Silencio nocturno de siglos en el Casco Antiguo

 

Quienes vivimos en el Casco Antiguo notamos en esta primera semana de octubre una paz y una quietud fuera de lo normal, entre el horario vespertino y nocturno, debido al silencio que se respira y se percibe. Ni un ruido. No se escucha ni el reloj de Mangana porque lleva mudo demasiados meses y en paro. Parece que se ha parado el tiempo en la Cuenca Alta en las horas de la noche en la que ni siquiera se escucha el maullar de los gatos, porque ya parece que no quedan desde que murió Goñi, que los pintaba en los tejados. Bux coloca algunos gatos en sus piezas de barro bañado en el Moscas. Si fuese verano se escucharían los grillos y el bla, bla, bla de las terrazas. No se oye ni el ulular del viento, pues ha llovido en la tarde y el aire está calmado. ¿A qué se debe este silencio en el Casco, que nos traslada a cien años atrás cuando no había coches y sólo se escuchaban los rebuznos de los borricos que se asomaban a los rascacielos de San Martín para que Pío Baroja se rascase la cabeza y escribiese que había visto a un asno en el ventanal del quinto piso? Parece un silencio de siglos.

Bueno, pues este silencio expectante, de calma chicha, se debe a que por las obras de reconstrucción del muro de la calle Alfonso VIII, en su confluencia con la de Andrés de Cabrera, se ha cortado el tráfico por tres días y medio desde San Felipe a la Plaza Mayor, y los vecinos de la Plaza o del Castillo, si quieren coger el coche tienen que bajar o subir por las Casas Colgadas, que será el próximo muro que se arregle pues su mal estado lo está pidiendo a gritos. (Hablando de las Casas Colgadas, el cartelito obligatorio de obras bien podría colocarse en otro lugar que no rompa la foto de los turistas).

El autobús se queda en los Oblatos, en la puerta del mismo parquin, que quién lo diría, está solucionando muchos problemas de accesos a la Plaza Mayor, debido a los ascensores, de cuyo mantenimiento algo pagan los paganos del aparcamiento, y todos se benefician.

Este silencio que nos evoca épocas pasadas bien podría ser la antesala de los actos que se anuncian para el sábado 4 de octubre, a cargo del Grupo Conca, en la Plaza de la Merced, con la Recreación Histórica de las Exequias del Rey Alfonso VIII. Para entonces la retroexcavadora gigante que martillea la roca del muro ya se habrá callado y volverán los coches como volverán las oscuras golondrinas, algunas a las hiedras del muro de Alfonso VIII.

He paseado estas noches por la calle de Alfonso VIII, por Mangana y la Plaza Mayor para percibir ese silencio nocturno, mirando hacia Tiradores y Villa Román desde las escalinatas apagadas de Zapaterías, con el ascensor en su lugar de descanso desde el día que de inauguró el acceso escalonado. Y en ese silencio que parece de siglos y la visión de centenares de luminarias blancas y anaranjadas, entre las casitas de Tiradores, han venido a la imaginación escenas de lo que pudo ser la  Cuenca de tiempos pretéritos, dorados y hambrunos, que la crisis se repite demasiado en el transcurrir del calendario. Merece la pena vivir, sentir y notar esta experiencia de varias noches sin coches, aunque nada nuevo hay bajo el sol, pues entre 1992 y 1993, el Casco Antiguo se vio sin coches durante año y medio debido a las obras de pavimentación desde Palafox hasta la Plaza Mayor.

Noches de silencio para el recuerdo, porque durante el día, la máquina picadora y trituradora de piedras de siglos empieza su traqueteo y entonces surge la ocurrencia: ¡con lo bien que estábamos sin coches!

En fin, que al muro de las lamentaciones de San Felipe le ha llegado su hora de dejarlo como un San Luis, o un San Felipe de Neri, que está al lado en un magnífico cuadro de Luis Roibal presidiendo el Altar Mayor. A la derecha, en su Retablo dorado y verde, la venerada imagen de Jesús de Medinaceli.

Ello nos recuerda que en la próxima Semana Santa, entre finales de marzo y comienzos de abril, el muro debe estar terminado (dicen que estará antes de Nochebuena) y con ello volverá el público a situarse en las barandillas y balaustradas para presenciar las procesiones y el Miserere al Jesús de las Seis, pero a med8iodía, en otro silencio de calma chicha, roto por clarines y tambores. De momento, silencio en la noche. Por el día hablarán las piedras ante el feroz martillo de la máquina super-retroexcavadora. Arriba, Mangana aguarda su hora. Que hable el Consorcio.

 

EL MURO Y LA PIEDRA

(Artículo publicado el 13 de feberro de 2012 en «El Día de Cuenca» y en esta sección)

Sobre esta piedra edificaré Cuenca, debió pensar el Creador cuando los vientos y el agua modelaron esta ciudad de roca y piedra en la que la mano del hombre, con yeso y madera, puso su arte creativo desafiando en la verticalidad todas las leyes de la plomada, levantando casas, unas sobre otras, entre los huecos rocosos que lo permitían y las medidas, a ojo de buen cubero, de las vigas que, enlazadas una sobre otras, formando equis y cruces, lograban sostener las techumbres y las casas entre las riscas. Un milagro de la Cuenca medieval que se mantiene hasta nuestros días y que las distintas reformas dan a la luz parte de nuestra historia.

Pueden observar por ejemplo, antes de que empiecen las obras de reconstrucción, los huecos de la casa derribada en la Plaza Mayor, tras unos veinte años declarada en ruinas. Parece un jeroglífico arquitectónico de cómo una vivienda formaba parte de la otra, en un trozo de pared, de cocina o de retrete. Los puntales sujetan el espacio habitable entre el espacio hundido en una especie de habilidad circense. Así se construía en el Casco Antiguo, entre huecos repartidos de una casa a la otra, formando ese conjunto de fachadas tan pintorescas, que trataban los maestros de los yesares, sin divisiones horizontales.

Ahí tenemos, diseccionada entre sus antiguas piedras, muros, muretes y algibes, la plataforma de Mangana con sus ruinas de la antigua iglesia de Santa María, esperando que, tras ser anotada su pétrea historia, pueda tener la solución arqueológica final para que quede visitable y por tanto accesible, tras tantos años mareando la perdiz, con una sensación de abandono y tristeza.

Tenemos también la muralla del Carmen que hace cuatro años vio la luz cuando se derribaron unas viviendas en la plaza del Carmen para ser rehabilitadas. La aparición de la muralla fue una buena noticia para el memorándum arqueológico de la zona, pero van pasando los días y sobre los huecos de esa muralla aparcan los coches y se espera como agua de mayo que se le dé una solución para mejorar el entorno y ofrecer otra posibilidad turística.

Estado del muro en marzo de 2012

Lo más reciente ha sido el muro de la calle Alfonso VIII, la antigua Correduría, que ya es motivo de peregrinación de la curiosidad conquense y de sorpresa para los turistas. Un muro más que centenario que parte desde la balaustrada de Zapaterías y que llega hasta la esquina de la subida a El Carmen. Por esa calle ascendió y descendió la comitiva del Rey Alfonso XIII el 6 mayo de 1905, con ocasión de su visita a Cuenca. El alto muro de piedra fue testigo de la regia visita y de tantos acontecimientos. Fue en esos años cuando se fueron derribando casas en lo que es hoy la calle de Andrés de Cabrera y la subida al Colegio, también recogida en postales.

El hundimiento obligado por las circunstancias de esa parte del muro de Alfonso VIII, desde San Felipe hasta la esquina y entrada al refugió, ha dejado al descubierto la piedra y la roca, que es esencia de Cuenca. Toneladas de piedra y escombro se han sacado, dejando a la vista una imagen más propia del siglo XIX. El hundimiento se ha hecho en un tiempo récord que avala a los profesionales que lo han hecho, en días de frío y nieve. Ahora viene la interrogante de si construirlo como estaba o dejar a la vista ese monumento rocoso que se adivina, en una zona donde existe un Colegio y donde el acceso de escalinatas es imprescindible.

Otra imagen de marzo de 2012. El autobús, amarillo otoño. Desde hace dos años los autobuses son de color rojo.

La cosa puede ir para largo. De momento, la próxima Semana Santa las velas nazarenas pasarán entre la piedra como en el Medievo, pero el Miserere de turbas en San Felipe tendrá su tercer año sin público en las barandillas de Andrés de Cabrera.

(Ver también en categoría El Tin-Tan de Mangana el artículo «Roca y Muralla» del 30 de marzo de 2012)

 

 

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