Sinfonia del bravo rumor del Júcar

Júcar y Huécar se juntan en el Remedio, y Cuenca en medio”, recitaba Pedro de Lorenzo en uno de sus cantos a la ciudad en la serie televisiva de “Los ríos”. La sinfonía del agua se hace realidad en estos últimos días del invierno, antesala de la incipiente primavera que se percibe en los primeros días de marzo. Días de relente madrugador y de sol de mediodía. Días para ver correr el agua de nuestros ríos, escuchar su sinfonía por el Paseo más directo que nos lleva casi a tocar sus agua, el Paseo del Júcar, descendiendo por las escalinatas de acceso desde el Puente de la Trinidad.

Es todo un espectáculo de luz, color y sonido. El agua verde del verde Júcar que cobra dimensión literaria en el Romance de Gerardo Diego. El itinerario del Júcar por la Serranía de Cuenca, entre barrancos, fuentes y afluentes, torrenteras y arroyos, tras el deshielo invernal, llena el cauce de agua brava, de espumas que chocan con la piedra y el canto para abrir caminos dentro del mismo cauce del Júcar que se ensancha en la Playa y en el Puente de los Descalzos, hasta llegar con su rumor de río siempre joven, remozado en la primavera.

Rumor del agua que es toda una sinfonía en las torrenteras que bajan desde la Puerta de San Juan, como chorros de oro de límpidas aguas, que se van río abajo hacia el Puente de San Antón y el Canal de Aguas Bravas de El Sargal. Río Júcar que baña a Cuenca, que se abraza a la ciudad, a sus rocas, a sus chopos, en caudal de aguas azules, verdes, plateadas y hasta rojizas en el ocaso.

Aguas que son espejo del paisaje, reflejado en la quietud del discurrir del río, inquieto y vivaracho por San Antón, o en el Remedio, en el encuentro con el Huécar, que también llega crecido tras regar las huertas, y volviendo sus aguas para la calle de los Tintes, gracias a la ingeniería puesta en marcha por Ángel Pérez, para al menos tener una lámina de agua en tiempos de sequía.

Paseo del Júcar

Es momento de darse una vuelta por los Paseos del Júcar, por sus riberas, para disfrutar de la belleza del paisaje, antes de que las hojas de los árboles oculten lo que ahora dejan ver, y escuchar el rumor del agua en esta sinfonía a la que en algunos momentos se suman los trinos de los pájaros.

Escribía Pedro de Lorenzo en “su Cuenca de 1964”, es decir, hace cincuenta años, que “adentrarse en Cuenca, es subir: de peldaño en peldaño fugitiva… De las cercanías del Júcar, la más fría vertiente de Cuenca,  el poeta se ha trasladado a los hocinos. Hasta los valles se empinan, las huertas se plantan en la hoz, escalonando el precipicio; estas huertas, en terraza sobre la hoz, toman nombre consecuente: hocinos. Vista la hoz del Júcar, es como para irse, Cuenca arriba, a lo más alto; traspuesto el Castillo, pintan, a un lado, la cima suave, el blanco muro de un camposanto de canónigos; enamorado el vértigo, al otro lado, los hocinos”.

 

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