El recuerdo de Joaquín Blume, perenne en la Serranía de Cuenca

 

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La serie “Páginas de mi Desván”, de José Vicente Avila, que se emite los martes en el programa “Hoy por hoy”, de Ser Cuenca, estuvo dedicada el 28 de abril al trágico accidente del 29 de abril de 1959 en la Sierra de Cuenca. Con el título “El recuerdo de Joaquín Blume, perenne en la Serranía de Cuenca”, Paco Auñón y José Vicente Avila hablaron sobre la tragedia aérea y de qué manera la prensa relató los pormenores del accidente y de las escenas vividas en el Pico del Telégrafo. El programa se puede sintonizar en facebook, “Hoy por Hoy” Ser Cuenca

 El nombre de Joaquín Blume Carreras, Atleta, con mayúsculas, ha quedado grabado para siempre en la Serranía de Cuenca. Un monolito, con los nombres de las 28 víctimas, recuerda la tragedia ocurrida el 29 de abril de 1959, jueves, en el Pico del Telégrafo, de 1858 metros de altura, entre los términos municipales de  Valdemeca y Huerta del Marquesado. Eran las 17,20 horas, cuando el avión bimotor de pasajeros Madrid-Barcelona, un Douglas CD-5, de la compañía Iberia, que iba a hacer escala en Barajas para seguir viaje a Santa Cruz de Tenerife, se estrelló en la zona del pico más alto, quedando totalmente destrozado.

En aquella tarde nublada de abril pronto empezó a oscurecer en la Sierra poblada de pinos. Pero hasta casi dos horas después de la tragedia, el avión siniestrado no fue descubierto por varios obreros que se encontraban realizando hoyos en el monte para la repoblación forestal. Aún con el recuerdo del avión siniestrado recientemente en los Alpes, nos recuerdas José Vicente desde tu Desván, el terrible accidente aéreo del 29 de abril de hace 56 años en la Serranía de Cuenca, que tuvo aún mayor transcendía, porque entre los fallecidos estaba Joaquín Blume, su esposa, y el equipo español de gimnasia, que iba a actuar en Canarias en los primeros días de mayo.

En verdad que aquella noticia tuvo un gran impacto en España y en el mundo en general, tanto por el accidente en sí, porque había 28 fallecidos, pero sobre todo porque entre las víctimas estaba el atleta Joaquín Blume, quien con sus 25 años era uno de los iconos del deporte español. Yo iba a cumplir nueve años y recuerdo que la maestra en la escuela nos habló de la noticia, diciéndonos que el atleta Blume era tan bueno que hacía “El Cristo” entre sus modalidades de gimnasia con los aparatos, sujetando las anillas en quieta verticalidad. Si hacía poco más de año y medio los chiquillos de entonces habíamos quedado impresionados con la caída del autobús de la Roda al rio Júcar cerca de Valdeganga, con 30 muertos, ahora nos impactaba saber que un avión había caído en una montaña que imaginábamos podía ser como el Cerro del Socorro.

Monolito con cruz en el lugar del accidente.
Monolito con cruz en el lugar del accidente.

-Como bien dices, el nombre de Joaquin Blume acentuó aún más la trágica noticia del accidente aéreo.

 -Por supuesto. Lo que ocurre es que a los chicos que teníamos entre 8 y 10 años nos sonaban más los nombres de futbolistas como Di Stéfano, Kubala, Santamaría, Puskas, Ramallets; los equipos del Real Madrid, Barcelona y el Athletic de Bilbao de Carmelo y Gaínza o el Atlético de Rivilla y Collar. Sabíamos que alpinista Edmund Hillary, era el mejor del mundo, pues salía en el cromo 111 del chocolate “Hueso”, y llenando el álbum nos daban un balón. El nombre de Blume lo conocimos nosotros cuando falleció en ese accidente, pues no venía en los cromos como los futbolistas. Entonces supimos que Blume fue Campeón de Europa de Gimnasia en 1957, y que era la gran figura, el mito del deporte español; años más tarde nos enteramos de que al gran gimnasta el régimen franquista no le dejó participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne, a los que España no acudió, y en los Mundiales de Gimnasia de 1958, que se celebraron en la URSS. Era el deportista español de mayor  relieve, junto a Bahamontes, que ese año de 1959 ganó el Tour de Francia, y por tanto el espejo en el que se miraban los deportistas que empezaban. Luego saldría nuestro Luis Ocaña…

-Parece ser que el accidente se produjo pasadas las cinco de la tarde y hasta más de dos horas después no se tuvo conocimiento.

-Por las noticias que publicó esos días la prensa, el bimotor de Iberia salió del aeropuerto de El Prat pasadas las tres de la tarde, y su última comunicación fue con el Observatorio de Calamocha, una hora después. Parece que volaba con un fuerte viento en contra en una tarde gris, con niebla en la Serranía de Cuenca donde había nevado y lo seguía haciendo intermitentemente. Tanto el diario local “Ofensiva”, que desplazó a su director Eduardo Carbó, como la totalidad de la prensa nacional dedicaron grandes espacios a la tragedia, y en su relato señalaba que el aparato chocó a veinticinco metros de la cima del Pico del Telégrafo o monte Collado Bajo. “Abruma pensar, escribía Carbó,  que una ligera desviación de metros hubiera permitido a la aeronave alzarse segura por encima de la vaguada de la montaña para no caer vencida en la umbría, destrozando su línea y muchas vidas sobre un mar de pinos”.

El Día de Cuenca, 2009
El Día de Cuenca, 2009

 -Parece que alguna pasajera estaba aún con vida cuando llegaron los obreros que trabajaban repoblando el monte…

-El grupo que descubrió los restos del avión y de los pasajeros estaba formado por Antonio Iglesias Martínez,  José Marco Domingo y Víctor López, que dieron pronto aviso a la Guardia Civil, corriendo monte abajo. Con ellos iban el guarda forestal Francisco Sánchez Rodríguez y el obrero Juan Jiménez, que se quedaron custodiando el aparato. Relataba el director del periódico que el guarda forestal aún pudo escuchar el lamento de una pasajera rubia que agonizaba: “Él no pudo hacer otra cosa que cubrirla contra la ventisca. La muerte se ciñó a aquel cuerpo contra los febriles cuidados del buen guarda forestal”, señalaba Carbó. La noticia llegó a Valdemeca en torno a las ocho de la tarde y a partir de entonces, al mando de la Guardia Civil, los vecinos de esta población, de Huerta del Marquesado y alrededores, comenzaron los preparativos para prestar su ayuda, llevando numerosos pares de mulas, unas cuarenta, pues había que ascender la ladera en plena oscuridad.

-Podemos decir que las gentes de la Sierra fueron muy solidarias, en una noche y madrugada frías, con trabajos ímprobos.

 -Impresionado por lo que tenía delante de sus ojos, Eduardo Carbo escribía en la prensa conquense: “Vivimos algo así como “una noche en el monte Pelado”, con toda la escenografía de una inclemente tempestad. Un viaje a tono con el triste acontecer del choque del invento humano contra la creación divina. Una llegada al comienzo mismo de la senda forestal, con todos los ingredientes de lo heroico. Una subida sobre alfombras tupidas de lodo; a través de barrancos sorprendentemente agrestes; sobre nieve resbaladiza y traidora; contra árboles y arbustos enemigos del paso ajeno;  una subida, sin tópico, a la desesperada, interminable en la brevedad de sus tres horas largas, en la noche oscura de manto de cuervo, orquestada por unos aires restallantes contra las copas de los pinos, y agravada aún más, si ello es posible, por millones de copos blancos, lentos, persistentes…

Imaginamos las escenas entre la nieve, los restos del avión, la luz de las hogueras, la tragedia en sí para ir recuperando cuerpos y material.

Lo decía el propio Eduardo: “se puede dar rienda suelta al pensamiento cuando descansa la pluma y la mano no encuentra más que nieve alrededor”. Había que subir a la montaña, pero sin helicópteros. La descripción es tremenda:”En la ascensión hasta el pico del Telégrafo, cima del sistema Collado Bajo, demarcación de la Sierra de Valdemeca, pensábamos en muchas interrogantes. La ingenua descripción de Julián Chico, de Valdemeca, pastor de cayado o segador de hoz, según las épocas, nos movía a ello. “Muy mala cosa es aquello, señores”. Y la fila interminable formada por el gobernador militar de Cuenca, el periodista y los treinta y tantos guardias civiles llegados de toda la zona, seguía su caminar hacia los picachos con fulgores fantasmagóricos de la luna atacada por la niebla y resoplidos de la tempestad”

El Día de Cuenca, 1959
El Día de Cuenca, 1959

-¿Qué encontraron al llegar a la cima los socorristas, periodistas y fuerzas del orden?

El relato de Carbó, pocas horas después del suceso, nos parece el guión de una estremecedora novela: “En el lugar, cuatro hogueras. Cuatro fulgores divisados desde muchas leguas, en forma de una cruz piadosa para los caídos en el culto al progreso. Como un rojo manto de duelo sobre la nieve cubierta de sangre y de horrores. Como los aros fulgurantes en llama olímpica del último tributo a Joaquín Blume, el gimnasta sencillo y caballero, gala y orgullo del deporte nacional. Porque también Joaquín Blume estaba allí. Inerte, recogido, helado. Cabeza destrozada. Caja torácica renegrida por el fuego (en suspenso su respiración rítmica, suave, de gran maestro de la cultura física). Extremidades quebradas mil veces (las que pendieron precisas de las anillas y de las pasarelas, al juego libre de su inspiración portentosa). Su juvenil cuerpo roto, y el de su esposa. A punto de ser felices padres de una criatura,  víctimas un accidente que no nos explicamos.

Además del joven matrimonio Blume, había otros 26 fallecidos.

-El relato del periodista de Cuenca parecía escrito para “El Caso”, pues a la información añadía una literatura amarillista: “Y allí estaban muchos otros cuerpos esparcidos en la penosa impresión de un museo de figuras horribles. Junto al timón de cola intacto. Junto al ala colgante de dos pinos, batida por el viento con sonidos de escalofríos en la balbuciente madrugada. Y allí están varios billetes de mil pesetas llenos de sangre. Y un pasaporte con la sonrisa iluminada de la desgraciada Olga. Y un libro de tapas azules titulado “París”. Y una sortija con un solitario brillante en una mano helada. Y un zapato blanco y negro de señora. Y hasta un renegrido y maloliente tubo de escape. Y las hélices retorcidas como algas caprichosas. Y los motores quemados. Y una maleta lanzada por el brutal impacto del choque, contra los pinos altos, verdosos y mudos”.

 Es justo destacar la colaboración de los vecinos, voluntarios solidarios ante la tragedia.

-Cientos de personas de toda clase y condición fueron subiendo, en muda caravana, hasta la arista del monte pedregal, se leía en la prensa. Y allí estaban para recibirlos, Policarpo, el alcalde de Valdemeca, y don Francisco, el cura párroco, y muchos concejales, y muchos vecinos, y un gran contingente de la Benemérita. Sin cenar, sin dormir, sin almorzar, cayendo sobre la nieve y levantando la moral contra duelos y quebrantos, seguimos presenciando los actos finales del accidente, apuntaba Carbó. La actuación del juez de Instrucción de Cañete; el servicio de lugareños y de tropas del Ejército del Aire en el traslado de los restos (todos, menos tres, identificados en las alturas.

 Relato final para el traslado de los restos, entre el monte y aquellas sinuosas carreteras

-Descripción novelada también: “La caravana de las ambulancias y coches fúnebres, el piadoso santiguarse de las ancianas de Huerta del Marquesado al marchar los cuerpos hacia Cuenca; la veloz carrera de muchos automóviles hacia la pequeña aldea de Huerta, llevando familiares acongojados junto a los destrozados seres queridos. Después, la propia despedida a estas tierras que recobraron con el nuevo día un espléndido sol, nublando la tragedia. A estos campos verdes que prometen ya, pese a los pesares de los hielos, una feraz cosecha. A estas gentes que trabajan abnegadamente sus tierras y que se juegan la vida con un pronto optimista y noblote cuando saben que el prójimo está en peligro y que necesita ineludiblemente de ellos.

En suma, que el horror se apoderó de la bella Serranía conquense aquel 29 de abril de 1959.

“¿Cree usted que mi chico enfermará viendo tanto horror allá arriba?, -me dijo una buena mujer de Huerta del Marquesado, terminaba escribiendo el periodista, que pasó tantas horas entre el barro, la nieve y la tragedia. Yo le aseguré que no. Que visiones como la de este accidente forman lo suyo. Que lo diga, sino, la unidad y la solidaridad humanas vitalmente encarnadas en Francisco Sánchez, el guarda forestal que estuvo a punto de volver a la vida a una muchacha rubia, entre los furores del viento y el fragor de la tormenta, sobre un picacho que ha entrado por derecho propio en la posteridad de la crónica negra”. Yo te puedo decir Paco, que estuve con José Luis Pinos en mayo de 1976 en el lugar del siniestro del Jumbo iraní, cerca de Huete,  que se cobró 17 vidas y es una impresión muy difícil  de olvidar. Quienes no olvidan la tragedia de Valdemeca y Huerta son los componentes de la Marcha Blume, que el sábado 25 de abril celebraron la X edición, con más de medio millar de participantes.

 

 

 

2 comentarios en “El recuerdo de Joaquín Blume, perenne en la Serranía de Cuenca

  1. Me afectó especialmente la noticia pues yo había ido al Gimnasio Blume y le veia cuando entrenaba.

  2. Comentario de Pepe Alfaro en Facebook: Amigo JV. Te aporto un dato curioso sobre aquel fatídico día. Entre los miembros del equipo nacional de gimnasia figuraba un joven llamado Francisco Martínez Celeiro (Barcelona, 1937), que no pudo tomar el avión porque llegó tarde. Gracias a esta pequeña informalidad salvó la vida y después se dedicó durante una docena de años a hacer de actor, principalmente en películas de género de serie B con el seudónimo de George Martin, y donde a pesar de sus limitadas dotes expresivas fue uno de los contados casos de un español que llegó a protagonizar varios spaghetti-westerns. Dejó definitivamente el cine en 1975.

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