Miserere y «¡gol del Madrid!…» de un bancero

Eran las doce menos veinte de la noche blanca del Silencio, que fue blanca en el orden procesional y deportivo. La procesión transcurría por el Casco Antiguo entre marchas y misereres. Las aceras de Alfonso VIII y Andrés de Cabrera aparecían semivacías, salvo en el tramo de San Felipe y el cruce del Peso. También, poco público en las barandillas y balaustradas. Se estaba jugando la prórroga de la final de Copa del Rey, Barcelona-Real Madrid.

Las filas nazarenas, sin embargo, eran abundantes, y sus capirotes reflejaban como sombras en la pared. A esa hora, el paso de la Santa Cena maniobraba en la curva de la Audiencia; el del Huerto desfilaba por el Escardillo a los sones de la Banda de Música de Cuenca; el Beso de Judas se encontraba en la Puerta de San Juan atento a los compases de la Banda para mover el olivo; el paso de San Pedro Apóstol se encontraba parado, sujeto entre 54 horquillas, pocos metros más abajo del Museo de la Semana Santa; al paso de la Negación se le acababa de cantar el “et secundum” del Miserere. Los pasos del Ecce-Homo de San Miguel y la Virgen de la Amargura descendían por Alfonso VII. Bella noche nazarena, sin duda.

Eran, decimos, las doce menos veinte de la noche del Silencio. Los auriculares de los pequeños transistores aparecían ocultos entre centenares de capuces, como una voz interior. “¡¡Gol del Madrid!!”, se escuchó como grito seco de alegría en la noche lacerante del Silencio.

Banceros de San Pedro comentan el gol del Madrid. Son las 00,22 horas. Foto: Juan Del Río.

 

Era la voz de un bancero de San Pedro que levantó su brazo jubiloso, entre contenida alegría interior de los banceros de rojo capuz, excepción de la noche blanca. Entre el público, susurreos de “acaba de marcar Cristiano”. Con ese nombre… “estaba escrito”. Una vela a Dios y otra al partido…

La procesión siguió su paso de blanco merengue con interminables lucecillas. Fueron minutos tensos hasta que terminó el partido y los miembros de la Banda de Música de San Clemente se miraban unos a otros certificando el final de la Copa de la deportividad entre aficiones. Había ganado el Madrid en su noche blanca de la luna de Valencia, pero en Cuenca, en la luna de Parasceve, escondida entre las nubes, había ganado la devoción del Silencio como bien escribía Berta López. Miércoles Santo siempre será la noche blanca del Silencio, sólo roto por el Miserere… o por un» gol del Madrid»…

EL DIA, Viernes Santo, 22 de abril de 2011

 

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