Las Fiestas de Puebla de Almenara en 1935

LA PATRONA DE PUEBLA DE ALMENARA. IMPRESIONES DE LAS FIESTAS. F. ARQUERO, en “El Defensor de Cuenca”, 21 de septiembre de 1935

Puebla de Almenara (Cuenca) celebra cada 8 de septiembre, desde tiempo inmemorial, la fiesta de su Patrona, Nuestra Señora la Virgen de la Misericordia, si bien la antigua patrona de la Puebla era la Virgen Blanca a la que se daba culto en el Castillo o Fortaleza de la Sierra Jarameña, muy cercano a la ermita. Por cierto, la antigua imagen de la Virgen Blanca permaneció en la sacristía de la iglesia de la Puebla hasta 1956, siendo trasladada al Museo del Monasterio de Uclés. Pero no se trata en esta ocasión de hablar de la imagen de la Patrona, sino de recoger una crónica retrospectiva muy interesante, sobre la celebración de las fiestas de Puebla de Almenara, en el año 1935, en plena República. Se trata de un texto publicado en el semanario “El Defensor de Cuenca”, el 21 de septiembre de 1935.

La croniquilla titulada “La Patrona de Puebla de Almenara. Impresiones de las fiestas”, lleva la firma de F. Arquero y se publicó en la página 3. A través del relato de Arquero, que se desplazó a la Puebla en un carruaje de tracción animal, podemos viajar en el tiempo para darnos una idea de cómo era la romería con su pólvora en la tarde del día 7, y la celebración en la ermita el 8 de septiembre. Emociona el contenido del valioso texto, en el que viene a describir el fervor de nuestros tatarabuelos y abuelos hacia la Virgen de la Misericordia. El contrapunto lo pone en la fiesta de toros en la plaza de talanqueras, donde los mozos se excedían en sus ardores toreros. El texto está ahí y queda como documento de cómo durante la República, la fiesta de la Virgen de la Misericordia la celebraban los puebleños con sentido fervor por su Patrona. Sobre la forma de celebrar aquella fiesta taurina no podemos estar nada de acuerdo.

LA PATRONA DE PUEBLA DE ALMENARA

“Tarde espléndida la del 7 de septiembre. La pesadez del viaje, hecho en vehículo de tracción animal y con pésimas vías de comunicación, se olvida ante la vista que presentan los alrededores de la ermita. Multitud de carruajes y de personas de todas las esferas sociales llenan las laderas de la sierra en que está enclavado el santuario de la tan venerada Virgen de la Misericordia. Por el camino y las sendas que ascienden del pueblo van llegando también muchas personas, porque se acerca la hora de la tradicional Salve. Rodeada de innúmera chiquillería, llega ya la Banda de Música, compuesta por jóvenes del pueblo y dirigida por D. Cesáreo Navarro, a quien cabe la honra, no sólo de ser fundador, sino principalmente por haber conseguido, a fuerza de paciencia heroica, formar el exquisito gusto artístico de estos muchachos, en su mayoría labriegos y casi analfabetos.

 

La noche acaba de cerrar del todo, y los devotos nos apiñamos en el santuario y las galerías adyacentes para oír la Salve, que no tarda en entonar el sacerdote desde el altar y ejecutar la Banda desde el Coro.

Los peregrinos desfilan incesantemente ante el altar de la Virgen. Quienes van descalzos, quienes van y vienen de rodillas, quienes con los brazos en cruz y los ojos arrasados en lágrimas se postran ante las gradas pidiendo mercedes o dando gracias  por favores ya recibidos. Las manifestaciones de fe son verdaderamente conmovedoras. Se ven correr lágrimas de tanta sinceridad, que instintivamente los sentimos asomar también ante nuestros ojos.

Acabada la Salve, desparrámase el gentío por las laderas de la sierra para contemplar los fuegos artificiales. Larga parece este año la espera, por lo que muchos, sin poder dominar la impaciencia, inician su descenso al pueblo.

A la esplendidez atmosférica de la tarde, han seguido, en pocas horas, negros nubarrones, entre los que brilla frecuentemente el relámpago, y el viento huracanado que levanta nubes de polvo. Parece inminente la tormenta. De temer es que ésta se desencadene por los pobres peregrinos que, junto a sus carruajes y caballerías, han de pasar la noche a la intemperie. ¡Qué necesario sería que junto a la ermita se construyesen refugios en que pudieran guarecerse personas y animales en caso de tormenta o mala noche.

 

Esa es, a mi entender, una labor que la Cofradía de la Virgen debía emprender cuanto antes, por ser obra de necesidad, a la par que humanitaria, y que, sin duda, atraería mayor número de peregrinos. Mas afortunadamente por este año el amago de la tempestad ha pasado sin tener que lamentar más que la molestia del polvo que nos ha entrado en los ojos…

8 DE SEPTIEMBRE: LA ROMERÍA DE FORASTEROS ES INCESANTE

Amanece no menos espléndido que el día anterior el 8 de septiembre. A las seis y media, la alegre diana despierta al vecindario, que poco a poco se encamina nuevamente hacia la ermita para asistir a la procesión y a la misa. La romería de forasteros sigue incesante, acrecentada cada vez más por nuevos peregrinos que van llegando de los pueblos vecinos. La misma fe, los mismos sentimientos de la noche anterior; las lágrimas siguen arrasando los ojos de los devotos.

Comienza la procesión. La Reina de la Sierra se pasea en manifestación triunfal por aquellos parajes, bendiciendo y derramando a manos llenas los favores sobre sus hijos, que no cesan de aclamarla y vitorearla.

A continuación la misa, y con ella puede decirse que acaba propiamente la fiesta mariana, puesto que los peregrinos retornan a sus hogares, y poco a poco queda la sierra en profundo silencio y soledad completa. La Virgen, sin embargo, no queda sola: lucen en su altar centenares de velas que son personificación de otros tantos  corazones que siguen derritiéndose en amor filial.

Nada digno de mención durante la tarde del día 8, a no ser el concierto de la Banda de Música y los bailes populares.

A las nueve de la noche, las campanas convocan a los fieles en la iglesia. Profusamente iluminada y adornada ésta, presenta en su centro, sobre andas, una magnífica imagen del Santísimo Cristo de la Piedad, ante quien se entona un solemne Miserere, que es ejecutado con maestría por la Banda de Música.

ULTIMO DÍA DE LAS FIESTAS EN HONOR DEL CRISTO DE LA PIEDAD

Y llegamos al último día de las fiestas. Repítense las solemnidades religiosas (procesión, sermón y misa) en el mismo orden y hora que el día anterior, pero en honor hoy del Santísimo Cristo de la Piedad.

Mas no quiero terminar esta ligera crónica sin comentar un poco el espectáculo profano de la tarde del día 9. Me refiero a la corrida de toros.

Ya desde primeras horas de la tarde, con un calor sofocante, va afluyendo el personal a la plaza del pueblo, que previamente ha sido preparada con carruajes y palos para el espectáculo.

Nos impacienta, sin embargo, la larga espera. Por fin sale al ruedo un novillo jovencito, que a primera vista parece apuesto. Los aficionados lo capean como buenamente puedan y saben: pero abundan las caídas, los desgarrones de ropa… Como las “faenas” se prolongan demasiado, el animal se ha cansado,  y es entonces que gran número de ¡valientes! se lanzan al ruedo: todos se sienten toreros. Pero desde este momento ha comenzado un largo martirio para el novillo. Quien le da un palo, quien le clava un aguijón que de antemano lleva preparado, quien le arroja piedras para que arremta. Y cuando el espada se dispone a sacrificar al animal, una protesta general del público pide que aún no se sacrifique y sea echado al corral, ¡para que descanse un poco!

Así se hace, y en tanto, sale una vaca de estupenda presencia, que infunde terror alos improvisados toreros. El ruedo ha quedado ahora casi limpio. Sólo están en él los tres aficionados contratados. Mas también a este pobre animal se le propina desde los carros el mismo martirio que al anterior, y se le tiene también la consideración de proporcionarle ¡un rato de descanso!

Nuevamente sale el novillo, pero ninguna faena puede hacer; sin embargo a él le prolongan y acrecientan el martirio. El primer espada se lanza a darle muerte. Seis estocadas seguidas y ninguna afortunada. El toro, chorreando sangre por las heridas que cubren su cuerpo, apenas se puede tener en pie. La imotencia del animal enardece a los ¡valientes!, que se lanzan en tropel, y a fuerza de empujones y estacazos, rematan con broche de oro martirio tan original.

Vuelve a lidiarse a continuación la vaca, que acaba de modo tan trágico como el novillo, aunque por fortuna con más corta agonía.

Y con la original corrida de toros se dan por terminadas oficialmente las fiestas.

El amor a la Virgen de la Misericordia, en primer término, y la amabilidad y simpatía de los habitantes de Puebla de Almenara, animan a volver otros años. Únicamente nos repugna la “faena” del día 9 por la tarde; pero si se consiguiese lidiar los toros con algo más de humanidad y arte, no dudamos que quien vea por primera vez las fiestas simpáticas de este pueblo, se siente animado a presenciarlas mientras pueda”.

F. ARQUERO (Septiembre, 1935)

Fuente: Centro de Estudios de Castilla-La Mancha

 

 

Deja un comentario