Cosas que pasan… por San Esteban

Tarde de paseo por San Esteban, antiguo Campo de San Francisco, donde hace poco más de medio siglo los “responsables de turno” permitieron que se derribase la antigua iglesia de San Francisco, que le daba realce a la actual Plaza de la Hispanidad, llamada en los inicios del siglo pasado La Glorieta, y después Plaza de la Infanta Paz (1925), Plaza de Hernández y Galán (1931), Plaza del Generalísimo (1940) y Plaza de la Hispanidad desde el último cuarto de siglo (los años son aproximados). Derribado en 1962 el templo de San Francisco se levantó la actual iglesia de San Esteban Protomártir.

 

Antigua iglesia de San Francisco, derribada en 1962. En su lugar se construyó la actual parroquia de San Esteban.

PROHIBIDO HACER «AGUAS MENORES»

En esa tarde de paseo, de un día cualquiera, se produce una curiosa anécdota entre una persona que pide limosna en la puerta del templo y un viandante con intención de “hacer aguas menores” en el rincón existente entre la parroquia y la tienda de muebles “Beguin”, local donde por cierto estuvieron los talleres del “Diario de Cuenca”, hasta que el 27 de enero de 1977 se cerraron, al inaugurarse el nuevo edificio del periódico en lo que hoy es sede de la Comisaría. El diálogo, “visto y escuchado” desde cierta distancia, fue más o menos como sigue:

-Oiga,¿ no irá usted a orinar en el rincón?

Pues sí, tengo ganas de mear y usted no me lo va a prohibir

-¡De eso nada!. Usted ahí no orina porque yo estoy toda la tarde en la puerta y no voy a aguantar el mal olor.

-Y a mí, ¿qué? Yo no me puedo aguantar.

.Pues váyase a mear al Parque, que aquí no se mea nadie, y si bajo va a salir usted con el rabo entre las piernas.

El viandante, con no pocas protestas, se alejó del lugar ante la “bronca” de quien pide “una ayudita para comer”, que se jactó, con orgullo, de mantener el rincón bien limpio ante quienes por allí estábamos. Se ganó bien las monedas.

 

«POR EL PAPA FRANCISCO, POR NUESTRO OBISPO ANSELMO….»

Otra tarde por San Esteban. Es viernes. Se celebra una boda. La ceremonia empieza pasadas las siete y veinte, pues ya se sabe que las novias suelen llegar tarde por tradición. “Que espere el novio”, decía un curioso de los tantos que se dan en este tipo de celebraciones. Se reparten abanicos por el calor.

La ceremonia transcurre con la solemnidad requerida, con el acompañamiento musical y de la voz de una soprano que canta el “Ave María”, que emociona a todos. Los novios se dicen el «sí quiero» ante el celebrante. Ofician dos sacerdotes cercanos a la familia, que son de las tierras sorianas que cantaba Machado. El oficiante realiza la obligada petición “por el Papa Francisco, “nuestro obispo Anselmo” y todos los santos… Uno piensa que el sacerdote se ha acordado del obispo de su diócesis en esa retahíla de nombres.

Entre tanto, el reloj marca las ocho menos diez, y empiezan a entrar en la iglesia los fieles habituales a la misa de ocho. No esperan al final de la misa, sino que van pasando entre los bancos, y preguntando qué quién se casa, los nombres de los novios y hasta de los padrinos. Parecen moscas de verano. Van entrando sin más, sin guardar el respeto debido a la ceremonia que se celebra, pues lo lógico es esperar en el rellano de la entrada, hasta que termine la misa. Contrastan los vestidos de los invitados de la boda con los atuendo veraniegos de los que entran “a misa de ocho” sin haber dado aún la comunión. Quienes van a misa diaria debieran saber que se debe respetar la ceremonia ya iniciada. Otros fieles guardan silencio respetuoso junto a la pila bautismal de la entrada.

¿Y el “obispo Anselmo”, de dónde ha salido? Minutos más tarde, y en encuentro casual con el sacerdote oficiante, la pregunta es obligada, más que nada por saber algo del “prelado Anselmo”. ¿Permítame, padre, cuando usted ha dicho “por nuestro obispo Anselmo” se refería al de su diócesis y lo ha citado por costumbre?

¡No, hombre! El obispo Anselmo es el de aquí, el de Cuenca.

Mire padre, el de Cuenca se llama José María Yanguas.

-¿No me digas? ¡Esta noche no duermo! Pero si yo he preguntado antes de empezar a uno de los curas de aquí por el nombre del obispo y me ha dicho que se llamaba Anselmo.

Hacemos un paréntesis y de pronto caemos en la cuenta. «Sabe, padre, que a lo mejor no le han entendido bien, porque en San Esteban hay un sacerdote que se llama Anselmo y de ahí ha podido venir la confusión». “Pues que me perdone don José María. Y el caso es que cuando oficio fuera de mi territorio suelo decir “por nuestro obispo” y así no me equivoco». La anécdota quedó ahí, y el propio sacerdote Anselmo de la Cruz, que por allí andaba para la siguiente misa, debió quedar un poco turbado. Cosas que pasan.

 

 

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