Cuenca dorada (y adorada). El Otoño (*)

Otoño en la Hoz del Júcar

CUENCA DORADA (YADORADA). EL OTOÑO. Video editado por Tele-Cuenca y la Diputación Provincial de Cuenca

Cuenca es un capricho de la Naturaleza. La ciudad colgada, suspendida entre los frisos de sus hoces bañada por el Júcar, y encantada por el hilillo del río Huécar en la hoz huertana, ofrece en cada estación del año un paisaje singular y excepcional. Su fuerte personalidad de piedra y pinares le arropan en el duro invierno, envolviéndola a veces con el manto nevado para realzar su majestuosidad en la espesura de su arbolado. Los verdores de la Primavera, con su rosicler del alba en los amaneceres, abren paso a la Cuenca nazarena que se tiñe de morado y escarlata, con blancos capuces en las noches de Luna de Parasceve. Después, los mayos suspiran amores en las noches de ronda, con olores de hierbas aromáticas.

El verano luminoso es como un regalo de la Naturaleza para una tierra fría, pero eternamente bella, que luce sus mejores galas bajo las sombras de los chopos y pinares, en un interminable atardecer, rojizo como la tierra de nuestros alfares.

En el otoño, la pasión por el paisaje se desborda en una explosión de luz y color. Deslumbra Cuenca en el otoño. Cuenca dorada. Cuenca iluminada por los chopos, nazarenos de la orilla, en la procesión conquense de Federico Muelas: agua lenta del dolor, monte arriba, penitente. Agua lenta del Júcar, otrora bravío con la maderada que trasladaban los gancheros.

Cuenca otoñal

El Júcar baña a Cuenca en postal irrepetible por tan repetida, desde el Puente de San Antón. Mangana arriba, asomando por entre ramas doradas, marca la pauta de la ciudad; abajo, en la roca junto al río, la Virgen de la Luz guarda la ciudad. Virgen morena de candil que nunca se apaga.

Júcar que recrea el propio Recreo Peral de chopos y sauces, de rocas que festonean el camino y se miran en el espejo de la ciudad suspendida, reflejada en las aguas caprichosas a salto de piedra y mata. Piedra del caballo. San Miguel y las Angustias asoman torre y campanil. Agua verde que cantó Gerardo Diego en su Romance del Júcar, que debiera ser grabado en piedra en el Paseo Fluvial o en el remozado camino del río, entre paseantes y bicicletas: “Agua verde, verde, verde / agua encantada del Júcar, / verde del pinar serrano / que casi te vio en la cuna…” y sigue el poeta en su bello cantar: “vede de corpiños verdes, / ojos verdes, verdes lunas, / de las colmenas palacios / menores de la dulzura…”.

El romance de Gerardo Diego va desgranando sus notas entre pinos, álamos y torres, con el Júcar que quiere abrazar a la ciudad, a veces de espaldas a la realidad de su propio río, sucio por quienes no lo cuidan y bello para el poeta: “no pienses, agua del Júcar / que de tan verde te añilas, / te amoratas y te azulas”.

Romance del Júcar… «que de tan verde te añilas / te amoratas y te azulas..»

“El reflejo de la plata llena el cielo, desentrañado por el verde de los chopos del abismo y las aguas grises de sus dos ríos”, escribía Manuel Real Alarcón en su “Cuenca apasionada”. Y añadía el escritor y ceramista, autor del libro de la “Rivalidad” campillano-motillana: “Y en el otoño de hojas caídas, embebidas de sol de amarillo moribundo, el álamo, blando y señor, cobijará quizá a un pastor celtíbero que, con la romana toga de su manta única y apoyando el mentón en sus cruzadas manos sobre el cayado, se complacerá indefinidamente sobre el paisaje, adelantándose al poeta, admirando la suave lluvia de oro enfermo que llena el espacio de glorioso resplandor amarillento de otro mundo, de sobrecogedora y grandiosa melancolía”.

El Júcar que nace en la Sierra de San Felipe, desciende caprichoso por la Serranía. “Cuenca en volandas de celestes prados”, escribía Raúl Torres: “El río baja, remontada su hoz por el ejército de miles de guerreros petrificados en asombro, hacia Sotos, Mariana, Villalba. Río verde, “en medio de un horrorísimo estruendo de anclas y cadenas fragosas, chirriantes”, proas de barcos altivos que no partirán jamás hacia el Mediterráneo, damas de pedernal que un día bautizara Góngora. Es el cortejo en la hoz hacia los pueblos de la Serranía del Júcar y su carretera que lo sube, hacia la Ciudad Encantada”.

 José Vicente ÁVILA.  EL DIA, 6 noviembre de 2006

(*) Cuenca dorada (y adorada). El Otoño. Guión de José Vicente Ávila. Con la serie de las cuatro estaciones nos sumamos al décimo Aniversario de Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.