Mirando a Cuenca: el paisaje de la maravilla en la Hoz del Júcar

José Vicente ÁVILA (*)

Mirando a Cuenca desde los miradores de San Isidro. / Foto Josevi.

“Cuenca, miradora y mirada, más mirada que miradora”, en pregón nazareno del granadino Juan Manuel Moreno, admirado del encantamiento del “escenario geológico de rocas mudas y escarpadas”. “Mirando a Cuenca”, frase que ya utilizaba en 1923 el catedrático de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia, Vicente Losada Díez, en una serie de artículos sobre “el concepto del arte”, en “La Voz de Cuenca” en los que el preclaro profesor apuntaba que “en un paisaje, la belleza no está solamente en los elementos que la integran, ni en la pura expresión de éstos, prescindiendo de los seres que la pueblan, sino que está en un paralelismo y armonía entre ellos”.

Apuntaba Losada Díez en su “Mirando a Cuenca” casi centenario que “instado por la curiosidad y por el interés que en mí despertaron entusiastas hijos de Cuenca, decidí fijar mi residencia veraniega en esta urbe castellana y a fe que lo hago con sincera fruición espiritual, ya que la silueta conquense que mi fantasía había dibujado al contrastarla con la realidad ha sido superada en muy mucho”.

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Y remataba: “¡Cuán riquísimo es el cofre en cuyo interior parece encerrarse esta ciudad, solo diminuta en el aspecto material, pero muy grande, plena de belleza y con insuperables páginas de heroísmo en los anales de la historia patria!”, en esos años en los que “el arte estaba en crisis, suplantando el lujo a lo bello”.

La silueta conquense que sorprendía a César González Ruano, en su primera visión de Cuenca, luego conformada y confirmada en decenas de artículos, pero especialmente en el titulado “Fin de año en Cuenca”, en el que imaginaba pasar esa última noche casi geológica entre sus muros antiguos y sus piedras espectrales: “En Cuenca imagino yo morir el año despeñado en el desfiladero de sus hoces y, entre graves espumas, llevado por el río hasta la inmensidad del mar antiguo, donde los peces hablan latín”.

«El teatro en escena», venía a decir Antonia Soria. / Foto Josevi.

En ese desfiladero de sus Hoces, del Júcar y del Huécar, la ciudad se abre en el horizonte de sus roquedales entre los valles que la circundan, para imaginar entre sus rocas festoneadas las figuras pétreas o espectrales de esa “otra ciudad encantada” que tenemos entre la misma ciudad colgada, con sus jardines colgantes.

Foto Josevi

La ciudad “mirada y miradora”, entre sus miradores de las Hoces, tiene un amplio balcón natural de piedra, desde la ermita de San Isidro, que abarca en su más amplia plenitud de hoz abierta a la grandiosidad de los cerros que la rodean y la profundidad del valle con el río que abre caminos entre los chopos de la orilla. Antonia Soria, que dejo su arte naif y popular en el farallón de la ermita de San Isidro, definía el lugar de la bella vista como el “paisaje de las maravillas”.

Desde la perspectiva de la Hoz del Júcar, de izquierda “mirando a Cuenca”; de frente observando “la playa” o a la derecha contemplando la pradera de San Juan (cerca de la antigua ermita derruida del Bautista), la imaginación nos lleva a soñar con el “bestiario conquense” de las rocas por las que escalan audaces deportistas: el león altivo, las fauces del cocodrilo (arriba están los cocodrilos de Antonia), el oso que parece buscar “El Hosquillo” y otras formas sugestivas de animales que podamos concebir, observados por los “ojos de la mora” o el “perrete de la condesa” que a su lado hace guardia en piedra perenne de la leyenda de su nombre. Allí mismo, en días de lluvia, las rocas mojadas nos invitan a pensar en los ejércitos guerreros de Alfonso VIII, frente a las Murallas y los restos del Castillo, que sostienen tanta historia de pólvora y defensa ciudadana.

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Antonia Soria destacaba en su imaginario otras formas rocosas entre las Hoces del Júcar y del Huécar que ella denominaba con estos nombres: “Los tres Pingüinos”, “los cinco hermanos”, “la reina del talle”, el “yunque del herrero”, “los tres balconcillos”, la conocida “era de la Cruz” (mirador de la playa con su Cruz isidril de hierro de 1995), y la culminación de su visión pétrea con “el teatro en escena”, en la misma Hoz del Júcar, con la Playa Artificial como fondo.

«El entorno pétreo de la Hoz del Júcar invita a vislumbrar todo tipo de escenas y animales». Foto Josevi

Les invito a mirar a Cuenca desde esos miradores de San Isidro para que puedan disfrutar en cualquier época del año de ese “paisaje de la maravilla” en el que la roca, la piedra, nos lleva a contemplar ese “zoo” rocoso que a Félix Rodríguez de la Fuente no le dio tiempo a ver cuando tantas veces visitaba Cuenca e incluso pensaba en que el enorme hueco dejado por las canteras (actual Teatro Auditorio) podría haber albergado un pequeño “zoo” de paseo obligado.

Ese bestiario lo tenemos en la propia Hoz del Júcar, visto desde el privilegiado lugar de la ermita de San Isidro, donde la mirada de la cabeza de un toro, cocodrilos y palomas de piedra de “la Antonia” nos viene a recordar aquello de que si las piedras hablaran… entre tanta paz y reposo. Desde allí, el “Paisaje de la Maravilla” invita a ver con la imaginación… Lo van a disfrutar.

Las Noticias de Cuenca.

(*) Publicado en Las Noticias de Cuenca / Semana 11 al 17 de septiembre 2020.

1 comentario en “Mirando a Cuenca: el paisaje de la maravilla en la Hoz del Júcar

  1. Sí señor. El bestiario de la Hoz: la Ciudad encantada y encantadora, «mirada y miradora». El león de tu foto primera es clamoroso: perfecto perfil. Esas rocas tan nuestras. Muchos recuerdos (incluida Antonia Soria, que nos llevaba un rollo de caridad al Ayuntamiento: ahora eres tú, con buenas compañías, el que vela por San Isidro). Y algunas esperanzas, de que podamos volver. Amén.
    Gracias por alegrarnos la vida. Nos hace falta. Y tú nos haces falta, magister.
    Un gran, y virtual, abrazo.
    José Miguel Carretero.

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