El burro de Rochano (o el burro que vio Baroja asomado en la quinta planta)

Fernando Rochano y su Platero.

No sabemos si el borrico que ayer recorría el Casco Antiguo de Cuenca, llevado por Fernando “El Rochano”, con un ramal, causó mayor perplejidad a los vecinos y turistas que el burro que vio Pío Baroja asomado a la quinta plaza de los rascacielos de San Martín, en sus paseos por la ciudad que descubrió y en la que estuvo dos semanas, pues como bien escribía Carlos de la Rica en la revista Cuenca, “don Pío no es un casual y visitante, a Cuenca llega por escribir un relato; recorre la ciudad y penetra en sus portales, se monta –como se debe—escenarios de excepción en los rellanos de las escaleras, al vuelo de los extraños, rarísimos, esperpénticos portales, donde no se sabe qué admirar más, si la extravagante arquitectura o su intenso esoterismo”.

Casi un siglo después de que Pío Baroja recorriese Cuenca palmo a palmo, dejando escritas la novela “Los recursos de la astucia” (1915), con un impagable artículo sobre Cuenca, y  de manera especial con la novela «La  Casa de la Sirena», contando una historia entre la fantasía y la realidad, que aún se va contando entre historias y leyendas. Concluye Carlos de la Rica que “La Canóniga es esa gran novela de Cuenca enormemente fiel al ser de Cuenca. Paradógica Cuenca enfrentada a sí misma en su fatal y misterioso destino”.

Este jueves 10 de abril, cuando la ciudad se prepara para su gran fiesta del alma, la Pasión según Cuenca, con la primera procesión del Domingo de Ramos, Jesús entrando en Jerusalén en la Borriquilla, Rochano ha entrado en Cuenca con su pollino caminando desde Jábaga, por la Avenida de los Alfares y el Puente de San Antón, con el Calvario al fondo, en la cresta de La Majestad. Calle arriba, por la Trinidad y Palafox, con los turbos de acero cortén de José Luis Martínez, el burro ha seguido su trotecillo. Hace más de un cuarto de siglo ver algún borrico por la ciudad, con un haz de leña o con un par de serones portando cántaros de leche no era noticia si además era borrico bonachero, pero en estos días del segundo milenio ver un burro, un mulo, una borrica o un asno en la ciudad no deja de ser curioso. Yo los vi el sábado en la toledana Segurilla, tierra de buen ganado.

Por eso, cuando el borriquito ascendía por el Casco Antiguo, por San Felipe y Alfonso VIII, los móviles disparaban fotos y los wasap escupían la foto pintoresca. El paso por la Plaza Mayor, pasado el mediodía, resultó todo un acontecimiento. Fotos y videos. Este jueves, Fernando Martçinez  Rochano nos ha dado a todos la alegría no de ver un burro volando, sino a un burro caminando como lo hacían los animales de carga de antaño, que por Cuenca abundaban como queda reflejado en añejas fotos.

No hace muchos días el diario “El País” dedicaba unas páginas a Cuenca bajo el título de “Un burro en la quinta planta”, ofreciendo en el relato y en las fotografías, una excelente publicidad para Cuenca. Lo pueden buscar en la red.

Ahora, al ver las fotos del pollino, captadas casualmente por Miguelete, volvemos a releer el texto de Pío Baroja, de su novela “Los recursos de la astucia”, que fue publicado en La Guía de Cuenca de 1923, la primera gran guía que se hizo de Cuenca, con los textos del referido Baroja, Juan Giménez de Aguilar, Odón de Buen, Rodolfo Llopis, y las fotografías de Zomeño, con exlibris de Luis Marco Pérez. Una edición por cierto del Museo Municipal de Arte. Eran los felices veinte.

Fragmento del texto de Baroja: “Cuenca tenía a principios del siglo XIX pocas calles y éstas estrechas y en cuesta. Quintando la principal, que, con distintos nombres, baja desde la plaza del Trabuco hasta el puente de la Trinidad, las demás calle del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.

Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una casa fuera en una calle paralela a un piso alto; así se decía que Cuenca era pueblo en donde los burros se asomaban a los cuartos y quintos pisos, y era verdad”.

Como verdad fue que este jueves 10 de abril, un borriquillo negro azabache despertó la curiosidad de las gentes.

Borricos en la calle Alfonso VIII hacia 1910, fecha en la que Pio Baroja visitó Cuenca durante varios días.

 

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