Cela y la Cuenca abstracta, la de la piedra gentil, que olvida su centenario

ESPACIO EMITIDO EL MARTES 24 DE MAYO DE 2016 EN EL PROGRAMA “HOY POR HOY CUENCA”, DE LA CADENA SER, QUE DIRIGE Y PRESENTA PACO AUÑÓN.

http://cadenaser.com/emisora/2016/05/24/ser_cuenca/1464097062_655912.html

Se ha cumplido en este mes de mayo, en concreto el pasado día 11, el centenario del nacimiento de Camilo José Cela, el Premio Nobel de Literatura de 1989, amén de otros reconocidos galardones como el “Príncipe de Asturias”, dos años antes, y el Premio Cervantes. El escritor gallego, recordado cómo no en la Alcarria, por su viaje literario de 1948, también pisó tierras de Cuenca, pues como bien recordaba el periodista José Luis Muñoz, “en cierto momento de su vida, personas inteligentes lograron de Cela, antes de ser premio Nóbel, una simpática relación con Cuenca, que se tradujo en varios artículos memorables, de los que dignifican cualquier antología”.

José Luis Muñoz recordaba el pasado enero esta efemérides del centenario del nacimiento de Camilo José Cela, que está teniendo mucho eco en la Alcarria, pero que en Cuenca ha pasado desapercibida, precisamente en un año cargado de efemérides para la ciudad, pues además de sus escritos sobre Cuenca, que son referencia obligada para cualquier investigador y escritor, Cela fue homenajeado en nuestra ciudad, reconociendo su obra y dando su nombre a un Mirador en la Ronda del Júcar. Hoy, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos invita a recordar la figura del escritor que definió a Cuenca como abstracta y de la piedra gentil, en un memorable artículo publicado hace 67 años, que nunca pierde su frescura.

-La verdad que ha sido un olvido que se podía haber obviado con cualquier recordatorio en este año de tantas efemérides para Cuenca. No podemos olvidar  que el 27 de mayo del año 2000, es decir, hace 16 años, Camilo José Cela fue nombrado Académico de Honor de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, coincidiendo con el quincuagésimo o cincuenta aniversario de su primer viaje a Cuenca, en un acto celebrado en la Diputación, en el que también le fue entregado al Premio Nóbel de Literatura la Medalla “Cuenca Patrimonio de la Humanidad”. El entonces presidente de la RACAL, Nicolás Mateo Sahuquillo, dijo que Cela había estado en Cuenca antes de realizar su famoso viaje a la Alcarria, pero sobre todo se le distinguía porque había “sido capaz de instalar las letras castellanas en todo el mundo”. La Real Academia, decía Sahuquillo con cierta solemnidad, recibe hoy a un español universal que pertenece al parnaso del planeta azul que habitamos, porque ha sido reconocido con el mayor de los honores que un creador puede recibir en vida: el Premio Nobel de Literatura”. Camilo José Cela, que pronto se prendó de Cuenca, ya es un poco más nuestro”.

Un acto sin duda histórico, como comentas, en el que también recibió Camilo José Cela la Medalla de Cuenca Patrimonio de la Humanidad por parte de la Diputación Provincial.

-Son esos actos en los que se suele decir que pasan a los anales de la historia conquense. El entonces presidente de la Diputación Provincial, Luis Muelas, entregó a Camilo José Cela la medalla “Cuenca Patrimonio de la Humanidad”, que diseñó Antonio Saura, y en ese momento era la quinta persona que la recibía, pues hasta ese momento la habían recibido el entonces Príncipe de Asturias y actual Rey Felipe VI; el propio Antonio Saura; el ex director de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, a quien tuve la suerte de entrevistar el Viernes Santo de 1997, tras entregar a Cuenca el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad, y Antonio Pérez, crítico de arte, escritor y editor, alcarreño de Sigüenza, quien ayer mismo me hablaba de Cela y sus viajes a Cuenca, saboreando el paisaje, el vino y el morteruelo, y de alguna carta que él tiene firmada por el escritor gallego con ese jocundo y grueso humor sardónico que le definía.

-¿Cuál fue la respuesta de Cela a ese nombramiento y homenaje que Cuenca le tributó año y medio antes de su muerte?

-Camilo José Cela, que entonces ya tenía 84 años, manifestó que ese nombramiento era para él un motivo de satisfacción y orgullo. El Premio Nobel dejó constancia de sus sentimientos hacia esta “vieja y noble ciudad de Cuenca que parece colgada del aire, que parece milagrosamente extrahumana”, decía con cierta solemnidad. “Cuenca existe de verdadero milagro. Cuenca y el tiempo son los grandes aliados para su permanencia. Es algo que no tiene mayor explicación ni debe buscársele siquiera”, manifestó el Premio Nobel, que dijo que ese nombramiento lo iba a colocar en su Fundación de Iría de Flavia, para concluir en el “mayor devenir de los amigos de Cuenca”

-¿Cuándo conoce Cuenca Camilo José Cela? Pues en esa referencia de la RACAL se citan los cincuenta años de su primera visita, antes que el viaje a la Alcarria.

-No hay una fecha fija, aunque sí alguna referencia puntual, pues en 1944 se publicó el libro “Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo” en el que Cela cita a Cuenca en este párrafo: “El único hombre que me pareció decente, y no me equivoqué, lo fui a encontrar a media legua de la población que llaman Cuenca –después de haber andado con los franceses cerca de seis o siete meses–, hermosa ciudad, grande como nunca la había visto, con su catedral, su obispo y su gobernador…”. Contaba Florencio Martínez Ruiz, en un amplio artículo titulado “Cuenca vista y descrita por Camilo José Cela”, que el escritor de Flavia era habitual de la tertulia de Federico Muelas en su botica de la calle Gravina de Madrid, a la que asistían escritores como Mariano Tudela, Pedro de Lorenzo o Pérez de Ayala, y allí se hablaba de Cuenca, ciudad que quiso conocer casi a pie como un ensayo para su Viaje a la Alcarria.

La Catedral, con parte de su antigua balaustrada
La Catedral, con parte de su antigua balaustrada

-¿Podemos decir entonces que Cela llegó a Cuenca de la mano de Federico Muelas como tanto otros poetas y escritores?

-En aquellos años difíciles de posguerra, Federico Muelas quiso sacar del olvido a su Cuenca y en esa tarea implicó al entonces joven escritor Camilo José, amante además de los viajes y las aventuras. Ya de muy jovencito, cuando a Cela le entró la vena de ser torerillo, coincidió con el faquir conquense, Gonzalo Mena Tortajada “Dajatarto”, que como novillero se anunciaba “Arenillas de Cuenca”. Contaba Cela en su Viaje a Andalucía, que por tierras malagueñas había conocido en su juventud a “Dajatarto”, que por entonces se hacía enterrar en el ruedo de una plaza de toros y él se encargaba de cobrar las entradas. Pero volviendo al Cela que descubre Cuenca, Martínez Ruiz apunta que, “obediente a la ley del vagabundaje –sin duda la única ley a la que guarda fidelidad— Camilo José Cela descubrió a Cuenca muy pronto. Estuvo aquí incluso antes de lanzarse como peregrino errabundo por las tierras de la Alcarria. Hoy, que los lauros inmortales coronan su frente  es un privilegio recordarlo, escribía Florencio tras el Nobel a Cela, para rubricar:  “Y es que cuando la existencia de Cuenca era negada hasta setenta veces siete, nuestro don quijotesco y sanchopancesco escritor, en sus dos caras al mismo tiempo, vino a romper una lanza por nosotros. No éramos una reserva “sioux” por supuesto, ni tampoco un renglón vergonzante en los carteles de ciego… Necesitábamos una palabra que nos devolviese a la existencia. Una palabra bien dicha y exacta. Y Camilo José Cela la dijo”.

 

CUENCA ABSTRACTA, LA DE LA PIEDRA GENTIL

Se refiere sin duda al famoso artículo de “Cuenca abstracta, la de la piedra gentil”, publicado en libros, revistas y ahora cita obligada para entes y personas en los perfiles de “twitter” o “facebook” de internet.

piedra gentil

-Es curioso, Paco, que Cela titulase “Cuenca abstracta” un artículo publicado el 23 de junio de  1949 a toda página en el diario “Arriba” que fue tan premonitorio de algunas de sus citas o palabras. El periódico “Ofensiva” lo reprodujo el 26 de junio, señalando que el joven y gran novelista contemporáneo preparaba un libro sobre Cuenca. La ciudad abstracta, cubista y medieval, que dibujase Cela, abría sus puertas, tres lustros más tarde, al Museo de Arte Abstracto. El artículo de Cela debiera ser cita obligada en nuestros colegios, como el “Soneto a Cuenca” de Federico Muelas. Escribía el tantas veces citado Florencio Martínez, que “tan bella página ha quedado como una de las grandes páginas –otras fueron las de Carpentier, Unamuno, Julián Marías, González-Ruano, Torrente Ballester, Pedro de Lorenzo, el propio Federico Muelas, etc.— capaz de desahuciar definitivamente los demonios familiares que durante tantos años rondaron nuestras almenas celtibéricas”.

Quizá José, el mejor homenaje que podemos dedicar a Cela desde Cuenca, en este programa es rescatar de este Desván de cada martes el artículo “Cuenca abstracta, la de la piedra gentil, publicado también en el libro “A vueltas con España”, prologado por Dionisio Ridruejo. Lo leemos si te parece como en aquellos ejercicios escolares de lectura compartida:

«Cuenca abstracta, pura, de color plata, de gentiles piedras, hecha de hallazgos y de olvidos —como el mismo amor—, cubista y medieval, elegante, desgarrada, fiera tiernísima como una loba parida, colgada y abierta; Cuenca, luminosa, alada, airada, serena y enloquecida, infinita, igual, obsesionante, hidalga, vieja Cuenca.»

El viajero ha descubierto Cuenca, y al viajero no le cabe el corazón en el pecho. El viajero es hombre a quien Dios, de cuando en cuando, aún reserva el último goce de descubrir cada mañana, y como sin querer, todo un mundo de inefables mediterráneos ya descubiertos.

Una alegría ingenua, alada y casi anciana, como las pompas de habón que hinchare el viento, el airecillo fresco de cien siglos, corre las apuradas venas del viajero, y el viajero, un poco alucinado, vuelve a Cuenca, caminando las pardas manchas, los verdecillos huertos, con la sangre haciéndole tararira en las sienes, la memoria colmada como un jarro que se derrama, el recuerdo enamorado y encalladas las manos, que tan bien palparon, de palpar piedras gentiles.

Corre el galgo del Júcar tras del lebrato Huécar dando una larga torera a todas las vedas, y las piedras más altas de Cuenca, aquellas que más hondo se miran en las hondas aguas, tiemblan, quizás sobrecogidas, al latir del aire, que de fino corta el aire, de azul es ya argentino y de sutil no marca las distancias.

Hoz Huecar

Ni es cierta la plomada. Ni es Newton verdad. Ni es exacto Descartes. Ni la escuadra y el cartabón. La naturaleza marcha delante; a la zaga, el arte. Cuanto más lejos marchemos, más cerca está Cuenca. En la pintura, Picasso –calle de los Tintes; en la escultura, Gargallo o Ángel Ferrant –las infinitas piedras de las hoces–; en la arquitectura, Gaudí –calle de la Moneda–; en la música, un mirlo que se queja en el cementerio de los ajusticiados.

Cuenca es la ciudad que viene, no la ciudad que se va. Con Cuenca no pueden ni los conquenses que se empeñan en tirarla abajo. Cuenca es la nueva geometría, la geometría que Euclides se dejó en el tintero sin fondo de los geómetras, ese tintero de donde van saliendo lenta e incesantemente, como marcha de la estrella de Goethe, todas las formas descubiertas y por descubrir.

Caminando Cuenca, trotando Cuenca, galopando Cuenca, al viajero le brotan, de súbito, alas en el alma, desconocidos mundos en el mirar.

Cuenca es el caserío que todo lo justifica, el baluarte inexpugnable a cualquier acto que no fuese la imprevista traición, el sosiego y la lucha.

Si la gente sonríe, casi con beatitud, ante el muro que se ve nacer para alumbrar el aire, o ante el balcón que cuelga sobre el aire para alumbrar todos los rosales del mundo, es quizás porque Cuenca, la de la piedra gentil, significa ese mundo nuevo y lleno de inverosímiles rosales que la gente que sonríe ya ha intuido, igual que un zahorí el oculto tesoro, la veta del oro, la vena del agua fecunda y mansa como un vientre.

Cuenca es ciudad para digerir, para rumiar despacio como una merienda antigua, abundosa y atroz. O para beber de golpe, como el mal vino de la buena borrachera, esa borrachera en la que nos da por cantar y por jurar amor eterno a cada piedra, a cada insecto, a cada pájaro, a todas las criaturas.

Con Cuenca al lado, como un amigo firmísimo, el viento arrebatado del corazón cobra íntimo sentido de amoroso lamento, de quejido sutil. Y con Cuenca enfrente y abierta  como una granada, el cauteloso huracán de la sangre silba, saltarín como un corzo adolescente, ante los ojos pasmados gracias a Dios.

Porque a Cuenca, que es riquísima, porque todo lo tiene, y pobrísima, porque todo lo da, sólo le falta que le pinten de blanco la torre de Mangana, ese pastel en que termina la acrópolis de don Federico.

Que es bien poco, mejor mirado.

Impagable artículo, no cabe duda, que venía a indicar que Don Camilo había visitado la ciudad pocos meses antes.

-Así lo recogía también la prensa, e incluso Raúl Torres habla de un encuentro con Cela, Federico Muelas y González Ruano, por la Plaza de los Carros ese año. Cela volvió al año siguiente en 1950 para conocer la Semana Santa y de paso escribió unas coplillas a la Virgen de la Luz, coronada el 1 de junio de ese año. De esos días nazarenos en Cuenca, Raúl Torres escribía en  el libro “Cela y Cuenca”, que es todo un homenaje a Camilo José Cela y un reconocimiento de su obra conquense:

San Juan de la mañana, camino del Escardillo.
San Juan de la mañana, camino del Escardillo.

“En estas aventuras pasionales, misterios alrededor de San Juan “el guapo” con escolta de tambores cercanos, clarines lejanos, ayer turbadores, y ronquidos de horquillas golpeando la piedra gentil, los cantos rodados de la calle del Peso Real, a la altura del número 16, entre silencios de auroras y tufos de cafés, magdalenas y churros. Hasta ahí subió Cela a catar los churros de la señora Ascensión, de la mano de Federico Muelas, César González Ruano, Eugenio Montes, Florencio Cañas, Luis Roibal y este cronista, o sea, Raúl Torres. Era la mañanita de San Juan, “el de las seis”, y Camilo José Cela se deshacía en elogios a churros, magdalenas, chocolate, carrasca de la serranía, –orujo, vamos– (no sierra, sino serranía, apremiaba siempre Roibal), y músicas celestiales del gran miserere en Peso, esquina a Andrés de Cabrera. Para Cela, apuntaba Raúl, en lo concerniente a la Semana Santa conquense ficción es vida y figuración, muerte, que tanto da. En Cuenca, la muerte es luz, que no es poco”.

La Soledad sin palio por la calle del Peso.
La Soledad sin palio por la calle del Peso.

CUENCA DE PASIÓN

Además del chocolate, los churros, las magdalenas y el orujo, Cela elogió la Semana Santa con otro artículo para la hemeroteca nazarena: “Cuenca de Pasión”.

-Publicado además en el programa de 1951, uno de los más preciados, no ya por su amplio tamaño, sino por la firma de sus articulistas y las fotografías de Nicolas Muller. Cela volvió a citar a la Cuenca abstracta, ahora de morado y blanco: “El cronista cita de memoria. Estrella abstracta y gentil –o algo a este tenor—llamó el cronista en ocasión señalada a la ciudad de Cuenca: estrella, por alta y luminosa; abstracta, como la pura idea; gentil, al uso de las novias de los libros de caballerías, de las enloquecidas, hieráticas, delicadas novias de todos los Amadises. Esta Cuenca de hoy –Cuenca invernal, Cuenca litúrgica, Cuenca blanca y morada—cobra las duras, las amorosas sonrisas que atenazan los termómetros, agarrotan el gallito de hierro de las veletas y dibujan largas letanías espirituales por las concretas lindes de las hoces. (…)

Sueltan los ríos su lagrimal, arde –helada—en los montes la tierra roja, se espantan nuevas piedras en cada nuevo cimiento, y Cuenca –¿la habíamos llamado abstracta y gentil?— busca su salvación en el pez procesional que se muerde la cola, arriba y abajo, subiendo y bajando la ruta conocida, el paciente y previsto camino. Que en Cuenca –esa ciudad sin romántica melena—nada se ignora.

Quizás la Semana Santa de Cuenca sea, en la imaginación del cronista, la fiel, la exacta estampa de idéntica circunstancia en la gran ribera por explorar del otro mundo. Cuenca –¿es la Carretería el camino de la alta luna?—está ya, para los ojos que quieran ver, un poco en la frontera de nuestros mares”.

-Comentabas que ese año de 1950 Camilo José Cela dedicó unos versos a la Virgen de la Luz, Patrona de Cuenca, por su Coronación.

-Pues sí, para la ocasión, y gracias a la mediación de Federico Muelas, el escritor Camilo José Cela, Nobel de Literatura en 1989, escribió unos versos titulados “Coplillas que cantan las flores campesinas en loor y alabanza a la Virgen de la Luz, Patrona de Cuenca, que vamos a recordar ahora que tenemos pronto su fiesta:

“Santa María de Cuenca

flor del espino

Un monje recoleto

cada tomillo

Pájaros voladores

flor de aliaga

Sangre que aplaca el viento

cada retama

Santa María de Cuenca

paloma airosa,

Madre de Dios, un soplo

 gacela y rosa… 

Caballo desbocado,

flor del romero.

Un romero te alaba

por cada espliego

Cien lobos te defienden

flor de la jara.

Como cien corderuelos,

la mejorana.

Santa María de Cuenca,

Alto alcotán,

mariposa que anidas

en el breñal.

Pero si nos fijamos Paco, en sus “Coplas de las flores aromáticas”, dedicada a Conchita, el entonces joven escritor lo que hizo fue plagiarse a sí mismo, aumentando el número de versos, y valgan estas cuatro líneas de ejemplo: “Tímida, peluda doncella, / flor del espino. / Un monje recoleto, / cada tomillo…”

Cosas de Don Camilo, podíamos decir. Pero ¿qué dijeron de Cela los reconocidos escritores conquenses?

-Decía Florencio que Cela se dejó invadir por el “karma” conquense. En su novela “La Colmena”, cita al personaje de Martín  Marco como colaborador de “Ofensiva”, el periódico de Cuenca, en el que él también escribe junto a su amigo Federico, quien decía entre bromas y veras que Cela le había robado algunas de sus historias. Carlos de la Rica en un comentario literario titulado “De cómo Camilo José Cela escuchó un mirlo en Cuenca”, que venía a definir los diferentes artículos del Premio Nobel sobre Cuenca, apuntaba que “Camilo José Cela describió entonces a la ciudad como una metáfora. Y no pudo contener la tentación y se metió a pícaro trayendo titiriteros y viajeros a Cuenca: fue cuando escribió aquel nuevo Lazarillo, semejante al Gil  Blas entrando por las cuevas y las grutas al alzado caserío”. “No le faltó cosa que no fuera a bajar a la ruta conquense para hacer pasar por sus hoces a Don Quijote mismo, pero con la fuerte certeza de convertirlo en trepador caballero y santo enloquecido”, concluía Carlos de la Rica.

En un programa anterior sobre “Cuenca Ciudad Global – Cuencaficción” hablábamos de la presencia de Cela en aquellos Seminarios sobre la Televisión y la Radio cuando la UIMP estaba en Carmelitas.

-Efectivamente, la UIMP contó nada menos que con Camilo José Cela para inaugurar el Seminario, acompañado del rector de la Universidad, Santiago Roldán, mientras Virgilio Zapatero, entonces ministro, presidió el acto de clausura en noviembre de 1986. El Seminario contó con 130 alumnos matriculados, lo que indicaba su trascendencia. Entre los personajes conocidos recordamos a Ezcurra, Goytysolo, Victoria Prego, Pérez Ornia, Alejandro Lavilla, Juan Pablo Fussi, Angeles Caso e Isabel Bauzá, entre otros. En su discurso, Camilo José Cela dejó frases como ésta: “Me propongo pronunciar ante ustedes una conferencia aburrida pero tópicamente ortodoxa, descarto la anécdota y ante el subterfugio de la cita gratuita, no he querido dejar nada a la improvisación y a la inspiración”. Tres meses antes, Cela había pronunciado el pregón de las Fiestas de Belmonte, en homenaje a Fray Luis de León, en noche de vino y rosas.

Cela junto a su Mirador.
Cela junto a su Mirador.

-Cuenca al menos recuerda a Camilo José Cela con ese Mirador al Júcar, con una frase de tan impagable artículo.

-El lunes 10 de noviembre de 1986, tras la inauguración del Seminario “Cuencaficción” Camilo José Cela descubría una placa en un Mirador de la Ronda del Júcar, acompañado del alcalde, José Ignacio Navarrete. En esa reciente evocación que José Luis Muñoz hacía para conmemorar el centenario del nacimiento de Cela, recordaba que el Premio Nobel “vino algunas veces a la ciudad, se encontró aquí a gusto, paseó nuestras calles y comió nuestros productos, saboreándolos. En reconocimiento, se le dedicó un mirador bellísimo, en uno de los rincones más desconocidos de Cuenca porque ni la autoridad turística local ni los guías turísticos al uso tienen demasiado interés en recomendarlo. Pero ahí está, en la Ronda del Júcar, mirando a los Ojos de la Mora que desde el roquedo de enfrente también mira hacia acá, el mirador dedicado a Camilo José Cela, con una lápida que reproduce una de las hermosas frases que nos dedicó: «Caminando Cuenca al viajero le brotan de súbito alas en el alma, desconocidos mundos en el mirar».

 

 

 

 

 

 

 

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