El Ventorro de Mari y Herminio

El Ventorro, a once kilómetros de Cuenca, muy cerca del puente del Chantre y toda su zona de merenderos. El Ventorro de Mariana, en cruce de caminos. El Ventorro de Mari y Herminio, pues no en vano este matrimonio fue capaz de convertir una venta de paso de ganado y de gentes de todo tipo: hacheros, pastores, camineros, vaqueros, viajantes, unos a pie, otros en borrico o a caballo, en una casa de comidas que se ganó su buena fama de buen comer, o dicho en román paladino, del buen yantar serrano. Comida recia para soportar los largos inviernos y carnes de ascuarril y tinto con gaseosa para el corto verano. María Poyatos y Herminio Morillas han terminado su ciclo laboral empresarial en El Ventorro por mor de la jubilación y se despidieron de la fiel clientela en una fecha que cada año estaba marcada en rojo de comedor lleno: Jueves Lardero.

 

Maria Poyatos, toda una vida en El Ventorro, comida casera de gran calidad. Feliz jubilación. Foto: Josevi.

Con quince años empezó María Poyatos su aventura gastronómica en El Ventorro con sus padres. Venían de atender el bar de la Ciudad Encantada, donde ella había disfrutado viendo los rodajes de las películas “El Príncipe Encadenado” y “El coloso de Rodas”. Los actores y actrices pasaban por el bar. Ella recuerda a Javier Escrivá, a María Mahor, Luis Prendes, a Luis Morris, a Ángel Aranda, pues en pocos meses en 1960 coincidieron los dos rodajes en la Ciudad Encantada, sobre todo el del Príncipe, pues algunos actores se cambiaban de ropa en el bar o en su casa.

 

Poco a poco El Ventorro fue adquiriendo justa fama, no sólo los fines de semana, sino a diario. Comidas caseras. Bautizos y comuniones. Cumpleaños y aniversarios. Las judías con oreja, la sopa de fideos, la sopa castellana, las ensaladas, y sobre todo el plato estrella del lugar: la alpargata de lomo a la plancha con patatas a lo pobre. Chuletas a la brasa, zarajos y forro. Y cómo no, los elaborados productos de la orza: lomo, costillas, chorizos, morcillas y, naturalmente, las típicas gachas en una sartenilla, con los obligados torreznos y el plato de guindillas. Huevos de corral, pepinos y lechugas del bancal serrano. Jarras de vino y, claro, el aguardiente tan cercano de La Frontera para digerir mejor la recia comida.

 

Cincuenta años ha pasado María al frente del Ventorro, y cuarenta su marido Herminio, que son los años que hacen que se casaron. “Hemos trabajado mucho, y disfrutado con lo que hemos hecho, pues nuestro mejor pago era ver la satisfacción con la que se iban los clientes, que luego volvían”, vienen a decir ambos, ahora que les ha llegado otra etapa de la vida: la jubilación.  También hablan con agrado del personal que estuvo con ellos en  el restaurante, al que había que entrar con mesa reservada o sacando un tiket para el siguiente turno algunos fines de semana. “Nos despedimos el día de jueves lardero porque teníamos muchos compromisos de comidas, como todos los años”.

 

Cuando cerraron la puerta, Mari y Herminio miraron con nostalgia hacia este restaurante sencillo de carretera serrana, que tantas satisfacciones les dio, gracias al trabajo familiar, de día al día, manteniendo la calidad de algo tan sencillo como la comida popular, tan pastoril como serrana, con sabores y olores, que invitaban al viajero a volver.

 

El Ventorro no cierra sus puertas. Un joven emprendedor de Mariana ha cogido las riendas en una nueva etapa. Que tenga suerte y acierto, pues el camino gastronómico que emprendieron Mari y Herminio está marcado. Feliz jubilación.

 

 

 

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