Cuando hubo una Caja Provincial de Ahorros de Cuenca

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José Luis MUÑOZ (*)

En lo más alto del edificio que fue sede central (teórica) de la Caja Castilla-La Mancha aún campean las tres letras, CCM, que formaban su anagrama. Seguramente, a los gerentes de Liberbank les pareció demasiado costoso montar el andamio necesario para desmontarlas. O quizá pensaron que, de todos modos, no hacía falta el esfuerzo. Basta con esperan un poco más y podrán hacer el cambio definitivo para poner el símbolo de Unicaja. De todas las calamidades que jalonan la historia reciente de Cuenca, probablemente no hay una más amarga, más frustrante, que la de la Caja de Ahorros.

Es casi increíble que una provincia modesta, formada básicamente por agricultores y jornaleros, con una débil clase media de funcionarios y comerciantes, fuera capaz de llegar a movilizar la primera Caja que se formaba en el ámbito de Castilla la Nueva (sólo existía la de Madrid) y hacerla crecer hasta alcanzar una potencia económica que la situaba entre las primeras del país, teniendo en cuenta la población. Y todo ello, en el ambiente opresivo de la posguerra. Fue el 25 de abril de 1944 cuando la Comisión Gestora de la Diputación aprobó la propuesta de formar una Caja Provincial de Ahorros, dotada con un capital fundacional de 500.000 pesetas (3.000 euros de hoy). La mínima oficina quedó situada en un despacho de la planta baja del Palacio Provincial donde se ubicaron dos trabajadores, un cajero y un botones. La inauguración oficial fue el 22 de septiembre de 1945 y la única oficina existente abrió sus puertas el 25 de octubre, realizándose la primera imposición, como parece lógico esperar, por Manuel Lledó Briz, presidente de la Diputación y de la nueva Caja, que abrió una libreta de ahorros con la nada despreciable suma entonces de 5.000 pesetas (30 euros).

Como un hormiguero laborioso, los conquenses se pusieron en manos de la Caja y a ella fueron entregando sus ahorros, a la vez que recibían préstamos para cualquier tipo de actividad, desde comprar un tractor a un piso. Se contrataron más y más trabajadores, se abrieron oficinas en los pueblos, se fue extendiendo por las provincias vecinas y en 1982 duplicó su nombre, para pasar a ser Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real, aprovechando el hecho de que la provincia manchega nunca tuvo caja propia. En 1984 se alcanzó la mítica cifra de 50.000 millones de pesetas en recursos ajenos. Aparte la economía y el dinero, la Caja estaba presente en todos los órdenes de la vida cotidiana, desde poner bancos en parques y jardines de los pueblos hasta llevar música, teatro y folklore, hacer de sponsor de equipos deportivos, patrocinar concursos de pintura o, como era tradicional cada 30 de octubre, organizar un amplio repertorio de actos culturales y un sorteo de premios que tenían una enorme popularidad.

Todo ello se empezó a nublar cuando el gobierno autonómico impuso la creación de una Caja regional, cuyos avatares y desventuras no hay sitio aquí para desmenuzar y que finalmente dieron al traste con ella en circunstancias ciertamente escandalosas. Los restos del naufragio se vendieron al mejor postor. Y así Cajastur consiguió limpiamente y con muy poco trabajo endosarse edificios, dinero y patrimonio. Para explicar aquella humillante absorción, la consejera de Economía de la Junta de Comunidades dijo que “el futuro de la entidad es magnífico, garantizando el empleo y la viabilidad”, mientras que su colega portavoz, Isabel Rodríguez (miren qué casualidad, la misma que ahora es ministra portavoz) explicaba cándidamente los beneficios que se iban a obtener:

“Primero, mantener una entidad que sea útil para la región, para los ciudadanos, para las empresas”, además del mantenimiento de los puestos de trabajo, que se daba como cosa segura y de valorar la existencia de una Fundación que garantizaba la continuidad de las inversiones culturales y sociales en Castilla-La Mancha, y que sería “una obra social que va a venir reforzada con más dinero del que hasta ahora se venía manteniendo”. Como se sabe, la Fundación desapareció hace mucho tiempo y no dejó detrás ni un solo euro. Qué ironía. Como diría un castizo, que Dios les conserve la vista a aquellas consejeras.

Banco con el nombre de la Caja en la ermita de San Isidro de Cuenca. / Josevi

            Ahora que el desastre se consuma y que Liberbank desaparece para dejar paso a Unicaja, no está de más echar una mirada hacia atrás, a aquel remoto pasado de la posguerra española, cuando en una de las provincias más pobres y despobladas se puso en marcha una empresa verdaderamente titánica, asombrosa diría yo, que fue capaz de alcanzar uno de los primeros puestos del ranking nacional y prestar un auténtico servicio económico y social a la comunidad. Todo ello desapareció como si un artero soplo del destino lo hubiera barrido. Todavía, en algunos pueblos de la provincia siguen existiendo bancos de jardín que llevan el anagrama de la Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real. La memoria no debería flaquear tanto como para olvidar (En la imagen superior, sorteo de un Día del Ahorro).

(*) Publicado en La Tribuna de Cuenca

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