarino al nuevo panteón, construido en la Girola de la Catedral, entre la Sacristía y la Sala Capitular.

Panteón del obispo Valero en la Catedral.

Según recoge la prensa de la época, el jueves 20 de octubre de 1898 llegaban a Cuenca los dos prelados naturales de la provincia. Ramón Torrijos Gómez, acudía desde Badajoz acompañado por su familiar y también paisano, Mariano Zabala. Al quintanareño Pascual Carrascosa Gabaldón, obispo de Orense, le acompañaba su familiar Julián Ortiz, sacerdote nacido en Villalba del Rey, que fue maestro de capilla y autor de la música del himno a la Virgen de la Luz, Patrona de Cuenca: “Luz que al caer de la tarde…”.

Ambos llegaron a la estación de ferrocarril donde les esperaban el Provisor y Vicario del Obispado. Desde la estación se dirigieron al Palacio Episcopal en carruaje, entre los aplausos del público. A las nueve de la noche, los dos obispos conquenses fueron obsequiados con  una “brillante serenata” a cargo de la Banda Municipal de Música, recién creada, dirigida por el maestro Agúndez. Y eso que venían a un acto funerario…

Se describe en El Correo Católico que el domingo 23 de octubre de 1898, a la una de la tarde, tres toques doblando, de la campana catedralicia, anunciaban al pueblo de Cuenca los sufragios que iban a celebrarse. (Cuatro años después la campana de la Catedral callaría para siempre tras el hundimiento de la Torre del Giraldo el 13 de abril). Hacia las cuatro de la tarde, la Capilla de Música de la Catedral entonaba un solemne Invitatorio y Nocturno, con las dos primeras lecciones, cantando la tercera el deán; con anterioridad se habían celebrado las horas canónicas y el rezo del rosario.

Cuando comenzaba a anochecer, y en presencia del Cabildo, “fueron extraídos los restos del obispo Juan María Valero de la bóveda en que yacían, contigua al altar del Santo Ecce-Homo, y conducidos a la Sala Capitular”, donde permanecieron hasta el día siguiente, velando el cadáver los colegiales teólogos del Seminario, relevándose de seis en seis cada media hora.

A las diez de la mañana del lunes 24, “una inmensa multitud de personas de todas edades, clases y condiciones, invadió y ocupó por completo las anchurosas naves de nuestra grandiosa Catedral”, se puede leer en “El Correo”. Comenzaba el acto solemne de la traslación con la presencia del Ayuntamiento, con su alcalde Santos Fontana a la cabeza, y el gobernador civil, Jerónimo Arenas; el obispo de Cuenca, Pelayo González Conde, acompañado por los prelados de Badajoz y Orense, Ramón Torrijos y Pascual Carrascosa, respectivamente.

Formando una solemne procesión se dirigieron a la Sala Capitular para entonar un responso y el Miserere ante los restos del obispo Valero; la comitiva fúnebre partió hacia el Altar Mayor, llevando en hombros el cadáver del “inolvidable y caritativo señor obispo” seis sacerdotes revestidos de sobrepelliz, así como dos largas filas de colegiales portando velas. El féretro fue colocado en el altar mayor iluminado con multitud de velas y cuatro blandones.

Se escribía en “El Correo” que “la severidad de las naves y toda la parafernalia que rodeaba al acto le daban mayor suntuosidad. Tras la misa de cuerpo presente se cantaron cinco responsos: el primero a cargo del obispo de Badajoz, revestido de medio pontifical; el segundo por el prelado de Orense, igual que el anterior; el tercero y cuarto por el deán y doctoral provisor y el quinto oficiado por el obispo de Cuenca, Pelayo González.

Los restos fueron trasladados al nuevo panteón entre los cánticos responsorios de la Capilla de la Catedral (“Liberame” y el “Benedictus”). Al llegar a la puerta de la sacristía los músicos cantaron el “No recordis” y los tres prelados despidieron los restos del obispo Valero, que fueron inhumados en el Panteón por los sepultureros. El público, en su despedida, evocaba los gratos recuerdos que había dejado en sus ocho años en la Diócesis conquense el obispo Juan María, que ya contaba con Panteón propio y calle, pasando a llamarse como Obispo Valero la que antes se denominaba de Palacio.

Los obispos de Badajoz y Orense, antes de partir hacia sus diócesis, visitaron durante un par de días Cardenete y Quintanar del Rey, entre el entusiasmo de los vecinos. Fueron los dos últimos obispos que había dado Cuenca en el siglo XIX. Ambos habían sido grandes amigos del prelado fallecido e incluso albaceas de Valero en el testamento que había otorgado en 1885.

Se da el caso curioso de que cuando falleció el sucesor de Valero Nacarino, el obispo Pelayo González en 1899, tras ocho años en Cuenca, fue el prelado cardenetero Ramón Torrijos quien le administró los últimos sacramentos y ofició el pontifical del entierro. Después se intentó desde Cuenca que a Pelayo le sucediese el obispo nacido en Cardenete, pero los fieles de Badajoz se opusieron con firmeza. Llegó Wenceslao Sangüesa y Guía con el comienzo del siglo XX, que vio cómo se le hundía la Catedral, levantó el puente de San Pablo y pese a sus 22 años en la diócesis no se le recuerda con una calle.

RECUADRO APARTE: SIGLO XXI: DOS OBISPOS CONQUENSES

En la actualidad tenemos dos obispos naturales de la ciudad de Cuenca: Andrés Carrascosa Coso, nacido en Cuenca en 1955, que fue ordenado sacerdote en julio de 1980 por José Guerra Campos en la iglesia de la Merced, junto a una docena de seminaristas. Andrés Carrascosa, que es una persona muy cercana y afable, fue nombrado por Juan Pablo II arzobispo de Elo en 2004 y Nuncio del Congo, siendo consagrado en la Catedral de Cuenca por Ramón del Hoyo el 7 de octubre de ese año. En 2009 el Papa Benedicto XVI le nombró Nuncio en Panamá y en 2017 el Papa Francisco le designó la Nunciatura de Ecuador.

El otro prelado nacido en nuestra ciudad en 1957, que hizo sus estudios en Zaragoza es Julián Ruiz Martorell, que fue nombrado obispo de Huesca y Jaca en 2011. Cuenta en nuestra ciudad con una amplia familia de los Ruiz y Martorell, que asistió a su consagración en El Pilar de Zaragoza.

Otra referencia en este Blog sobre este tema:

http://www.elblogdecuencavila.com/?p=10988

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.