Cambio de mes, que no del tiempo

La Plaza Mayor el sábado 1 de marzo a media mañana. Lluvia y frío.

Febrerillo el loco, un día peor que otro, se fue con “cara de Semana Santa y hechos de carnaval”, que decía la madre de mi buen amigo Juan, cuando no le gustaba el comportamiento de algún sujeto de poco fiar. Se fue febrero con frío, aguanieve y ventarrón, como dándole más alas al largo invierno, pues por la Candelaria no ploró y por tanto la primavera meteorológica aún no asoma en lontananza en los primeros días de marzo, que enlazó con febrero con lluvias buenas para el campo, y viento molesto, que estropearon el fin de semana, largo para los andaluces que festejaron su Día el viernes 28, último día de febrero.

Se notó en Cuenca el “el puente andaluz”, el puente de Triana, que desde Sevilla, Málaga o Córdoba, preferentemente, trajo bastantes visitantes a Cuenca en el AVE. Otros muchos llegaron por distintos medios, de ahí que ya desde el viernes estuviese más animado el Casco Antiguo, con acento andaluz, amén de otros lugares donde “la semana blanca escolar” también propiciaba muchos visitantes. La Plaza Mayor, por cierto, ofrecía una inusual estampa, entre andamios en la Catedral y vallas de obras para canalizar el gas. Fue una pena que tan mal tiempo estropease algunos planes, aunque por lo que pudimos ver en los partes meteorológicos el mal tiempo fue general en la mayoría del país.

Hacía falta un “puente festivo” como el vivido entre el final de febrero y los dos primeros días de marzo, pues febrero había sido un mes flojo para el turismo, y Cuenca es una ciudad que en gran parte vive de ello. Me contaba Ángel Millán, tomando un aperitivo en “La Ponderosa” de la calle de San Francisco, que se había notado entre el viernes y el sábado esa nutrida presencia de turistas de Andalucía recomendados por distintas vías para degustar la gastronomía conquense y sus buenos vinos.

Hace un par de semanas el periódico “El País” ofrecía un amplio reportaje, uno más de su amplia colección dedicados a Cuenca, recomendando espacios culturales para visitar, restaurantes, bares o tabernas para gozar de la excelente gastronomía, y el propio paisaje que la propia ciudad ofrece al visitante, a veces sorprendido por los efectos causados por la Naturaleza en el roquedal de las Hoces, o de la propia Ciudad Encantada, y de la mano del hombre, del albañil o del pintor, sorteando con la plomada el equilibrio vertical de las casas que se asoman a los precipicios desde alturas remotas, lo que hizo que el escritor Pio Baroja observara un burro en un ventanal de los rascacielos de San Martín, como recogía “El País”.

Un burro en la quinta planta. Con este título, Sergio C. Fanjul, se adentraba en la Cuenca miradora y mirada, desde el barrio de San Martín. Explica Fanjul en su reportaje en “El País” que “las mejores vistas se obtienen cruzando el puente de San Pablo, de aspecto industrial y hierro rojo, al gusto de la época en la que fue construido, 1902. No muy lejos está el skyline de rascacielos de Cuenca. Un momento, ¿rascacielos? Bueno, sí, al menos para la época: 12 pisos en el siglo XVI no eran cosa usual. El truco es que, debido a los grandes desniveles entre calles, por un lado del edificio se entra por el bajo y por el otro se accede en la quinta planta, donde Pío Baroja vio asomado un burro y pensó que los nativos estaban locos”.

Esos rascacielos más antiguos que los de Manhattan, como suele repetir Raúl del Pozo en sus menciones que nunca faltan a Cuenca, se sostienen en los rascasuelos de la piedra y la roca, con espejo en el río. El Júcar o el Huécar, que por cierto, estos días bañan la ciudad entre aguas bravas que quieren llegar al mar, que no es el morir, sino el nacer para las playas mediterráneas. En fin, que hubo cambio de mes, pero no de tiempo. La primavera espera vestida de carnaval.

 

 

 

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