Serafín Adame: «El Ventano del Diablo parece un sueño de aquelarre»

El Ventano del Diablo, le pareció a Serafín Adame un sueño de aquelarre.

PÁGINAS DE MI DESVÁN. «USTED DIRÁ»: SERAFÍN ADAME, 1 JULIO 1975

El escritor y autor teatral Serafín Adame (1901-1979) conoció Cuenca tres años y medio antes de su muerte. Y cuando le pedimos su opinión sobre la ciudad de las Casas Colgadas, de la que tanto le había hablado su gran amigo César González Ruano, lo hizo con dos palabras, “Un descubrimiento deslumbrador”, seguidas de una amplia parrafada sobre su visión de Cuenca y la Serranía. Serafín Adame estuvo una semana en nuestra ciudad, del 22 al 28 de junio de 1975, con motivo del I Certamen Nacional de Teatro, como componente del Jurado. Adame era uno de los mejores críticos teatrales y autor de numerosas obras, y ya en 1973 había recibido el Premio Nacional de Teatro. Gonzalo Pelayo fue quien hizo las presentaciones correspondientes, y en la Playa Artificial, donde se reunió el jurado para dar su veredicto, charlamos con Serafín, aunque en verdad era un torrente de palabras y para una pregunta tenía siempre una amplia respuesta.

Nos interesaba sobremanera conocer la impresión que se llevaba Serafín Adame a Madrid tras su estancia en Cuenca, donde acudió a siete representaciones teatrales en la Casa de Cultura, y en las horas libres de la mañana se dedicó a recorrer el Casco Antiguo, la Catedral, y, cómo no, la Serranía. A la pregunta, ¿y Cuenca que ha sido estos días para Serafín? Su respuesta no dejó lugar a dudas, aunque a él le sorprendía que por aquel entonces no figurase el Nacimiento del Río Cuervo en las guías turísticas «de todo el mundo». Así mostraba su impresión de su recorrido por Cuenca:

 

El mural increíble del Río Cuervo. Foto: Jotauve

«EL RÍO CUERVO, UN MURAL INCREÍBLE»

«Ha sido para mí un descubrimiento deslumbrador. Desde el Nacimiento del Río Cuervo, que yo no sé por qué no figura en todas las rutas turísticas y guías del mundo, porque yo que soy un enamorado del Monasterio de Piedra, he visto que el Monasterio es fragmentariamente en mínima proporción lo que es ese fresco monumental por el agua. Es un mural increíble donde ríete del arte abstracto, del concreto, etc. Ahí está y da la sensación que ha sido inventado o creado por Wagner, con esa luz, el agua y la vegetación”.

 

 

Le impresionó a Serafín Adame la Soledad de Mena de la Catedral de Cuenca.

«LA DOLOROSA DE LA CATEDRAL LLORA PARA ADENTRO»

Adame miraba a la Hoz del Júcar desde la terraza de la Playa Artificial, teniendo a su lado a Narciso Ibáñez Menta, otro miembro del jurado, y seguía expresando su sorpresa emocional:  “O ese Ventano del Diablo que parece un sueño de aquelarre. Todo es maravilloso, como la Dolorosa de la Catedral, que es la primera vez que he visto que llora para adentro, o como el valor humano de la gente de aquí, desde las autoridades hasta el ciudadano innominado, todos son de una cordialidad y hombredad, como decía Unamuno, conmovedora”.

Palabras que definen la lírica del escritor ante el paisaje que observa. Serafín prometió volver a Cuenca, pero a primeros de enero de 1979 falleció en Madrid. La entrevista con Adame se publicó el 1 de julio en “Diario de Cuenca” en la página 2, en la sección «Vd. Dirá», el día que el escritor cumplía 74 años.

 

El personaje. Serafín Adame Martínez (Madrid, 1 de julio 1901; Madrid, 4 de enero de 1979), procedía de una familia ligada al teatro, aunque sus estudios se encaminaron a la abogacía, que nunca ejerció. El abogado se convirtió en escritor hasta totalizar más de 70 obras teatrales, destacando sobre todo el libreto de zarzuela “El cantar del arriero” (1930), “Paloma de Embajadores o Cada igual con su igual”, entre otras obras, en algunos casos compartidas con Adolfo Torrado y Jardiel Poncela, de quien fue un gran amigo. Colaboró en diversos periódicos antes de la guerra, y durante la contienda estuvo condenado a muerte por pertenecer a la UGT. Ejerció la crítica taurina con el pseudónimo de “Don Inocente” y dado que hizo la crítica teatral en el periódico “Pueblo” cuando escribía obras teatrales lo hacía con otro nombre, para distinguir entre el autor y el crítico. En 1973 recibió el Premio Nacional de Teatro y un año antes el homenaje de la prensa en general por sus “25 años” como crítico teatral.

 

 

 

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