Imagen de un tiempo ido, que no volverá

José Luis Muñoz / A SALTO DE MATA

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No hace falta realizar una encuesta o sondeo de opinión. Pero si la hiciéramos, dentro del abundante repertorio de problemas que aquejan a la ciudad de Cuenca, estoy totalmente seguro de que en primer lugar los ciudadanos pondríamos de manera mayoritaria el asunto del tráfico. Hay un claro sentimiento colectivo no solo de que hay un serio problema, sino también de que no se están poniendo en juego medidas correctoras que ayuden a mejorar la situación, como si los responsables hubieran decidido arrojar la toalla y dejar que cada cual se las arregle como pueda. Eso, hablando del tráfico en general, que incluye a toda la ciudad y sin particularizar el caso específico del casco antiguo, que es harina de otro costal, como es bien sabido.

Por supuesto, este es un tema universal, que afecta a casi todas las ciudades del mundo en cuanto tienen un cierto nivel de desarrollo y solo se libran los pueblos pequeños, donde todavía es posible circular y aparcar. En las ciudades se aplica una sencilla ley física: el espacio es el que es y tiene capacidad para absorber un número determinado de coches. Cuando hay más, ya saben lo que toca: atasco y desesperación.

Este tiempo de atrás me sorprendió una noticia que llegaba de Roma, que tiene fama de tener la circulación más caótica del mundo, en competencia directa con algunas ciudades del mundo árabe donde, como es sabido, cada cual va por donde quiere y los peatones se las apañan como pueden, a la hora de cruzar las calles. En Roma han tenido una idea genial: recuperar los “pizzardone” tradicionales, los guardias de tráfico que en los cruces de las calles, dirigían el paso de los vehículos mediante un habilísimo manejo de las manos, con la eficaz ayuda del silbato. Esa fue una figura romana tradicional que mereció honores en no pocas películas de la época.

Los de Roma tienen la fama pero, naturalmente, guardias de tráfico hubo en otros muchos sitios. Manolo, guardia urbano, fue la versión española de los “pizzardone”, dirigida por Rafael J. Salvia (1956) y con Manolo Morán en el papel del guardia bonachón, siempre dispuesto a ayudar al prójimo. A Juan Antonio Cortinas nadie le hizo una película, pero sí alguna fotografía, un tanto ajada por el paso de los años pero que, unida a los recuerdos, viene ahora a alimentar la nostalgia por un tiempo ido. El guardia Cortinas (así le llamábamos) era alto y bien plantado, con la figura recta, el uniforme bien puesto en su sitio y el salacot debidamente situado en la cabeza, como signo de distinción y reconocimiento de que su papel era único, pues nadie más debería atreverse a llevar semejante tipo de sombrero.

El lugar de trabajo de Cortinas era, cosa lógica, los puntos conflictivos que por entonces se producían en el todavía incipiente tráfico callejero conquense. El más complicado de todos, el cruce de Carretería con Sánchez Vera; como alternativa, según los casos, el de la Plaza de Cánovas entonces, hoy de la Constitución. Allí se plantaba el guardia y ponía en juego sus manos para con cuatro eficaces movimientos parar o dar paso a los vehículos que, obedientes, seguían sus instrucciones. Una imagen familiar llegaba cada año, en Navidad, cuando en el lugar de la actuación, los ciudadanos iban depositando regalos que, aparte su posible valor económico, tenían otro mucho más importante, el del reconocimiento hacia un trabajo que resultaba útil y digno de aprecio.

Todo ello terminó cuando en 1969 el Ayuntamiento decidió implantar los primeros semáforos, precisamente en el punto de trabajo de Cortinas, que de esa forma vio como era relegado de la misión en la que era un maestro. Imagino que le darían otros encargos, ninguno de tanta relevancia como aquel y que, las cosas como son, no creo que el actual consistorio tenga ninguna gana de recuperar, como han hecho en Roma, en lo que parece un intento a la desesperada de poner un poco de orden en tan complejo problema. Y, sin embargo, en el caso de Cuenca, un personaje así resultaría utilísimo en esa misma Plaza de la Constitución convertida ahora a un auténtico caos sin control alguno, de la misma manera que tendría utilidad que un policía local se diera una vuelta de vez en cuando por Carretería para controlar la sucesión de fechorías que cometen los nuevos útiles circulatorios o que en alguna ocasión fueran a ver lo que pasa en las paradas de autobús de la calle Colón, permanentemente ocupadas por vehículos de transporte. Pero me da que estas pequeñas cuestiones no figuran en el repertorio de preocupaciones de tales agentes.

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